Carta de Lectores

En torno a la enseñanza religiosa

La cuestión de la “enseñanza religiosa” en las escuelas públicas de Salta merece algunas reflexiones.

Por una parte, es éste un servicio pedagógico que, con carácter “optativo”, se ofrece a los escolares de la Educación Primaria, cuyos padres o tutores lo requieran, respondiendo a la confesión religiosa o formación ética, que éstos soliciten.

Es decir, se trata de una prestación “no obligatoria”, que permite a los padres, que no pueden enviar a sus hijos a una escuela o instituto privado que la incluya, y desean que éstos reciban este tipo de formación, puedan tenerla.

Por el contrario, la “educación laica”, proclamada como una modalidad educativa supuestamente más “libre” u “objetiva”, es una imposición, que obliga a los niños, cuyos padres desean que reciban una formación “integral” (que incluya en consecuencia la formación religiosa y/o moral), a prescindir de ella.

Por otra parte, ¿qué supone la “educación religiosa”, de la que se pretende privar a los niños de la escuela pública? Pues nada menos que brindar a los educandos un fundamento espiritual y moral que, al otorgar un sentido trascendente a sus vidas, les abre las puertas a la plenitud interior y les provee pautas para una conducta honesta y solidaria con los demás.

Se argumenta que, como la mayoría de los salteños profesamos la fe católica, esta prestación educativa supondría una marginación de quienes profesan otros cultos. Pero, por el contrario, bien encarada1, ¿no podría ser el camino para que los niños no católicos, bien apoyados por sus padres, valoren a partir de la elección específica realizada, la fe que los sustenta? ¿Y para que los alumnos católicos se eduquen en el respeto a la diversidad religiosa?

Permítaseme avalar mis apreciaciones con una anécdota  reciente, que me tocó vivir: mientras los manifestantes a favor de la “enseñanza laica” enarbolaban carteles, como el que pudo verse en la portada del diario El Tribuno de días atrás: “La religión, fuera de las escuelas”, de connotación sin duda agresiva, en el interior de la Catedral, en el marco de una celebración litúrgica, cantábamos:

“No te importen las razas ni el color de la piel/ama a todos como hermanos y haz el bien.//Al que sufre y al triste/ dale amor, dale amor/al humilde y al pobre dale amor.

Al que habla otra lengua dale amor, dale amor/al que piensa distinto/ dale amor.” 

Por último, no se trata de un tema meramente religioso, sino además cultural. No se puede ignorar que, en la idiosincrasia salteña, el factor religioso es fundamental. Forma parte de nuestra tradición histórica. Entonces, en tanto por un lado se reclama el derecho a la preservación de los ancestros culturales, que sustentan a las diversas comunidades que nos constituyen como pueblo, ¿tiene sentido impugnar el cultivo de un valor caro a la mayoría de los ciudadanos de nuestra provincia, a partir de una propuesta absolutamente minoritaria? ¿No ocultan los ataques –porque en ciertos casos son tales– una intencionalidad sesgada, o la adhesión irreflexiva a un supuesto “progresismo”?

Creo que nos toca recapacitar y reaccionar en consecuencia. 

Leonor Arias Saravia

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Enero de 2017

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