Hay días en Salta en que el viento no sopla, manda, y se mete por las ventanas, golpea las persianas, levanta la tierra, obliga a caminar con los ojos entrecerrados y convierte una chispa en un incendio. Pero hay algo un poco más difícil de explicar y de entender cuando llega el viento norte, y es el humor de la gente.
Después de varios días bajo los efectos de las ráfagas cálidas y secas, el ánimo de los salteños busca ahora retornar lentamente a su equilibrio. No hace falta revisar las estadísticas para advertirlo, está presente en la calle, en la impaciencia del automovilista que toca bocina medio segundo después de que cambia el semáforo; en una discusión doméstica que empieza por una insignificancia. En el vecino que durmió mal, en quien siente dolor de cabeza desde temprano o simplemente carga con esa inexplicable sensación de fastidio que parece acompañar las jornadas de viento. Es como si la ciudad entera estuviera un poco más susceptible.
Claro que el viento no puede convertirse en responsable de todas nuestras miserias cotidianas. Sería sencillo culpar al clima por todo lo que hacemos o decimos. Pero tampoco es una fantasía que los fenómenos de aire cálido y seco puedan generar malestar físico. Los especialistas explican que estos cambios bruscos pueden estar asociados con deshidratación, irritación de las vías respiratorias, dolores de cabeza, fatiga, mareos y una sensación general de incomodidad. También señalan posibles modificaciones en el comportamiento, como irritabilidad e impulsividad en algunas personas. Las conocemos desde antes de que existieran alertas meteorológicas en los teléfonos celulares. Nuestros abuelos sabían cerrar las ventanas cuando el horizonte comenzaba a ponerse color tierra. Las madres entraban la ropa tendida cuando corría la voz de que venía “el viento norte”. En ese tipo de días, era común escuchar que mucha gente estaba "insoportable".
“Los días de viento norte no se dicta sentencia”
En el NOA, además, alrededor del viento se construyeron historias que se transmiten por generaciones. Por ejemplo, en Jujuy persiste desde hace décadas una curiosa tradición oral vinculada con la Justicia. Se habla de una antigua “acordada” que recomendaba a los jueces no dictar sentencias durante los días de viento norte, debido a los efectos que el fenómeno podía provocar sobre el ánimo y el discernimiento. La existencia y vigencia formal de aquella disposición es, cuanto menos, discutida. Incluso relatos jujeños hablan de una acordada “que nadie vio”. Sin embargo, la historia quedó instalada en el imaginario provincial como una de esas leyendas que terminan explicando mejor una cultura que muchas normas escritas.
Tal vez detrás de aquella historia haya una enseñanza más interesante que la propia anécdota. Quizás nuestros vecinos jujeños entendieron, mucho antes de que habláramos de estrés, ansiedad o meteoropatías, que existen días en los que conviene respirar dos veces antes de tomar una decisión definitiva, Pporque el viento norte tiene la particularidad de poner todo en movimiento. Mueve las ramas y también los nervios. Seca la tierra y la garganta; multiplica el polvo, alimenta el fuego y obliga a quienes combaten los incendios a una lucha desigual. Cambia en pocas horas la temperatura y modifica el ritmo habitual de una ciudad acostumbrada, en general, a otros tiempos. Por eso, cuando finalmente se va, queda una extraña sensación de alivio.
Las autoridades sanitarias aconsejan durante estos fenómenos mantener una buena hidratación, evitar esfuerzos físicos intensos en ambientes calurosos, protegerse del polvo y cuidar especialmente a niños, adultos mayores y personas con enfermedades respiratorias. Son recomendaciones sencillas frente a un fenómeno que no podemos detener.
A todo esto podríamos agregar una recomendación no escrita en ningún protocolo, “tener paciencia” con el vecino, con el compañero de trabajo, con la pareja, con el que maneja adelante, con la familia; y, sobre todo, con uno mismo.
Después de días de viento norte, Salta vuelve poco a poco a acomodarse. Se asentará la tierra, bajará la temperatura, los árboles dejarán de sacudirse y las ventanas podrán abrirse otra vez, y -sobre todo- volveremos a convivir en paz.