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El amor, la fe y la devoción por el Señor y la Virgen del Milagro forman parte de la identidad de miles de salteños durante septiembre y se expresan de distintas maneras. Para algunos, representa una experiencia profunda de fe; para otros, una tradición familiar que se transmite de generación en generación; y para muchos jóvenes, una manifestación cultural que forma parte de la historia de Salta, incluso más allá de sus propias creencias religiosas.
Las historias de dos familias salteñas permiten observar cómo una misma celebración puede ser vivida e interpretada de diferentes formas según la edad, las experiencias personales y el vínculo que cada persona construyó con el Milagro.
Mientras los adultos mayores destacan la devoción y la importancia de mantener vivas las costumbres, los adultos suman nuevas miradas sobre la celebración y el papel de las instituciones religiosas. Entre los jóvenes aparecen otras formas de acercarse al Milagro, atravesadas por los cambios culturales, la diversidad de creencias y nuevas maneras de relacionarse con una tradición que continúa vigente.
La edad y una devoción construida con los años
Petrona vive en el centro de la ciudad y cuenta que su vínculo con el Milagro comenzó después de llegar a Salta, ya que durante su infancia vivió en el Litoral y conoció esta celebración años más tarde.
“Con toda devoción y respeto, con mucha alegría de tener al Señor y la Virgen del Milagro con nosotros”, expresa al describir cómo vive actualmente esta fecha tan significativa. Para ella, el Milagro representa una oportunidad para agradecer, renovar la fe y mantener vivo un vínculo espiritual que se fortalece con el paso de los años.
Su acercamiento al Milagro tampoco estuvo vinculado con la escuela. “Yo no aprendí nada en la escuela porque nosotros no conocimos, vivíamos en el Litoral”, recuerda. Fue después de instalarse en Salta cuando comenzó a conocer de cerca la celebración, a participar de las misas y a asistir regularmente a las novenas en la Catedral.
En su caso, el vínculo con el Señor y la Virgen del Milagro se fue construyendo a partir de la experiencia cotidiana y de su integración a las costumbres de Salta. La participación en las celebraciones religiosas y el contacto directo con una tradición profundamente arraigada en la provincia fueron acercándola a una devoción que no había formado parte de su infancia, pero que con el paso de los años incorporó a su propia vida.
Los adultos, entre la tradición y una mirada crítica
Entre los adultos aparece una relación más diversa con el Milagro. Hilda, integrante de la familia que vive en el centro de la ciudad, cuenta que hace tiempo dejó de participar activamente de la festividad, aunque conserva una profunda admiración por quienes emprenden las peregrinaciones y recorren largas distancias movidos por la fe.
Su mirada se aleja, en parte, de la forma más tradicional de vivir la celebración y se concentra en algunas contradicciones que percibe entre la devoción pública y las conductas cotidianas. Considera que hay personas que se muestran profundamente creyentes durante el Milagro, pero que luego sostienen comportamientos que, desde su perspectiva, no se corresponden con los valores que debería expresar la fe.
También plantea una mirada crítica sobre el rol de la Iglesia y de las autoridades, especialmente en relación con los sectores más vulnerables. Cree que las instituciones religiosas deberían tener una presencia más cercana en contextos atravesados por la pobreza, las adicciones y la delincuencia, con especial atención al acompañamiento de los jóvenes.
En cuanto a su propia formación, Hilda tampoco recuerda haber recibido durante la escuela primaria o secundaria una enseñanza significativa sobre el Milagro. “Lo estudié en la novena y luego enseñé a mis alumnos”, relata, dando cuenta de un conocimiento que adquirió por fuera de la educación formal y que más tarde transmitió desde su rol docente.
Carla vive en un barrio de la zona oeste de la ciudad y su vínculo con el Milagro está estrechamente ligado a una tradición familiar que comenzó en la infancia. Recuerda que sus padres le enseñaron a participar de la novena y a rendir tributo frente a las imágenes del Señor y la Virgen del Milagro, prácticas que todavía conserva, aunque actualmente muchas veces realiza la novena desde su casa.
Ella asegura que durante su paso por la escuela pública también recibió conocimientos sobre el origen del Milagro y sobre los terremotos que marcaron la historia de Salta. Sin embargo, considera que fue en el ámbito familiar donde su vínculo con la celebración adquirió mayor profundidad. “Mis padres siempre fueron devotos de nuestros santos patronos y nos inculcaron esa fe”, señala.
Al reflexionar sobre por qué muchos jóvenes no mantienen hoy el mismo vínculo con la celebración, Carla atribuye ese cambio a las transformaciones culturales y a las nuevas formas de vida. “La juventud de hoy vive tiempos diferentes, acelerados, llenos de tecnología y, sobre todo, con muy poca fe. Muchos ni siquiera conocen el porqué de esta celebración religiosa. Mucho menos encuentran sentido al rezo de la novena y a la peregrinación”, sostiene.
Desde su perspectiva, ese distanciamiento podría reducirse si la transmisión de la religión recuperara mayor presencia dentro del hogar. “Podría revertirse si desde la familia se fomentara un poco más la religión”, manifiesta, reforzando así una idea que atraviesa su propio relato: para ella, la fe y la devoción por el Milagro se construyeron, ante todo, en el ámbito familiar.
Los jóvenes y el respeto, más allá de la fe
Entre los jóvenes mayores de 20 años también aparecen formas distintas de relacionarse con el Milagro. Agustín, integrante de una familia de la zona este, se define como agnóstico y asegura que no participa de misas ni reza. Aun así, reconoce que vivir en Salta hace difícil permanecer completamente ajeno a una celebración que, cada septiembre, transforma el ritmo y la fisonomía de la ciudad.
“Si bien soy agnóstico y sigo con mi rutina de siempre, sin ir a misas ni rezar, viviendo en Salta es imposible no sentirlo. En septiembre la ciudad cambia por completo. Lo vivo con mucho respeto y hasta con asombro. Ver entrar a los peregrinos después de caminar días enteros con frío, calor, cansancio y los pies a la miseria te mueve algo por dentro, creas o no creas”, sostiene.
En su caso, la escuela tuvo un papel importante en el conocimiento de la celebración. Al haber asistido a un colegio católico y realizado la catequesis, aprendió en profundidad sobre los terremotos vinculados al origen del Milagro, la historia de las imágenes, la procesión y el Pacto de Fidelidad. Ese conocimiento, aunque no derivó en una práctica religiosa personal, le permitió construir una mirada de respeto y comprensión hacia una tradición que forma parte de la identidad de Salta.
Agustín también diferencia con claridad lo aprendido en la escuela de la manera en que el Milagro estuvo presente en su vida familiar. “Fui a un colegio católico e hice la catequesis, así que la historia de los terremotos, de la procesión y el origen del pacto nos la enseñaron al detalle. Conozco bien el trasfondo histórico y por qué se hace todo lo que se hace”, explica.
Desde su mirada, el menor involucramiento de muchos jóvenes con las tradiciones religiosas no debe interpretarse necesariamente como una falta de respeto, sino como parte de un cambio cultural más amplio. Considera que las nuevas generaciones crecieron con mayor acceso a la información, más posibilidades de cuestionar lo establecido y otras formas de construir identidad y sentido de pertenencia.
En ese escenario, las redes sociales, los intereses personales y las nuevas maneras de relacionarse también ocupan un lugar central, desplazando algunas prácticas que antes tenían una presencia más fuerte en la vida cotidiana. Para Agustín, además, existe un desencanto con la Iglesia como institución que influye en la manera en que muchos jóvenes se vinculan hoy con la religión.
“Pasa por un cambio de época. Hoy crecemos con acceso a un montón de información distinta, nos cuestionamos más las cosas y hay un desencanto general con la Iglesia como institución. No suele ser por llevar la contra o por falta de respeto, sino por desinterés. Muchos chicos simplemente no encuentran respuestas en la religión. Además, las formas de juntarse y pertenecer a un grupo hoy van por otros lados, sobre todo por las redes y otros intereses personales, dejando las tradiciones religiosas en un segundo plano”, sostiene.
Jóvenes menores de 20 años: entre la enseñanza familiar y la escuela
Entre los menores de 20 años aparece una relación más vinculada con los aprendizajes recientes, la experiencia familiar y la manera en que cada hogar transmite la celebración.
Emilia vive en el centro de la ciudad y cuenta que disfruta especialmente el Milagro porque lo asocia con un momento de encuentro familiar. Si bien reconoce que durante esos días también existe una dimensión comercial alrededor de la festividad, destaca por encima de todo la fe de los peregrinos y el espíritu solidario que se hace visible en distintos puntos de Salta.
“Me gusta el Milagro porque suele ser una fecha para vivir en familia. Es una fecha muy linda para sacar tu lado humano y servicial”, sostiene.
En su caso, el conocimiento sobre la historia y el significado del Milagro no llegó principalmente desde la escuela. Emilia asegura que ni en la primaria ni en la secundaria recibió contenidos específicos sobre la celebración y que gran parte de lo que sabe lo aprendió durante el catecismo y a través de su familia.
“En la escuela no me enseñaron nada sobre ese tema, ni en la primaria ni en la secundaria. Yo llegué a aprenderlo únicamente en el catecismo. Además, mi familia conoce mucho sobre la historia y creo que también tuvo un papel importante en lo que fui aprendiendo sobre el Milagro”, explica.
En la familia de zona este, Virginia tuvo una experiencia diferente. Al asistir a un colegio católico, aprendió sobre la historia de las imágenes y el origen del Milagro. Asimismo, su madre tuvo un papel fundamental en la transmisión de la tradición: rezaban juntas la novena y asistían a la Catedral.
"En la escuela aprendí bastante sobre la historia de las imágenes y como se llevó acabo el Milagro, ya que al ser un colegio católico era importante saber la historia del Señor y la Virgen del Milagro. Fue un acontecimiento que marcó tanto a nuestra provincia como a los habitantes y alrededores, más que nada por la fe que tiene cada uno", respondió.
Y agregó: "Aprendí en los dos ámbitos (colegio y hogar), ya que en casa mi madre rezo siempre la Novena e íbamos juntas a la Catedral. Me inculcó que tener fe es algo importante y saber que el Señor y la Virgen siempre escuchan nuestras oraciones. En el colegio todos los años se realizaba la visita a la Catedral y la Novena se rezaba en el patio".
Su explicación sobre la menor participación juvenil es directa: considera que muchos jóvenes no se involucran porque no tienen fe o porque cuestionan la idea de rezarle a una imagen.
La escuela y la familia, dos caminos para conocer el Milagro
Las respuestas permiten advertir diferencias claras no solo entre generaciones, sino también en la manera en que cada persona conoció y aprendió a vivir el Milagro.
En algunos casos, la escuela tuvo una presencia mínima o prácticamente nula en la transmisión de esta tradición. En otros, especialmente entre quienes asistieron a colegios católicos, cumplió un papel central al enseñar la historia de los terremotos, el origen de las imágenes, la procesión y el Pacto de Fidelidad.
Sin embargo, más allá de esas diferencias educativas, la familia aparece como el hilo común entre los testimonios. Incluso quienes recibieron una formación religiosa importante en la escuela reconocen que muchas de las prácticas vinculadas con el Milagro se incorporaron en el hogar: acompañar a padres o abuelos, rezar la novena, asistir a la Catedral o, simplemente, crecer en medio del clima particular que Salta vive cada septiembre.
De esta manera, mientras la escuela puede aportar el conocimiento histórico y religioso, es en el ámbito familiar donde ese aprendizaje suele adquirir una dimensión más íntima y cotidiana. Allí, la tradición deja de ser solo un contenido aprendido y se convierte, para muchos, en una experiencia compartida que puede transmitirse, transformarse o incluso ser cuestionada con el paso de las generaciones.
Una tradición que cambia con las generaciones
Los testimonios de ambas familias muestran que no existe una única manera de vivir el Milagro ni una relación idéntica con la fe, la tradición o la Iglesia. Cada generación construye su propio vínculo a partir de la historia familiar, la educación recibida, las experiencias personales y el contexto cultural en el que creció.
Entre los adultos mayores predomina una relación atravesada por la tradición, la devoción y los recuerdos acumulados a lo largo de los años. En los adultos, en cambio, aparecen posturas más diversas, que van desde la continuidad de las prácticas religiosas hasta miradas más críticas sobre la celebración y sobre el papel de las instituciones religiosas.
Entre los jóvenes mayores de 20 años también se observan formas diferentes de acercarse al Milagro. Algunos pueden mantener distancia de la religión o incluso no compartir la creencia, pero aun así reconocen el peso cultural, histórico y emocional que la celebración tiene en Salta. En los menores de 20 años, la relación todavía aparece más atravesada por la influencia de la familia, la escuela y el entorno, en una etapa en la que las propias creencias continúan tomando forma.
La menor participación juvenil surge como una preocupación común en varios testimonios, aunque las explicaciones no son las mismas. Para algunos, responde a una menor transmisión de la fe dentro del hogar; para otros, forma parte de un cambio de época marcado por la tecnología, nuevas formas de relacionarse, otros espacios de pertenencia y un mayor cuestionamiento hacia la Iglesia como institución. Más que una desaparición de la tradición, los relatos sugieren que el vínculo con el Milagro está cambiando y adquiriendo nuevas formas entre las generaciones más jóvenes.