Todas las encuestas de opinión pública describen fuertes señales de pesimismo entre los argentinos. Y todos los datos económicos y sociales indican una decadencia traducida en el crecimiento geométrico de la pobreza, el atraso tecnológico y la falta de competitividad de nuestra economía, el decrecimiento del nivel educativo y la degradación del empleo.
Las interpretaciones de este fenómeno son múltiples, debatibles, y ninguna definitiva. El resultado es unívoco: caminamos por la cornisa casi sin darnos cuenta. 
Este es el contexto, hay sorpresas tragicómicas. Fernanda Vallejos, una economista y diputada nacional que suele brindarlas con frases desconcertantes. 
En enero había acuñado un dogma memorable: “Tenemos la maldición de exportar alimentos”. Aunque hay mucha bibliografía que cuestiona la dependencia argentina de la exportación de materias primas, ningún experto de los que aún creen en la conveniencia de cerrar la economía salió a justificarla. 
Deplorar la única fuente de ingresos genuina y constructiva de que dispone desde hace varias décadas el país es demasiado aventurado.
Pero ahora redobló la apuesta. La semana pasada el Congreso incrementó un 40% los sueldos y dietas de empleados y legisladores. Cabe suponer que ya lo tenían calculado, porque en el Presupuesto 2021 el Poder Legislativo se había aumentado los recursos el 53%, de $26.321 millones de a $40.273 millones para este año. Solo para gastos en personal están previstos $33.838 millones. Es decir, ni los que redactaron el Presupuesto creían en la inflación proyectada del 29%. Concretamente, se trata de un aumento sustancial del gasto político en un país que mantiene por debajo de la inflación la evolución de sueldos y jubilaciones. Es decir un gasto que merecería explicaciones democráticas.
 Fernanda Vallejos dijo que “como país, da vergüenza”, pero no el aumento de dietas en medio de la crisis desoladora, sino que “un CEO de una empresa gane más que un representante de la voluntad popular”. Y conjeturó que “si los sueldos de los políticos se equipararan más con los de la sociedad, muchos oportunistas buscarían otro trabajo y dejarían la política a quienes tienen ideales”.
Los sofismas y las falacias no dan lugar a debates edificantes. Solo cabría acotar que, si un CEO maneja mal a la empresa, lo echan. Y que la condición de “representante del pueblo” no pega con el alineamiento automático de los diputados al jefe político”.
 La visión económica de Vallejos, que coincide con la de Axel Kicillof y Paula Español, (y con la práctica del advenedizo Amado Boudou) tiene resultados para ofrecer: en 2015 el informe oficial dejó constancia de que, luego de la “década ganada” esas políticas dejaron un déficit fiscal de 6,8% del PBI. En cuatro años, el gasto público se había duplicado en relación con el PBI. Según el economista Héctor Giuliano, entre 2003 y 2015 la deuda pública (interna y externa) subió de US$ 152.600 millones a US$ 260.000 millones, en cabeza del Estado central. Es decir, sin contar las deudas provinciales. Y, aunque el Indec estaba adulterado, la pobreza real había crecido al 30%.
El escenario se repite, y no solo por la pandemia. La deuda contraída con los bancos para absorber la emisión monetaria, estima Roberto Cachanosky, “devenga intereses por $1,6 billones, y la contraída por la administración central con el Fondo devenga intereses equivalentes en pesos por $134.358 millones anuales”. En abril Argentina acumulaba en un cuatrimestre una inflación de 17,6%, solo superada por el Líbano, 26,6% y el “petroestado fallido”, Venezuela 183,8%. 
¿Qué ocurriría si un CEO de los que envidia la diputada Vallejo presentara un balance similar a la compañía?
“Democracia” supone decidir en base a un conjunto de elementos que permitan al ciudadano vislumbrar un futuro mejor para sí y para su familia. La política se maneja con criterios escénicos. Los resultados están a la vista.
 En 2010, en la celebración del Bicentenario, la entonces presidenta Cristina Fernández dijo: “Estamos mucho mejor que en 1910”. 
Y, sí, el mundo, en muchas cosas, está mejor. Pero hace cien años, en economía, en educación y en expectativas nos medíamos con Europa. Ahora nos medimos con Africa.
 

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