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Durante años, los cargos más altos de la investigación científica parecían reservados para los hombres. Hoy, sin embargo, el panorama empieza a cambiar. Para Alicia Graciela Cid, ingeniera química e investigadora del Conicet en Salta, esa transformación es visible en la vida cotidiana del sistema científico.
"Ser mujer hoy no es una traba", afirmó. Y enseguida aclaró que ese escenario no surgió de la nada: "Muchas mujeres antes nos abrieron el camino".
Cid tiene 47 años, es salteña y actualmente se desempeña como investigadora adjunta del Conicet en el Instituto de Investigaciones para la Industria Química (INIQUI), de doble dependencia entre el Conicet y la Universidad Nacional de Salta (UNSa). Desde allí trabaja en el desarrollo de tecnologías farmacéuticas orientadas a mejorar tratamientos para enfermedades que afectan especialmente a poblaciones vulnerables.
Pero, antes de llegar a ese lugar, su trayectoria estuvo atravesada por decisiones, cambios de rumbo y también por los desafíos cotidianos que enfrentan muchas mujeres que desarrollan una carrera científica.
Las que abrieron camino
Cuando Cid comenzó su carrera académica, a principios de los 2000, el escenario era distinto. No solo había menos mujeres en posiciones de liderazgo dentro de la ciencia, sino que también resultaba difícil imaginar a una investigadora al frente de institutos o facultades.
"Hace veinte años era más difícil pensar que una mujer podía dirigir un instituto o llegar a ciertos cargos", recordó.
Hoy, en cambio, observa señales claras de transformación. "Uno ve directoras de institutos, muchas mujeres representando la ciencia en reuniones o comisiones. Son cambios que antes no eran tan comunes", señaló.
Aunque en su experiencia personal nunca sintió que su género fuera un obstáculo directo en su carrera, reconoció que el presente también es resultado de luchas previas.
"Yo sé que antes era diferente. Muchas mujeres abrieron el camino para que hoy podamos estar donde estamos", aseguró.
Maternidad y productividad
Uno de los momentos donde las desigualdades aparecen con mayor claridad es durante la maternidad. Cid lo vivió en primera persona cuando era becaria doctoral.
En ese momento, las becas del Conicet no contemplaban licencias por maternidad en su reglamentación. Aunque en su caso el instituto le otorgó el permiso, no existían todavía las prórrogas de beca que hoy se aplican automáticamente cuando una investigadora tiene un hijo.
"Cuando fui madre, la licencia era de tres meses y después tuve que volver al trabajo", recordó.
Como muchas mujeres que trabajan, tuvo que organizar su rutina entre la guardería, una persona que cuidara a su hijo por las tardes y las horas de trabajo en el laboratorio. Parte de su beca se destinaba justamente a poder sostener esa logística cotidiana.
Con el paso del tiempo, algunas de esas condiciones cambiaron: hoy las licencias son más extensas y existen mecanismos institucionales para contemplar esos períodos en las carreras científicas.
Sin embargo, para Cid el impacto de la maternidad sigue siendo una realidad difícil de ignorar.
"En general, las mujeres tenemos menor productividad científica cuando formamos una familia, porque hay una carga de tareas en la casa y con los hijos que es mayor", explicó.
La productividad -medida en publicaciones, proyectos y resultados de investigación- es uno de los principales criterios de evaluación dentro del sistema científico. Por eso, cuando los tiempos se reparten entre el laboratorio y la vida familiar, el ritmo suele resentirse.
Aun así, Cid no lo vive como un sacrificio negativo. Al contrario: fue una elección. "No me molesta haber sido menos productiva por haber priorizado a mi hijo", sostuvo la investigadora.
Desde su perspectiva, más que modificar radicalmente el sistema, el desafío está en que las evaluaciones contemplen esas etapas de la vida sin bajar la exigencia general.
Tiempos difíciles
Más allá de las discusiones sobre género, Cid señaló que hoy el principal problema que atraviesa a los investigadores -mujeres y hombres- es otro: la falta de financiamiento para la ciencia.
"La dificultad más grande hoy es el desfinanciamiento del sistema científico", dijo. El financiamiento no solo impacta en los salarios, sino, sobre todo, en la posibilidad de investigar: comprar reactivos, realizar ensayos, sostener proyectos y desarrollar nuevas líneas de trabajo.
"Creo que la mayoría de los que hacemos ciencia lo hacemos por vocación", reflexionó.
Ciencia para resolver
En la actualidad, Cid integra un grupo de investigación dedicado a desarrollar tecnologías que mejoren tratamientos para enfermedades que afectan principalmente a poblaciones vulnerables.
Entre ellas se encuentran el Chagas, la leishmaniasis y algunas parasitosis intestinales. El equipo busca mejorar terapias existentes mediante diferentes estrategias: desde modificar la forma en que se administran hasta desarrollar nuevas tecnologías para aumentar su eficacia.
Uno de los proyectos más recientes -realizado en convenio con el Ministerio de Salud- apunta al desarrollo de apósitos para tratar la leishmaniasis cutánea.
"Estamos trabajando en geles, films e incluso en impresión 3D para desarrollar apósitos que puedan aplicarse de forma tópica", explicó. Si el proyecto logra avanzar hasta su aplicación clínica, podría ofrecer una alternativa para una enfermedad que afecta a muchas comunidades del norte argentino.
Ese impacto social es, justamente, lo que mantiene viva su motivación después de más de dos décadas en la investigación.
"Lo que uno busca es llegar a algo que realmente le sirva a la sociedad", concluyó sobre su profesión.
A las futuras científicas
Cid reconoció que dedicarse a la ciencia no es un camino sencillo.
Aun así, cuando piensa en los jóvenes que quieren seguir esa vocación, su consejo fue claro: insistir.
Porque, a pesar de las dificultades, hay algo que sigue haciendo que valga la pena: "Investigar es difícil, pero es un placer cuando uno trabaja en lo que realmente le gusta", cerró.