Belgrano y Tristán, dos opciones de vida

Doscientos años más tarde del paso a la inmortalidad del Creador de la Bandera Nacional, surgen nuevos interrogantes sobre sus cincuenta años de vida, cuyo episodio cúlmine probablemente haya sido el triunfo obtenido en la Batalla de Salta, el 20 de febrero de 1813. Hasta ese momento, es probable que Manuel Belgrano nunca hubiera pensado, por su profesión de abogado y su actuación política previa, ser el jefe de un ejército victorioso que lograría vencer en uno de los combates épicamente más significativos y resonantes de la Guerra de la Independencia. A tal punto lo fue, que uno de los máximos estrategas de la historia militar argentina, como el general José María Paz, sostuvo que de haberse proseguido la marcha en vez de detenerse, Belgrano probablemente hubiera llegado a las márgenes del río Desaguadero, por aquel entonces el límite entre los virreinatos del Río de la Plata y el del Perú.

¿Qué detuvo a Belgrano a seguir su paso triunfal? Nunca se sabrá con exactitud, sino por meras conjeturas, lo cierto es que al triunfo categórico y decisivo de Salta, meses más tarde le siguieron los desastres de Vilcapugio y Ayohuma. A veces las pausas y las demoras en la acción, tornan el triunfo en fracaso. Mutan el éxito en derrota. Manuel Belgrano era un hombre místico, de profundas convicciones religiosas; convencido hasta el paroxismo del valor de la palabra empeñada y del cumplimiento de los pactos y de los compromisos asumidos.

El jefe enemigo al que derrotó en Salta era el arequipeño Juan Pío Tristán y Moscoso, popularmente conocido como Pío Tristán. Un personaje cuya biografía lo muestra para la historia como un ser advenedizo, avaro con el dinero y ubicuo en sus posturas políticas. Belgrano en las vísperas al combate lo exhortó a que reflexionara por su sangre americana, a que no se derramase sangre entre hermanos.

Tristán fue mudando de la lealtad al rey de España hasta erigirse en una opinión consultada del Perú republicano e independiente. A diferencia de Belgrano que murió prácticamente indigente, Tristán amasó una incalculable fortuna, muy bien descripta por su sobrina Flora Tristán en un libro memorable denominado "Peregrinaciones de una paria". Allí la autora traza con inigualable maestría la personalidad y el perfil de su tío, el perjuro y derrotado en Salta. Al leer el libro de Flora, se forja claramente la imagen de quien luchara en estas tierras, sus caracteres principales y su falta de autocrítica. Tristán tardó años en reconocer los bienes que le correspondían a su sobrina.

Ahora bien, contra la opinión de su oficialidad más granada, como el propio Paz y Eustaquio Díaz Vélez o Cornelio Zelaya, que le aconsejaron seguir batallando y no darle tregua, Belgrano le ofreció unas capitulaciones a Tristán, en las cuales el arequipeño se comprometía a que jamás empuñaría las armas en contra de los patriotas. El jefe patriota proclamó que "no había vencedores ni vencidos". Una frase que años más tardes tendría hondas repercusiones en la historia argentina.

Por su parte, Tristán, pronto conseguiría la absolución de un obispo, que le dijo que ese pacto no tenía ningún valor, porque había sido firmado bajo presión. Es decir, no tuvo el menor empacho en romper su juramento ni incumplir con lo que había pactado. Adujo que en realidad había comisionado a un subordinado a que estampara la firma y el no había acudido personalmente. El gesto lo pinta de cuerpo entero.

Un enigma en la historiografía es por qué en Tucumán y Salta no se presentó como jefe de las fuerzas españolas José Manuel Goyeneche, a quien la Junta Central de Sevilla y el virrey del Perú, Fernando de Abacal, el marqués de la Concordia, le habían encomendado el comando. Esto significó el ocaso de Goyeneche, quien había sido nombrado marqués de Guaquí o Huaqui, por su resonante triunfo ante las fuerzas patriotas. Claramente el virrey Abascal consideraba que Tristán no debía haber sido el jefe español para la ocasión.

Debe recordarse que luego del triunfo de Salta, Belgrano ofreció un baile al que fue invitado Tristán, con quien había sido condiscípulo en la Universidad de Salamanca y tenían una relación cordial. Tristán aceptó gustoso participar del convite. Al día siguiente hubo un Te Deum en San Francisco, porque en la vieja iglesia matriz ubicada en la intersección de las actuales calles Mitre y Caseros era uno de los sitios donde se había combatido con denuedo y todavía quedaban cuerpos insepultos y ese 21 de febrero Belgrano personalmente bautizó como Victoria a la actual calle España, que inexplicablemente mudó su nombre a principios del siglo XX. Belgrano, además, declinó el mando gubernativo de la provincia y designó a Esteban Gascón como gobernador intendente interino.

Dos personalidades tan opuestas, tuvieron dos destinos abismalmente diferentes.

Para la historia Belgrano quedó como un prócer que encarnó valores cívicos profundos y ejemplares, el desprendimiento material más la abnegada aceptación de cualquier sacrificio que le demandara la causa de la Patria; por el contrario Tristán fue recordado como un perjuro, codicioso, de desmedida ambición política y económica, que le permitió ser un tránsfuga de un bando a otro sin ruborizarse.

Dos facetas opuestas, dos personalidades distintas, pero por sobre todo dos imágenes que permiten elegir cuál debe ser el camino para que, como dice una de las derogadas estrofas del Himno Nacional, se levante "a la faz de la tierra una nueva y gloriosa Nación".

Abel Cornejo es autor del libro "Jefes sitiadores, quienes fueron los españoles que invadieron Salta.

 

 

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