La encrucijada irlandesa

A un siglo de su división entre IrIanda del Sur como un estado independiente constituido como República de Irlanda, con capital en Dublin, con cinco millones de habitantes y separado del imperio británico, e Irlanda del Norte, con capital en Ulster, dos millones de habitantes e integrada al Reino Unido, los irlandeses comienzan a discutir sobre su posible reunificación nacional. El sorpresivo triunfo, aunque por un apretado margen, obtenido en las elecciones legislativas sur irlandesas por el Sinn Féin (en irlandés "Nosotros mismos"), una formación política de izquierda nacionalista que en el pasado funcionó como una organización de superficie de los guerrilleros del IRA, y el debate suscitado paralelamente en Irlanda del Norte acerca de los perjuicios económicos del Brexit confluyen para generar un nuevo escenario signado por la imprevisibilidad.

Mary Louise McDonald, elegida líder de Sinn Féin en 2018 en reemplazo de Gerry Adams (último dirigente de la generación contemporánea al IRA), es una personalidad moderada, que fue capaz de capitalizar el descontento social con los resultados de la gestión del primer ministro Leo Varadkar, del partido Fine Gael (democristiano), pese a que en los últimos años la economía creció al ritmo más elevado de toda la Unión Europea y el país esté cerca de alcanzar el pleno empleo. El hecho de que Fianna Fáil, el partido de centro-derecha que históricamente se alternó con los democristianos en el gobierno, hubiera funcionado como un soporte parlamentario de Varadkar facilitó que McDonald, con un discurso fuertemente opositor, canalizara la disconformidad colectiva.

La caja de Pandora

La victoria del Sinn Féin abrió una caja de Pandora.

Gerard Howlin, uno de los asesores de campaña de los conservadores del Fianna Fáil, señaló que "en una trayectoria de 100 años desde la fundación del Estado, es el final de un sistema político y de una arquitectura que estaba intacta desde finales de la década de 1920".

En una situación en que ninguna de las tres fuerzas tienen mayoría en el Parlamento, la discusión pasa ahora por si los dos partidos tradicionales se animarán a impulsar en Irlanda del Sur un gobierno de coalición sin la presencia de quienes resultaron ganadores en las urnas.

McDonald alertó contra esa posible exclusión: "Ahora tenemos un mandato muy sustancial. Y lo que también sé es que para Fianna Fáil o Fine Gael, o para cualquier otra persona, será malo sugerir que las personas que representamos deben esperar más tiempo para que sus representantes elegidos participen de las decisiones". Esa advertencia supone que los nacionalistas aspiran a integrar el futuro gobierno. Dicha opción implicaría seguramente aceptar su exigencia irrenunciable de convocar a un referéndum para decidir sobre la reunificación de Irlanda.

Mientras tanto, el derrotado Varadack mantuvo su posición de no aceptar una coalición con el Sinn Féil: "un matrimonio forzado no resultaría un buen gobierno", dijo.

En cambio, Michael Martin, el jefe del derechista Fine Gael, quien durante la campaña insistió en que nunca trabajaría con el Sinn Féil, ahora no llegó a descartar esa variante: "Existe una incompatibilidad significativa en términos de plataformas políticas nuestra y de Sinn Féin. Solo tenemos que tenerlo presente", manifestó en una declaración cuya ambigedad no cerró totalmente las puertas a un eventual entendimiento.

Un argumento de peso en la opinión pública esgrimido por los partidos tradicionales para objetar la alternativa de la reunificación, al menos en el corto plazo, es de índole económica: Irlanda del Sur tiene un ingreso por habitante de 66.700 dólares, Irlanda del Norte de 24.000. Hasta ahora los irlandeses del Norte fueron beneficiarios de la ayuda económica de la Unión Europea. ¿Quién se haría cargo de esa pesada responsabilidad?

Un pasado que condena

Justamente el fuerte golpe económico que Irlanda del Norte puede sufrir como consecuencia del Brexit actúa como un dinamizador de una incipiente discusión sobre qué resulta más conveniente: permanecer en el Reino Unido o mantenerse en la Unión Europea.

Esa segunda alternativa implicaría necesariamente avanzar hacia la reunificación con el sur.

Un sondeo de opinión realizado en septiembre pasado funcionó como disparador del debate. El 55% de los encuestados consideraba que, obligados a optar, les resultaba más importante permanecer en la Unión Europea antes que en el Reino Unido. La misma encuesta estableció que el 51% de los entrevistados estaba a favor de la reunificación nacional frente a un 49% que se pronunciaba en contra, una diferencia que entraba claramente dentro del margen de error estadístico y no permitía de ningún modo anticipar el resultado de un eventual referéndum.

Pero con independencia de lo cuantitativo, en este caso lo cualitativo despierta en el norte resistencias mucho más severas que en el sur. Porque la población de Irlanda del Norte está dividida nítidamente en dos grandes grupos étnicos y religiosos: una importante minoría católica, de idioma gálico, que se siente parte inseparable de la nación irlandesa y que en términos demográficos viene creciendo a un ritmo más acelerado que la apretada mayoría “unionista”, de confesión protestante y origen anglo-escocés, que no está dispuesta bajo ningún concepto a pasar a ser una minoría nacional dentro de una Irlanda reunificada. 

Desde 1969 y durante veintinueve años, los católicos, con el apoyo del IRA, y los “unionistas”, con el respaldo de grupos paramilitares protestantes y la tácita complacencia de Londres, libraron una cruenta guerra que supuso miles de víctimas de ambas partes y culminó en 1998 con el llamado Acuerdo del Viernes Santo que impuso una paz negociada.

Esa negociación impulsada por el Gobierno británico estableció en Irlanda del Norte un laberíntico sistema de distribución de poder, con un delicado mecanismo de pesos y contrapesos para impedir que ninguna de las partes tuviera la posibilidad de imponerse sobre la otra. 

La complejidad del sistema determinó una parálisis decisional, hasta el punto que en 2016 Londres tuviera que hacerse cargo directamente de la administración local. Recién a principios de este año se logró un trabajoso entendimiento entre ambas partes para constituir un gobierno compartido que permitió recuperar la autonomía local. La particularidad de la actual situación reside en que los “unionistas” protestantes están políticamente sin rumbo porque la mayoría está en contra del Brexit, que priva el país de la ayuda económica de la Unión Europea.

En 1800, el Acta de Unión formalizó la fusión entre el Reino de Gran Bretaña y el Reino de Irlanda, lo que dio origen al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, actual denominación oficial del imperio británico. En vísperas de cumplirse el primer centenario de la partición de Irlanda, la cuestión de la reunificación nacional está nuevamente en el primer lugar de la agenda política. Según lo establecido en el Acuerdo del Viernes Santo, los irlandeses de ambos estados pueden ser convocados a votar por separado en un referéndum sobre el tema. De prosperar la iniciativa, el Reino Unido dejará de serlo.
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