A veinte años de la partida del historiador Félix Infante

Ayer se cumplieron los veinte años de la muerte del historiador Félix Infante. Por esta razón, traemos al presente, en la memoria colectiva, a esta figura.

Fue un 17 de julio del año 2000 cuando nos dejaba un hijo dilecto de esta provincia, que marcó una huella imborrable en la recopilación histórica de esas páginas emblemáticas del pasado que nos pertenece. Cada línea escrita se hace herencia que debe ser preservada para las presentes y futuras generaciones, un deber que nos cabe a todos como jujeños.

Como todo hombre sabio que no se jacta de su obra, fue capaz de dejar una cuantiosa ofrenda al pueblo jujeño. Félix Infante fue precisamente eso, una persona de altos principios y dueño de un bagaje incalculable de acciones, recuerdos y anécdotas que jamás guardó para sí, sino que tuvo la grandeza de la ofrenda a esta comunidad, a esta tierra que, si bien no lo vio nacer, la amó profundamente al punto de hacerla propia desde ese sentimiento desinteresado y fecundo que lo caracterizó.

Maestro de profesión, traspasó las fronteras de las letras para dedicarse no sólo a la docencia en su más completo concepto, sino que transitó las vertiginosas sendas de la investigación histórica, la narrativa, la poesía. Pero si hay algo que lo hace único en su vasta entrega, es su ejemplar humildad y generosidad sin límites que, ante cualquier premiación o reconocimiento, solía decir: "Sólo soy maestro". Y vaya que lo era, de los grandes, de los que hacen de su vida un maravilloso ejemplo, de los que dejan huellas, de los que es imposible olvidar. Maestro, de aquellos que enseñan con su sola presencia.

Una lágrima se deslizó en el alma al tomar conocimiento que su hermosa casona ubicada en la calle La Madrid en la capital provincial hoy sucumbe entre escombros, luego de la partida de Carmen, su amada esposa y compañera inseparable y la posterior venta de la propiedad. Quedarán sólo en la alquimia de los recuerdos y sentimientos cada uno de esos rincones que fueron testigos de tanta obra. Pero particularmente, su estudio, aquel que supo de sus viajes imaginarios, donde su alma pródiga de anécdotas y sed de investigación, se convertía en los más caros escritos que atesora la provincia en cada uno de sus libros.

Su vida

Don Félix Infante nació en la pintoresca comarca de Tupiza, Bolivia, un 2 de abril de 1905. Sus padres fueron Manuel Infante y Juana Tejerina. Fue el menor de cinco hermanos. A principios de 1908, cuando Félix tenía dos años de edad, sus padres se establecieron definitivamente en nuestro país, afincándose en San Salvador de Jujuy, donde el ilustre historiador vivió 93 años, hasta su fallecimiento. Comenzó entonces a construir su tiempo y sus sueños en la gentil "Tacita de Plata", donde transcurrió su fructífera vida en bien de la cultura y de la historia de un paisaje que hizo propio desde el primer momento. Don Félix Infante no nació en esta tierra jujeña, pero supo de ella más que cualquier lugareño. Movido por el profundo amor y gratitud hacia este suelo, fue capaz de desentrañar páginas de la historia que, hasta entonces, permanecían ocultas para muchos.

Se recibió de maestro a los 19 años y se desempeñó, primeramente, como escribiente en la antigua Escuela de Artes y Oficios, hoy "Escolástico Zegada", luego ocupó el cargo de maestro de preparatoria en dicho establecimiento, y más tarde de profesor.

Félix Infante llevaba la docencia en el alma y jamás escatimó esfuerzo ni tiempo para dedicarse a las aulas. En 1928 y durante 15 años, enseñó a leer y a escribir a los conscriptos en la Escuela Militar anexa al Regimiento de Infantería 20. Su alma de maestro lo llevó finalmente hasta la escuelita de La Almona, localidad ubicada a 17 km de San Salvador de Jujuy. Tuvo la dicha de recibir en vida, el reconocimiento de la comunidad educativa y de los exalumnos, quienes regresaron después de tantos años a la querida escuelita, para solicitar la imposición de su nombre, hecho que se cumplió el 15 de abril de 2000, y desde entonces, lleva con orgullo su nombre

Se casó con Carmen Lina Calderón, quien fue su inseparable compañera desde el 19 de abril de 1933, cuando unieron sus vidas y por 67 años, su amada esposa fue testigo de su silenciosa labor.

El humilde maestro, insigne escritor e historiador, recibió sin dudas numerosos reconocimientos. Solía recordar con particular afecto el tributado por Grito Verde en San Pedro de Jujuy, la noche del 25 de mayo de 1997, cuando recibió la estatuilla "Duende de Plata", máximo galardón que entregaba la publicación.

Sus obras

Su alma fecunda de letras engendró esos hijos que acunan sus sueños en las blancas páginas de un libro. Así llegaron "Viento Norte y otros cuentos de La Almona" en 1962; en 1964 publicó "Calles de mi ciudad. El porqué de sus nombres"; en 1972 escribió "Crónicas del Jujuy de antes"; en 1977 "Llegó la guagüita y más cuentos de La Almona"; en 1978, "Jujuy en sus orígenes, en sus sacrificios y en sus hombres y mujeres"; en 1980 "Don Pablo Soria"; en 1981 "Palpalá. Su historia a través de los tiempos", "Los hermanos Jiménez, héroes quebradeños olvidados", "Jujuy y la guerra de la Independencia Argentina, 1810- 1822".

Más tarde, publicó "El libro de los Intendentes", "San Antonio: bosquejo de su historia", "Jujuy en sus raíces", "San Francisco de Alava: crónica de su fundación y exterminio" (1975) y "Tumbaya la bella" (1988), entre las muchas obras que lamentablemente no pudieron ver la luz pero que quedaron guardadas en su archivo personal.

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