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Europa en la tormenta de la historia

El proyecto europeo nació en un mundo dominado por la estabilidad del orden liberal occidental. Ese mundo se está desvaneciendo. Europa intentó organizarse como una comunidad de reglas; ahora de ve obligada a enfrentarse a la lógica del poder.
Domingo, 12 de abril de 2026 01:50
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Durante décadas, el proyecto europeo fue presentado como una superación histórica del pasado. Tras dos guerras mundiales devastadoras, Europa decidió reemplazar la lógica de las potencias por la lógica de las instituciones; el equilibrio de fuerzas por el derecho; la competencia geopolítica por la integración económica. De esa apuesta surgió la Unión Europea, uno de los experimentos políticos más ambiciosos de la historia moderna. Hoy, ese proyecto atraviesa probablemente su crisis más profunda.

No se trata solo de dificultades económicas o de tensiones políticas internas. Lo que está en cuestión es algo más estructural: la posibilidad misma de sostener un orden supranacional en un mundo que se vuelve a organizar en torno a potencias, rivalidades estratégicas y esferas de influencia. Mientras Rusia intenta reconstruir su dominio en el espacio postsoviético, China proyecta su poder sobre Asia oriental y a través de sus redes comerciales globales, y Estados Unidos procura preservar su primacía en el continente americano y en los grandes corredores estratégicos del planeta; Europa parece haber quedado atrapada en una lógica que nunca fue realmente la suya.

En cierto modo, Europa es la única gran región del planeta que intentó organizarse como una potencia poshistórica en un mundo que nunca dejó de ser profundamente histórico. Así, el continente que quiso superar la historia vuelve a quedar prisionero de ella.

El retorno de la geopolítica

Durante décadas, la apuesta europea parecía funcionar porque coincidió con un momento excepcional de estabilidad internacional: el predominio estadounidense, la ausencia de guerras entre grandes potencias y la expansión del comercio global. Pero ese contexto se desvanece a una velocidad fenomenal.

La guerra en Ucrania es el episodio más visible de un retorno brutal de la geopolítica y, por primera vez desde 1945, un conflicto de gran escala se desarrolla de nuevo en suelo europeo. Pero su impacto va mucho más allá de lo militar. Ha reactivado temores históricos, reconfigurado equilibrios políticos internos y, sobre todo, ha puesto en evidencia la fragilidad del sistema de seguridad sobre el cual descansó Europa durante décadas; el que se apoyaba, en gran medida, en el paraguas estratégico de defensa de Estados Unidos.

Durante casi ochenta años, la alianza atlántica le permitió eludir su gasto militar, consolidar sus estados de bienestar y concentrarse en el desarrollo económico. En cierto sentido, el modelo social europeo –con sus amplios sistemas de salud, educación y protección social– fue posible porque la seguridad estratégica del continente estaba garantizada por Estados Unidos.

Pero en Washington crece la percepción de que Europa ya no constituye el eje central de la política exterior norteamericana. El foco estratégico se desplaza hacia el Indo-Pacífico y hacia la competencia con China. Y la relación transatlántica – durante décadas pilar del orden occidental – comienza a mostrar signos de desgaste e, incluso, de abandono. El continente comienza a descubrir que el paraguas estratégico bajo el cual construyó su prosperidad no es eterno.

Dependencias incómodas

El mayor problema es que Europa nunca terminó de construir una capacidad estratégica propia. A pesar de contar con una economía que supera ampliamente a la rusa y de disponer de recursos tecnológicos y humanos considerables, el continente depende de las capacidades militares estadounidenses y de la energía rusa. Y la guerra en Ucrania dejó al descubierto ambas vulnerabilidades.

Las críticas provenientes de sectores del establishment político estadounidense hacia Europa –acusada de debilidad económica, declive demográfico y de desvío cultural– reflejan una brecha que ya no es solo estratégica, sino también, ideológica. Al mismo tiempo, dentro del propio continente europeo se multiplican las voces que comienzan a asumir una realidad incómoda: el viejo continente podría verse obligado a garantizar su propia seguridad y a desarrollar una infraestructura energética que no dependa de Rusia.

Esto obliga a los gobiernos europeos a enfrentar un dilema complejo. Si quieren garantizar su seguridad frente a una Rusia cada vez más militarizada, deberán aumentar de manera significativa sus gastos en defensa. Pero ese aumento se produce en un contexto de economías endeudadas, crecimiento lento y sociedades acostumbradas a sistemas de bienestar y protección social que difícilmente puedan sostenerse. Cada euro destinado a armamento es un euro que no se destina al bienestar. Y esta tensión entre seguridad y bienestar social amenaza con convertirse en una de las fracturas políticas más delicadas del continente.

Fragmentación interna

A esto se suma otro fenómeno que complica aún más el panorama: la creciente polarización de las sociedades europeas. La combinación de estancamiento económico, presión migratoria, cambios demográficos y pérdida de confianza en las élites tradicionales alimenta el ascenso de fuerzas políticas nacionalistas y populistas que cuestionan el proyecto europeo. En muchos países, esos movimientos ya no son marginales. Forman parte central del sistema político y, en algunos casos, gobiernan o condicionan la agenda pública. El resultado es un continente cada vez más fragmentado. Las diferencias entre los países del norte y del sur, entre el oeste y el este, entre los defensores de una mayor integración y los partidarios de recuperar soberanía nacional, dificultan cada vez más la toma de decisiones comunes.

En ese contexto comienza a ganar terreno una idea que hasta hace pocos años parecía políticamente impensable: la de una Europa a distintas velocidades. Las seis mayores economías del bloque –Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y los Países Bajos– exploran la posibilidad de conformar un núcleo duro capaz de tomar decisiones estratégicas con mayor rapidez, en especial en áreas como defensa, industria tecnológica y mercados de capitales. Se trataría, en la práctica, de un sistema de integración más flexible en el cual algunos países avanzarían hacia una cooperación más profunda mientras otros permanecerían en niveles más limitados de integración. Esta evolución refleja un reconocimiento implícito: la Unión Europea, tal como fue concebida originalmente, ya no puede funcionar con la misma lógica en un mundo marcado por la competencia entre grandes potencias. Pero incluso esa respuesta genera nuevas tensiones.

La emergencia de un núcleo dirigente dentro del bloque puede reforzar la influencia de Alemania, la mayor economía europea, y reactivar suspicacias históricas. Por su parte, Francia intenta mantener su protagonismo político y estratégico, mientras los países del Este –en particular Polonia– adquieren un peso creciente debido a su papel central en la seguridad del flanco oriental frente a Rusia.

El mapa de poder europeo está cambiando. Durante décadas, el eje París-Berlín fue el motor político del continente. Hoy ese equilibrio comienza a desplazarse hacia el este, donde los países más expuestos a la amenaza rusa reclaman una postura más firme y un mayor compromiso militar. Polonia, por ejemplo, ya destina alrededor del 4% de su PBI a defensa además de poseer el mayor ejército convencional de Europa. Este cambio refleja una transformación profunda en la percepción de las amenazas y en la distribución del poder dentro del continente.

Mientras tanto, la guerra continúa y los ataques contra infraestructuras energéticas y nucleares en Ucrania –incluidos daños recientes en la estructura de protección de la central de Chernóbil– muestran hasta qué punto el conflicto puede escalar hacia riesgos que trascienden lo militar. Nunca como hoy los riesgos existenciales asoman tan cerca de la superficie: la posibilidad de una escalada nuclear, la crisis climática, el endeudamiento global, las tensiones financieras recurrentes, el envejecimiento demográfico o las disrupciones tecnológicas asociadas a la inteligencia artificial. El mundo parece entrar en una etapa de inestabilidad sistémica en la que múltiples crisis se superponen y se refuerzan entre sí.

Y así, mientras el mundo experimenta todas estas tensiones –unas sobre otras– Europa se enfrenta a una paradoja inquietante.

El dilema europeo

El continente que construyó su identidad política en torno a la superación de la guerra vuelve a encontrarse rodeado de ella. No necesariamente como protagonista directo, pero sí como escenario de las tensiones entre potencias. Y la pregunta que se abre es profunda. ¿Puede Europa convertirse en una potencia estratégica capaz de defender su identidad en un mundo cada vez más competitivo? ¿O seguirá siendo un espacio de disputa entre actores externos más poderosos? La respuesta dependerá de la capacidad de sus líderes para reconciliar dos aspiraciones que hoy parecen difíciles de compatibilizar: la preservación del modelo social europeo y la construcción de una autonomía estratégica real.

El proyecto europeo nació en un mundo dominado por la estabilidad del orden liberal occidental. Ese mundo se está desvaneciendo. En su lugar emerge un sistema internacional fragmentado, más competitivo y mucho más volátil. Europa intentó organizarse como una comunidad de reglas en un mundo que sigue siendo una arena de poder. El problema es que, cuando el mundo vuelve a la geopolítica, incluso Europa de berá enfrentarse a la lógica del poder.

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