Los ministros de Educación de la Nación, Nicolás Trotta, y de Salta, Matías Cánepa, anunciaron que “no habrá promoción automática”. Es decir, que los chicos no pasarán de grado si no aprendieron lo que tenían que aprender. Lo que no está tan claro es cómo será la evaluación y qué criterios van a aplicar para llevarla adelante. Y cómo tomarán las decisiones que haya que tomar.

Por lo pronto, las clases terminarán en diciembre, como se había establecido el año pasado, antes de la pandemia. Pero hubo pandemia, hubo pánico y hubo cuarentena. El hecho educativo está alterado. Hace cinco años, el exministro Alberto Sileoni sostenía que “si los chicos fracasan con las pruebas Pisa, hay que cambiar las pruebas”. Esa actitud de poner los caballos delante del carro es “cultural”. Y aunque todos los argentinos nos creemos defensores a ultranza de la escuela pública, frecuentemente olvidamos cómo nació el sistema: Domingo Faustino Sarmiento ordenó en 1869 el primer censo de población de nuestro país. Como era un intelectual, lo primero que hizo fue leerlo e interpretarlo: el 80% de los dos millones de habitantes eran analfabetos. Entonces, estableció la educación pública, laica, gratuita y obligatoria. Y creó las escuelas de formación docente.

El censo es una evaluación. Hoy es imprescindible diseñar una batería de evaluaciones a desarrollar entre septiembre y diciembre, virtuales y presenciales, en todas las escuelas, para conocer los efectos de una cuarentena que generará una brecha, seguramente, enorme.

Hace unas semanas los especialistas del Ielde (UNSa) habían advertido que, a nivel nacional, hay un 5% de niños fuera del sistema educativo; un 21% que asiste regularmente a la escuela pero no tiene acceso a internet. Y el 25% de los que están conectados, tienen padres que no terminaron el secundario.

En Salta, el Ministerio de Educación de la Nación estimó que el 60% de los hogares no cuenta con ese servicio.

En educación no tiene sentido suponer, sino que hay que manejarse con los hechos. Hay que evaluar a cada uno de los chicos, a cada grado y a cada escuela sin presupuestos. Y sin querer quedar bien con nadie. 

Los docentes hicieron un esfuerzo formidable para adaptarse a un sistema que permitió mantener viva la actividad escolar. Pero nadie hace milagros y los resultados solo van a conocerse con pruebas. No todos se adaptan de la misma manera al nuevo sistema, ni maestros ni alumnos, y queda claro que los padres no pueden reemplazar al docente. Las dificultades ponen en riesgo la formación de una generación y las soluciones no podrán ser uniformes. Es imprescindible definir un plan de recuperación de conocimientos y destrezas, con objetivos muy precisos para el corto, mediano y largo plazo, y evitar que, educativamente, este sea un año perdido.

La cuarentena abrió las puertas a la educación virtual, y también dejó en claro que la escuela es irreemplazable.

De todos modos, si la Provincia se atreviera a sacudir su atraso tecnológico, la educación a distancia permitiría que un estudiante que, eventualmente, deba faltar, pueda participar de la clase desde su casa o que las escuelas de las áreas rurales puedan tener acceso periódico a cursos o conferencias de docentes universitarios, por ejemplo.

La cuarentena es también una buena oportunidad para repensar la vieja deuda del Estado en materia de jerarquización del rol docente y de la formación profesional que debe brindar la escuela.

Como en muchas otras cosas, es la oportunidad de cambiar el “disco rígido”.

Sarmiento, en su juventud, había sido maestro en una escuela rural de San Luis, pero ya presidente no se sintió dueño de “la receta mágica”. Hizo un censo nacional, para evaluar la realidad, y trajo maestras de los Estados Unidos, porque consideró que eran las más preparadas para poner en marcha un sistema nuevo.

Un ejemplo práctico.

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