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Avanzábamos como tropas de Naciones Unidas desde Umm Qasr en Kuwait hacia Safwan en Irak, bordeando el cinturón defensivo de Basrah. El trayecto nos llevó a Kushk-e Zeyd, frontera marcada por la guerra Irán–Irak (1980–1988). La geografía imponía sus condiciones: marismas de Huwaiza, llanuras de Khuzestán, cráteres, minas y munición sin detonar, como cohetes, misiles y proyectiles altamente inestables. El aire aún retenía rastros de gas mostaza y los palmares calcinados eran prueba del uso de armas químicas. Su Importancia militar estribaba en que fue uno de los sectores más castigados durante la guerra del 80, con alta densidad de trincheras, cráteres y campos minados.
Los detectores quedaban saturados por la alta densidad metálica del terreno; no podíamos allí usar, por lo tanto, tecnología ante las minas terrestres, como las de presión PMN, los alambres trampas de las POMZ, las antitanques TM-46 o VS-50 y demás ingenios que buscaban herir o quitar la vida. El recurso encontrado para hacer frente a esto fue el carácter, por lo que organicé a la tropa en zona segura y avancé solo en el reconocimiento, consciente de que cada paso era crítico.
Las posiciones iraquíes mostraban el colapso frente a la infantería iraní, que aprovechó las marismas como defensa natural. Allí se evidenciaba la "fricción" de Clausewitz, donde la superioridad material se ve limitada por obstáculos imprevisibles del terreno y la guerra. También se reflejaba la estrategia de aproximación indirecta de Liddell Hart, al explotar el entorno para desbordar al adversario sin un choque frontal. Finalmente, se manifestaba la doctrina de Mao Tsé Zung, al demostrar que la voluntad y la moral de combate pueden imponerse sobre la materia y los recursos materiales.
Esa resiliencia persa se proyectó en la guerra del Líbano (2006), en la guerra civil siria (2011–presente), en Irak contra ISIS (2014–2017) y en Yemen (2015–presente), todo con una combinación de geografía, voluntad y estrategia indirecta que permitió resistir y forjar influencia.
La resistencia
Hoy, en la llamada Guerra Híbrida Total (GHT), la tecnología occidental sigue limitada por esos mismos factores invisibles pero decisivos: terreno, memoria de la guerra química y la doctrina de resiliencia que define quién avanza y quién se detiene.
El estado actual de la guerra muestra que Irán va ganando: no hubo cambio de régimen, aunque sí cambios de gobierno por las figuras asesinadas, reemplazadas por otros líderes. El objetivo real de Estados Unidos "impulsado" por Israel, no era instaurar un nuevo régimen, sino convertir a Irán en un estado fallido, al estilo de Libia (2011, intervención de la OTAN apoyada por EE. UU. y Francia), Siria (2011, intervención indirecta de EE. UU. apoyada por Turquía y Arabia Saudita), Líbano (1982, intervención israelí apoyada por EE. UU.), Irak (2003, invasión de EE. UU. apoyada por Reino Unido), Sudán (1998, bombardeo de EE. UU. apoyado por aliados occidentales). Todos estos países atacados y fallidos hoy, fueron modelos del efecto deseado para Irán, impulsado por Netanyahu, quien presionó para que esta guerra se convirtiera en la intervención pendiente, habiendo sacado así a todos sus competidores regionales de la escena.
En este contexto surge la "Pax Israelí": no basada en consensos diplomáticos, sino en disuasión militar. Israel impone un orden frágil pero efectivo en Medio Oriente, ahora enfrentando a Irán, que ha demostrado gran capacidad defensiva. Sus sistemas antiaéreos derribaron aeronaves y drones, erosionando la percepción de invulnerabilidad occidental. Cada impacto aéreo se convierte en mensaje político y militar, consolidando a Irán como actor capaz de alterar el tablero estratégico.
Actualmente el desgaste no destruye al resistente, sino al atacante. Irán posee el 12 % de las reservas probadas de petróleo del mundo y produce cerca del 4 % del total global. Sin embargo, su verdadero poder no está solo en lo que extrae, sino en su posición geográfica: controla el Estrecho de Ormuz, paso obligado de aproximadamente el 20 % del petróleo y gas que circula en el planeta. Irán no domina la producción mundial, pero su combinación de reservas estratégicas y control del tránsito energético lo convierte en un actor capaz de alterar la estabilidad económica global. Para Argentina, cada crisis en Medio Oriente se traduce en presión sobre precios internos y en un reacomodo de alianzas comerciales, que hoy las estamos sintiendo.
Esa palanca lo convierte a Irán en potencia menor con alcance global. La ecuación estratégica se redefine: EEUU y China en primer nivel, Rusia en segundo, e Irán emergiendo. La Unión Europea, sin autonomía militar ni energética, queda relegada. Cualquier solución pasa por un acuerdo serio en torno al Estrecho de Ormuz. Si Irán resiste, Estados Unidos queda como potencia en declive.
Si lo derrota, abre el camino hacia Asia Central: Turkmenistán y Kazajistán. Este último concentra cerca del 40 % del uranio mundial y enormes reservas de petróleo y gas. Controlar esa región significaría cortar la nueva "Ruta de la Seda" terrestre y aislar a China. Pekín impulsa este itinerario para evitar la dependencia por mar (EE. UU. tiene capacidad de bloquear rutas marítimas). Por eso, tanto China como Rusia arriesgan; si Irán cae, abriría un cerco estratégico sobre Eurasia y alteraría su equilibrio estratégico. Por eso Irán es pivote del equilibrio global. Su resistencia en los Zagros, su capacidad de absorber golpes y su control del flujo energético lo convierten en límite histórico para Washington. La superpotencia que parecía invencible enfrenta una era multipolar donde "salvar la cara" se vuelve su única salida.
Por otra parte, la relación triangular entre Estados Unidos, Venezuela e Irán expone la dimensión energética de la estrategia frente a China. No parece inocente el golpe militar a Caracas (y no tanto Maduro, pues el petróleo venezolano está entrando en EE. UU.). Trump intentó bloquear el acceso de Pekín al crudo venezolano e iraní, vendido en yuanes y con descuento, para forzar pagos en dólares y encarecer su matriz energética. El Canal de Panamá emergió como corredor alternativo a Ormuz. En mi visita reciente al Canal de Panamá en Miraflores y Agua Clara, amigos panameños señalaron el aumento del tráfico ligado a la crisis aumentando las divisas en este país. Cada buque que cruza refleja la disputa entre energía, comercio y poder militar.
Con Venezuela bajo presión, Irán resistió. Las negociaciones colapsaron en marzo de 2026 cuando Trump canceló viaje a Pekín por falta de apoyo en Ormuz; el fracaso evidenció dependencia de la presión israelí. Netanyahu exigió acción militar. Trump aceptó, aunque había una opción más barata: permitir ventas de crudo iraní a China en dólares a cambio de levantar sanciones.
En el plano internacional, Estados Unidos enfrenta un conflicto prolongado que erosiona su poder, mientras en el ámbito interno y regional surgen tensiones ligadas a la seguridad y la convivencia de los servicios de inteligencia. Los atentados pasados muestran cómo las operaciones terroristas implican interacción entre actores locales y externos. El caso argentino de los atentados es paradigmático: la logística interna sugiere complicidad y encubrimiento más allá de la narrativa oficial que atribuyó la autoría a Irán y grupos libaneses.
En la sombra del conflicto
La política exterior estadounidense, condicionada por Israel, afecta la estabilidad de Medio Oriente y proyecta consecuencias sobre países periféricos como Argentina. Por caso, un eventual flujo migratorio hacia el Cono Sur, en el contexto de Guerra Híbrida Total, podría generar tensiones sociales y de seguridad. La convivencia entre servicios de inteligencia y fuerzas locales se convierte en factor crítico.
El presidente proyecta inquietud por los convenios con Israel y la presión en seguridad. No tanto por células iraníes dormidas, sino por la hipótesis de un flujo masivo de refugiados solicitando asilo político. No sería inmigración convencional, sino refugiados que preservarían identidad, cohesión y vínculos estratégicos.
La experiencia histórica enseña que los desplazamientos bélicos rara vez son neutrales: traen estructuras de seguridad e inteligencia. Geopolíticamente, Argentina, por su posición en el Atlántico Sur y acceso a recursos, podría ser un enclave de seguridad y terreno de fricción.
En lo social, la presión sobre vivienda, empleo y servicios sería inmediata. El estatuto de refugiado no implica integración plena, lo que contrasta con la tradición inmigratoria argentina, amparada por la Constitución que abre sus puertas a "toda persona de buena voluntad" y por la doctrina lancasteriana y sarmientina.
En lo económico, tensionaría recursos y modificaría consumo y producción. En síntesis, el desafío excede lo humanitario: es un dilema de identidad y soberanía. Argentina integró inmigrantes que buscaban ser parte de su proyecto; los refugiados, en cambio, plantearían, posiblemente, una tensión inédita en la tradición constitucional y en el equilibrio social del país.
* Mariano Castelli es oficial superior del Ejército Argentino, abogado, magister en Defensa Nacional. Lideró operaciones militares y de protección civil en el NOA. Con 40 años de trayectoria, desempeñó funciones de alta jerarquía y de misiones de la ONU y de la OTAN. Se especializó en estrategia y organización y es autor de diversas investigaciones y doctrina sobre pensamiento militar y gestión de crisis en entornos de alta complejidad.