Un sociedad que niega el mérito se autodestruye

Este año, el papa Francisco y el presidente Alberto Fernández coincidieron en cuestionar el concepto de "meritocracia", quizá para diferenciarse de la valoración que Juntos por el cambio hizo siempre de ese término. Pero la interpretación posible es equívoca, y en boca de quienes tienen poder de decisión, de alto riesgo.

El Papa dijo en octubre que "quien razona con la lógica humana, o sea, la de los méritos adquiridos con la propia habilidad, de primero pasa a último". Se trata de una interpretación teológica de frases evangélicas que ponen en el centro de la preocupación al ser humano y cuestiona el egoísmo y la explotación de las personas. Trasladado a la política doméstica, la idea habilita otras connotaciones.

El mérito es un valor que estimula a la propia superación. Utilizar el término "meritocracia" irresponsablemente solo sirve para agitar el odio de clases.

En los primeros tramos de la cuarentena, el presidente dijo que "es hora de ocuparnos de los argentinos a los que la meritocracia dejó de lado". Fue en un acto político en la localidad de Bernal: "Todos los que estamos acá somos un habitante más de Villa Azul, de la Villa 31, de la Villa 1-11-14 y de cada barrio popular que hay en Argentina". Las villas mencionadas duplicaron su población desde la crisis de 2001.

El fenómeno no da para simplismos oportunistas. La desigualdad es un fenómeno irritante en la vida contemporánea. En América Latina se agrava, entre otras cosas, por el déficit educativo; en la Argentina, se suma el extraordinario deterioro de la escuela pública.

Una pregunta se desprende por el peso de la lógica: si no es por el mérito ¿cómo seleccionó Fernández a su equipo, al que denominó "gabinete de científicos"?

El escritor británico Michael Young publicó en 1958 el libro "El ascenso de la meritocracia". Años después, decepcionado por las interpretaciones distorsionadas que se hicieron de su texto, Young dijo: "Es de buen juicio, para un empleo, elegir a los individuos por sus méritos. Pero es lo contrario cuando aquellos a quienes se juzga meritorios en algo se convierten en una nueva clase social que no deja espacio para otros". Parecía estar hablando de la política argentina. Se refería a la burocracia que llega por acomodo y es una nueva forma de nepotismo.

En realidad, el mérito es un valor contenido en el concepto fundacional de la "democracia", que más que un sistema de gobierno, refiere a una cultura.

Democracia no es sinónimo de "igualitarismo"; la cultura democrática es la expresión del liberalismo, el concepto más progresista y revolucionario de la modernidad, que obliga al Estado a crear las condiciones sociales que garanticen a todos las posibilidades de su realización personal.

Por eso, las democracias más avanzadas han logrado desarrollar sistemas educativos y de contención social que en nuestro país, lamentablemente, solo se quedan en el deseo.

Las universidades públicas de la Argentina son de acceso gratuito. Sin embargo, la mayoría de los alumnos que se gradúa en ellas cursó la enseñanza básica y la media en colegios privados. Esto, que es un indicio de inequidad, no se resuelve con juegos de palabras ni falsedades demagógicas, sino aplicando la Ley General de Educación, sancionada hace 15 años, y postergada desde entonces.

Los países nórdicos han logrado disminuir sensiblemente la grieta social, con Estados responsables, que invierten en objetivos de largo plazo. En esos países, como en la mayoría de los europeos y en las economías emergentes de Asia, la calidad educativa tiene una jerarquía fundamental en la agenda del Estado. Todos los docentes son graduados universitarios que revalidan su cargo cada cinco años. A su vez, los alumnos que terminan la enseñanza media deben rendir un examen general de aptitud para recibir el título, y un examen de ingreso para acceder a la universidad.

Es que la valoración del mérito, que es talento, esfuerzo y oportunidades, es la clave para el mejor funcionamiento y la mejor calidad de vida de las naciones. La demagogia igualitaria, en cambio, es garantía de subdesarrollo.

 

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