¿Qué hacer...?

Entre Guatemala y Guatepeor...

En varias notas, este columnista ha señalado la forma zigzagueante en que se manejan los diseños de política económica en la Argentina, tal vez reflejando concepciones atávicas que probablemente se remonten a las discusiones posteriores a Mayo de 1810 sobre el comercio exterior, el reparto del producido de la Aduana y otros temas, como la intervención del estado en la economía, temas que aún tienen vigencia en la Argentina de hoy.

Seguramente, cuando a los salteños les preguntamos si prefieren el asado o las empanadas, nos responden, con extrañeza: "el asado... y las empanadas...".

Análogamente, si preguntamos a cualquiera persona si escoge entre un asesino serial o un violador, sin duda nos responderían que ninguno de los dos.

Sin embargo, cuando tenemos que inclinarnos por las opciones que históricamente se nos han presentado entre un diseño de ortodoxia económica traducido en la contracción de la economía, aumento del desempleo y una inflación indomable, y, en el otro extremo, un manejo dispendioso de la economía que conduce también a elevadas tasas de inflación y gravísimas distorsiones de precios, caídas en las inversiones y otros padecimientos, curiosamente tendemos a inclinarnos por una u otra alternativa, sin detenernos a reflexionar si existe otra forma de organizar nuestra vida económica, o, para decirlo en términos de otras notas, si, además de transitar por las banquinas, es posible hacerlo por la vía principal, aunque esta contenga algunos baches e inconvenientes que hay que ir solucionando.

La vía principal

Independientemente de la filiación de los economistas y políticos a cargo de la mayoría de las economías, en éstas existe un consenso tácito en que el déficit fiscal no puede representar un porcentaje excesivamente elevado del PBI y lo mismo ocurre con la inflación, que debe ser moderada, el desempleo, la relación deuda pública / PBI, etcétera.

La forma de alcanzar estos objetivos, cuando se está lejos de ellos, varía según las economías, siendo muy probable que cuando estas son muy sólidas y organizadas tal el caso de los Estados Unidos o el Reino Unido, las medidas sean relativamente simples de tomar, a la vez que los resultados muy probablemente se consigan bastante rápidamente.

En economías como la de Israel, en cambio, se necesitaron planes más elaborados dado que, en el caso de la tasa de inflación, en este último país, esta se situaba en porcentajes muy elevados.

Sin entrar en detalles, parece bastante evidente, conforme las experiencias de muchas economías, que, en cuanto a la inflación, altos porcentajes del déficit fiscal respecto del PBI se asocian con también elevadas tasas de aumentos de precios, a la vez que está también claramente demostrado que los así llamados "shocks de oferta", vale decir, las bruscas subas del tipo de cambio, de los precios de las materias primas importadas, de los salarios o de cualquier componente del costo de producción, también provocan saltos inflacionarios, si bien, en la mayoría de las economías, especialmente las más estables, estos shocks de oferta son relativamente infrecuentes, por lo que, en general, las causas de la inflación se buscan allí más en los desequilibrios fiscales.

Sin embargo, en la Argentina, debido precisamente a la existencia de endémicas altas tasas de inflación, los shocks de oferta son algo permanente porque las correcciones salariales se dan en porcentajes cercanos a los de la propia inflación, a la vez que el tipo de cambio suele dar bruscos saltos y los gobiernos efectúan muchas veces alzas importantes en las tarifas de los servicios públicos, con lo que, en general, los componentes de los costos se modifican al ritmo de la inflación, en la conocida espiral precios -salarios tarifas- tipo de cambio.

A lo anterior debe añadirse que, nuevamente en el caso de la Argentina, una gran parte de la industria está concentrada geográficamente y sectorialmente, y protegida además por elevados aranceles, lo que le permite con gran facilidad trasladar mecánicamente a los precios las subas de costos, con los resultados que conocemos traducidos en que "cuando sube el tipo de cambio, aumentan los precios; pero cuando el tipo de cambio baja, también suben los precios..."

¿Qué hacer?

En 1902, Lenin, el líder principal de la revolución rusa de 1917, escribió un libro con este nombre, en el que se proponían instrucciones para el mejor logro de la revolución que se deseaba imponer, si bien el nombre del libro es copiado de una novela del mismo nombre de Nicolás Chernishevski.

En el presente caso, el autor no pretende ni por asomo plantear un "manual de instrucciones" para superar la actual crisis, pero en cambio sí listar algunas iniciativas que podrían contribuir a la reducción de la tasa de inflación, de la tasa de interés, la estabilidad del tipo de cambio, etcétera.

En primer lugar, y como se ha sostenido también en otras notas, debería prestarse atención, además del déficit fiscal, a los aspectos de la oferta de la economía que potencian la inflación, como el propio precio del dólar, las tarifas y los altos márgenes de ganancias de buena parte de la industria gracias a los aranceles y las restricciones cuantitativas a la importación.

Del lado de la volatilidad del tipo de cambio, evitar que quienes tienen gran capacidad de compra y venta de moneda extranjera, principalmente los bancos comerciales, puedan alterar en pocos días de manera violenta el precio de la divisa norteamericana con compras masivas.
Con respecto a las tarifas y combustibles, establecer un cronograma que suponga incrementos en estos precios a un ritmo que permita su recuperación a lo largo del tiempo, evitando incrementos bruscos o de una sola vez.
En cuanto a la tasa de interés, debe procurarse su reducción, porque su elevado nivel no permite la disminución del gasto público y consecuentemente el déficit fiscal por el pago de intereses, a la vez que allega fondos a los bancos, los que bien pueden elegir comprar dólares en lugar de recibir letras del Tesoro o el Banco Central.

Implicancias de las propuestas
 
El desarrollo de estas propuestas y sus implicancias exceden los alcances de esta nota. 
No obstante, sí debe destacarse que la reducción de los aranceles tiene como contrapartida un aumento en la tasa de desocupación que habrá que paliar con un seguro de desempleo que elevaría el déficit fiscal, lo mismo que el prorrateo del aumento de tarifas, a la vez que las medidas por reducir la tasa de interés podrían generar expectativas inflacionarias que deberían ser neutralizadas. 
Por último, las propuestas señaladas, o parte de ellas, requerirían una revisión de los acuerdos con el FMI, todo lo cual cabe preguntarse si es factible, si el Gobierno lo aceptaría y si encontraría apoyos políticos para su materialización. 
Sin embargo, también cabe preguntarse si, sin modificaciones de las condiciones que han hecho posible el gran salto del tipo de cambio y la inflación consecuente que todavía persiste, no se está en riesgo de que se vuelva a experimentar la gran convulsión económica que la Argentina ha padecido en el presente año, con el resultado de potenciar otro “salto de banquina”, esta vez, al populismo.
 

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Debe iniciar sesión para comentar

Importante ahora

cargando...