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"Gratificante". La palabra se repitió varias veces a lo largo de la conversación. Y no es casual. Para Macarena Ossola, licenciada en Antropología por la Universidad Nacional de Salta y doctora en Antropología por la Universidad de Buenos Aires, poder decir que vive de su vocación no es un dato menor: es un privilegio que reconoce como fruto de una historia personal, colectiva e institucional.
Investigadora independiente del Conicet en el ICSOH (Instituto de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades) de la Universidad Nacional de Salta, Ossola reconstruyó el origen de su camino científico en una escena precisa: cuarto grado, 10 años, un viaje de estudios a la Ciudad Sagrada de Quilmes, en Tucumán.
"Quedé maravillada. Empecé a preguntarme qué comía esa gente, cómo vivía, dónde dormía, en qué creía. Ahí supe que quería investigar. Primero desde lo detectivesco, como un juego de pistas; después, desde las ciencias sociales".
Desde entonces, la pregunta por las formas de vida en las distintas sociedades -pasadas y presentes- no la abandonó. Tampoco la conciencia de que, para las mujeres, cada espacio conquistado en el ámbito académico es el resultado de una lucha histórica.
Ser mujer en la ciencia
"Subjetivamente, no puedo decir que un colega varón me haya desplazado explícitamente por ser mujer", aclaró la investigadora. Sin embargo, advirtió que esa experiencia personal no siempre refleja lo que ocurre a nivel estructural.
Ossola participó de un proyecto de investigación federal sobre trayectorias académicas de docentes e investigadores -que coordinó en el nodo Salta- donde, junto a su equipo, analizaron desigualdades de género, territoriales y disciplinares. Las conclusiones fueron claras: las brechas existen.
"Mi edad, mi género y ser salteña ya me posicionan en un lugar distinto al de, por ejemplo, un varón de 60 años en la Patagonia, aunque investiguemos lo mismo", explicó. "Las mujeres cargamos con múltiples agendas: trabajo, tareas de cuidado, gestión del hogar. No son condiciones neutras. Y si bien es notable el incremento de varones que se comprometen en estas actividades, la equidad sigue siendo un desafío".
En las universidades públicas, el acceso femenino es alto -sobre todo en ciencias sociales y humanidades-, pero la desigualdad aparece en los niveles jerárquicos. "El gran problema es el acceso a los cargos más altos. Ahí se ve la brecha", sostuvo.
El papel de los vínculos
Madre de un niño de ocho años, la investigadora considera que para mejorar la participación de las mujeres en la ciencia son necesarias políticas concretas: guarderías en los lugares de trabajo, salas de lactancia, licencias parentales equitativas y programas sostenidos de promoción de vocaciones científicas.
En su propia trayectoria, Ossola reconoce el papel de los vínculos que acompañan. "Mi mamá fue uno de mis grandes pilares. Siempre me incentivó a seguir y a perseguir mi vocación", contó. También subrayó que el desarrollo de una carrera científica nunca es completamente individual. "Ninguna persona se forma solo por sus propios méritos: la familia que sostiene y las amistades que apoyan. Todo suma, además de los contextos políticos e institucionales que pueden promover o restringir el desarrollo de las vocaciones ".
Por último, advirtió sobre una barrera menos visible. "A veces la primera gran barrera es: no me presento porque pienso que no voy a poder. Por eso también hay que trabajar mucho para autopercibirnos capaces en distintos ámbitos".
Investigar en territorio
Su trabajo actual se centra en juventudes rurales e indígenas en Salta, especialmente en comunidades wichí de los departamentos Rivadavia y San Martín. Allí analiza trayectorias escolares y las diferencias de género en el acceso, la permanencia y la proyección educativa.
"Cuando incorporamos la variable de género, aparece todo: principalmente en contextos económicos desfavorables, las mujeres jóvenes dedican gran parte de su tiempo al cuidado de hermanos y a tareas domésticas, aunque no sean madres. La desigualdad está ahí, en la vida cotidiana".
El género no es solo un objeto de estudio: también incide en el trabajo de campo. "Cuando llegás a una comunidad, antes de hablar ya te clasificaron. Tu apariencia, tu edad, el género, tu forma de vestir, hablan antes de que una abra la boca. Y eso condiciona el vínculo".
Recordó especialmente un taller que coordinó junto a otras colegas mujeres, y en el que participaron exclusivamente mujeres del pueblo wichí. La experiencia fue reveladora. "Se generó un espacio de confianza enorme. Mujeres con ganas de hablar, de participar, de contar sus problemas. Ahí entendí que ser mujer también habilita ciertos diálogos, ciertos espacios de encuentro y conexión propios".
Para Ossola, comprender las desigualdades implica abrir el debate acerca de la diversidad y las múltiples aristas que implican la conformación de las identidades. "El género es una singularidad más, pero una que pesa. No nos define completamente, pero nos atraviesa".
Ajuste y deslegitimación
El contexto actual no le resultó indiferente. Habló de un trabajo que se produce en "modo emergencia" y de una deslegitimación creciente de las ciencias sociales y humanas. "Hay un achicamiento presupuestario muy fuerte: proyectos anulados, menos recursos, menos posibilidades de viajar, publicar o actualizarse. Y, además, una operación mediática que cuestiona para qué sirve lo que hacemos".
Recordó que, cuando inició su carrera, existían políticas explícitas de promoción de la equidad territorial y disciplinar en el otorgamiento de becas. Hoy, con menos recursos, la concentración vuelve a favorecer a los grandes centros urbanos.
"Se borran las singularidades en nombre de una supuesta igualdad de partida. Pero no partimos del mismo lugar. Si no se promueve la equidad, se fortalecen las desigualdades".
"Ahora no es solo económico. Es una deslegitimación del valor de la ciencia, especialmente de las ciencias sociales", manifestó en relación con la problemática a la que se enfrentan muchos investigadores.
Vocación y formación
A pesar del panorama crítico, Ossola insiste en lo que la sostiene: el vínculo humano. La formación de recursos humanos, el trabajo en equipo, el diálogo con colegas de otros países, el contacto prolongado con comunidades.
"Lo humano atraviesa todo. Ver crecer a los jóvenes con los que trabajé, que hoy son padres, profesionales, referentes, es parte del sentido. Y más allá de que muchas veces el vínculo se corta cuando se cierra una investigación, otras veces no. Y eso es único".
En 2020 impulsó, junto a miembros del ICSOH y de la Facultad de Humanidades de la UNSa, y en articulación con instituciones religiosas y comunitarias, una Diplomatura en Traducción Intercultural para el Acceso a la Justicia, destinada a miembros del pueblo wichí. Fue dictada en lengua wichí y en español.
"Ahí sentí que todo lo aprendido volvía a la comunidad. Que la universidad pública tiene sentido cuando el conocimiento no queda encerrado".
Antes de despedirse, dejó un mensaje para las jóvenes: "Que se autoperciban capaces. Si estudiás, si le ponés pila, las puertas se abren solas o las abrís vos".