Desatinos judiciales

Considero una noble virtud ser cuidadoso y prudente en lo que se dice y se hace. Es una cualidad que engrandece a la persona correcta y decente, pero que se vuelve en su contra cuando no va acompañada de la sinceridad y la autenticidad. Lo dicho para complacer, para que otro no se sienta ofendido, para intentar sacar provecho, para no ir contra la corriente, o por temor a las consecuencias, le quita integridad y lo convierte en hipócrita, falso o calculador. "Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros" (Groucho Marx). No avalo la grosería o la ofensa gratuita, sino un equilibrio moderado, tan difícil de lograr pero que tanto gratifica. La sabia enseñanza: "lo cortés no quita lo valiente". Se puede conservar la firmeza de los principios y convicciones sin faltar el respeto ni perder la distinción ni la coherencia.

Con desánimo, hoy observo que hay demasiado fariseísmo y doblez en mucha gente, sin ninguna moderación ni escrúpulo. Simplificando, se busca la "corrección política", agradar al interlocutor, y más aún, si alardea de poder o riqueza, porque quizás mañana lo necesite o le convenga. Llevarle la contraria significaría una irreverencia, por lo que es mejor dejar de lado valores y conciencia interior para quedar bien con Dios y con el diablo. Pero cuidado, esos elogios desmedidos se tornan en crítica en cuanto los oídos se alejan de los cantos de sirenas, o cuando la ventaja procurada ya fue obtenida o deja de convenir.

En orden a la Justicia

Llevadas estas generalidades al ámbito judicial, estoy convencido de que resulta reafirmadas. Un juez no solo debe seguir sus conocimientos y razonamiento, sino también la ley que juró hacer cumplir, y no solo dice, sino además resuelve (iuris-dictio) con el imperium conferido (mandar hacer cumplir por la fuerza pública lo dispuesto). Rasgos característicos esenciales de su función son -deberían serlo- la prudencia y la independencia. Es inamovible mientras dure su buena conducta. Con todo ello, parecería blindado, aunque en la práctica dista de ser así.

De hecho, está en la soledad de su despacho, en un estado de debilidad y cierta desprotección, frente a los poderes políticos que le prestaron acuerdo y lo designaron, frente a los factores de poder, la prensa, la opinión pública, y el mandato casi dictatorial de lo "políticamente correcto".

Ante una decisión trascendente, los mensajes "sutiles" se suceden, y a veces rozando el límite de la amenaza velada. Las marchas por justicia se enmarcan en el derecho constitucional de peticionar a las autoridades, en la medida que no se salgan de cauce y se conviertan en coacción o linchamiento. El juez probo y valiente escucha sin adelantar decisión ni permitir que las cosas se desmadren, para luego resolver lo que juzga ajustado a derecho. El indeciso, temeroso y débil a menudo sucumbe, se quiebra, cede, y opta por la salida fácil de evitar consecuencias riesgosas o perjudiciales. No hay por qué "inmolarse". Y decide lo que le pide -o le impone- el más fuerte o el que más temor infunde.

Los políticos, creyéndose más legitimados por la elección popular directa (verdad irrefutable), acostumbran a hacer abuso de los mecanismos de superintendencia y las potestades de designación o remoción de un magistrado (derivación equivocada). Los que intervinieron en el nombramiento de un juez o fiscal, y peor, los padrinos, los lobbystas y los promotores de esa postulación (externos e internos del Poder Judicial y del Ministerio Público) viven convencidos que les deben un favor de aquí a la eternidad, y que pasar la factura es la cosa más natural del mundo. Un viejo adagio dice que los jueces y los miembros de los organismos de control, una vez asumido su cargo, tienen un "deber de ingratitud" ante la autoridad que lo nombró.

El cargo y el servicio

Uno no es más que un servidor público y se debe al cargo y no a la persona o al funcionario que lo nombró, y todos estamos sujetos por igual a la ley. Puede haber mayor o menor afinidad, pero nunca obsecuencia o actitud sumisa y rastrera. Quienes me vieron en el desempeño del cargo, recordarán la actitud frontal de tratar de mantener cierta distancia y evitar cualquier condicionamiento; fui "el de la vereda del frente". Aunque aquí no vengo a victimizarme o mostrarme como alguien ejemplar, que no lo fui. Un día, alguien de afuera me enseñó: "Nunca se olvide, amigo, que el juez que ordenó la detención de Menem, fue nombrado por él y era considerado incondicional. Cuando cambiaron los aires políticos, quizás se vio obligado a mostrar el gesto de que también se podía llevar bien con éstos...". Tiempo después, el hombre -que difícilmente quede en la historia de la judicatura- fue sometido a enjuiciamiento y renunció a su cargo denunciando aprietes, tras haber detenido por la toma de una comisaría a Luis D' Elía, a quien calificó como "el piquetero del presidente".

Conclusión final

Tanta decisión judicial, no equivocada o incorrecta, sino aberrante, por cobardía o debilidad, por ajustarse a la corrección política y no a la ley, por recibir la aprobación de la tribuna o cuidar el sillón, de jueces provinciales y federales, de todas las instancias y fueros, sin exceptuar a la Corte Suprema, invita a la reflexión. Eso, sumado al hartazgo que provoca el indecoroso vaivén de idas y venidas según el color político de turno (freno, desaceleración, marcha atrás, nuevo direccionamiento), que observamos día tras día. Parece una carrera de quien se acomoda más rápido y mejor. ¿Y después asombra que la Justicia esté tan desprestigiada ante la opinión pública?

La solución posiblemente esté vinculada al fortalecimiento del Poder Judicial y su independencia, a valorar la seguridad jurídica y la formación de los jueces, y que cada uno cumpla su rol debidamente y sin extralimitaciones. Concluyo con una cita del maestro Manuel García Pelayo: "El juez debe ser independiente de las partes, independiente del poder e independiente de la popularidad".

 

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