Inflación en modo inconsciente

Continuando con las incoherencias de los argentinos, procuraré concentrarme en analizar las torpezas cometidas con el flagelo crónico de la inflación, que se relaciona directamente -aunque no solo- con la macroeconomía, la expansión monetaria y el gasto público. Los estragos de la depreciación del peso son palpables, con la consiguiente pérdida del poder adquisitivo de los salarios, jubilaciones, demás remuneraciones, ahorros y aumento de costos de productos, insumos, bienes y servicios, etc. Tanto, como la enorme dificultad para protegerse y evitar sus consecuencias dañinas al bolsillo y al patrimonio.

Problema no comprendido

Por eso, es alarmante que no hayamos podido encontrarle una solución eficaz y duradera a la alta inflación, como casi todos los países del mundo, que con mayor o menor dificultad, han logrado controlarla. Pero aún peor es que, a pesar de las malísimas experiencias vividas con el fenómeno, con el desangre que ocasiona, casi nada hayamos aprendido de sus causas y efectos, no tengamos conciencia colectiva de sus consecuencias devastadoras, y pretendamos subestimarla o encontrarle explicaciones extravagantes para su subsistencia en índices inconcebibles.

Por demagogia, cinismo, o la conveniencia de lo políticamente correcto, ni siquiera somos capaces de reconocer unánimemente la evidencia incontrastable de que afecta en mayor medida a los más vulnerables y de menores recursos. La incoherencia habitual cruelmente nos lleva a una desconexión con la realidad y a un discurso que contradice la verdad. Se proclama a los cuatro vientos que el gobierno y el estado protegen a los débiles y necesitados, cuando su actuación va en sentido contrario.

Observación propia

Bajo mi óptica, el problema es esencialmente de política monetaria. El papel moneda en sí mismo carece de valor sin respaldo ni confiabilidad. La masa monetaria debe guardar necesaria proporción con los bienes y servicios producidos que hay en el mercado. Es obvio: si una economía relativamente pequeña (por ejemplo, la uruguaya) tiene en circulación la cantidad de dinero de una economía grande (en el caso, la brasileña), el dinero va a sobrar, o a la inversa, faltar para el intercambio comercial. En aquél caso, la sobreabundancia de moneda le quita valor; los bienes que se deseen adquirir se vuelven cada vez más costosos.

La gente se desprenderá rápidamente de ese billete que se deprecia para refugiarse en bienes con valor inmanente (oro, plata) o en una moneda fuerte (dólar, euro), que conservan mejor su valía y poder de compra. Los argentinos no necesitamos que nos lo cuenten; sabemos que sus pesos pueden ser recibidos a regañadientes no más allá de los pasos fronterizos. Para viajar a las capitales de los países vecinos, es indispensable llevar dólares o la moneda de ese país. Ni qué hablar de los estados más alejados.

Los bancos centrales emiten la moneda y controlan el circulante, pero no pueden hacerlo caprichosamente. Cuando el Estado gasta más de lo que ingresa, el déficit se debe financiar con endeudamiento o con emisión monetaria, pero si ponen en circulación más billetes de lo que la economía necesita para funcionar, se descontrola la inflación. Además, la inflación tiene otros componentes, como la expectativa y la desconfianza. Cómo no reconocer que la economía es una ciencia social, ligada inescindiblemente al comportamiento huma no.

El comerciante, que no puede renovar el stock porque su proveedor ahora le cobra más, pierde capital. No pueden permitir que se repita, y entonces, por temor a la ruina, sube los precios.

Otros actúan por reflejo e instinto de supervivencia. No creo que sea justo señalarlos como culpables. En Argentina hay una "cultura inflacionaria". A mayor aceleración de la inflación, mayor desconfianza en la moneda y su valor futuro, y se generaliza la paranoia.

La visión del gobierno

Para los gobernantes, la cuestión pareciera pasar por otro lado. El macrismo subestimó la inflación, y para el kircherismo, ya fue un problema grave a fines del 2015. Basta recordar la inexistencia de reservas en el BCRA y la deuda en dólar futuro para llegar a las elecciones.

En la actual gestión, la posición no varía mucho entre los portavoces más políticos y los más técnicos, con opiniones más racionales y otras más radicalizadas. Repiten que la inflación es un fenómeno multicausal, que no depende solo del Estado, que hay una responsabilidad colectiva, y ya va ir bajando gradualmente cuando la economía se recupere. La consabida búsqueda del culpable en el otro: los formadores de precios, los valores de los commodities, los especuladores...

No hay un problema estructural de los países de la región. Esa justificación quedó desmentida por estados vecinos que tienen baja inflación, y la experiencia de años del valor de la soja por las nubes. Pero, por aquella concepción no se combaten las reales causas de la inflación, sino sus efectos: cepo cambiario, prohibición de exportar carne, precios cuidados, alquileres, congelamiento de tarifas, etcétera.

Más datos y otras voces

Según Roberto Cachanoski, en diciembre de 2019 había aproximadamente 250 millones de billetes de

$1.000 en circulación.

Por estos días, esa cantidad creció a 1.000 millones. Cuatro veces más en menos de dos años. Con esa cantidad (el billete de más alta denominación), en aquel entonces se podían comprar US$15, y en julio de 2021 solo US$ 5,60 (al valor del dólar libre). Casi un tercio. No es preciso explorar causas rebuscadas o sofisticadas de la inflación con estos indicadores tan claros.
Por su parte, el economista Álvarez Agis, exviceministro de Kicilloff, alertó que a este ritmo vamos a empapelar las paredes con los billetes de mil pesos. Recientemente, desde Suiza, un funcionario del Departamento de Economía y Moneda del Banco de Ajustes Internacionales (BIS) citó a la Argentina como paradigma de los estragos que hace la inflación entre los pobres. Se refirió a los efectos de la política monetaria sobre la desigualdad y aludió al caso de nuestro país como un perfecto mal ejemplo. Hace poco en un panel del programa “Informal talks” de la TV china, Brian González (30 años, bonaerense) dio cuenta de la insólita suba de precios en el país, asombrando a todos los presentes por la desconfianza en el peso devaluado. 
Futuro poco auspicioso 
Según auguran especialistas, la estrepitosa derrota oficialista en las PASO casi seguramente provocará una aceleración de la inflación. Los resultados y las expectativas para noviembre, leídos incorrecta y demagógicamente, llevaría a reincidir en errores conocidos. Podría recurrirse a la solución facilista de aumentar el gasto y el déficit, sin cuidar la emisión y las reservas (incluidas las remesas del FMI por la pandemia), con intención de revertir en poco tiempo un desenlace que, con el agravante de la crisis política en la coalición gobernante, parece inevitable. Ya no hay solo desconfianza en la moneda sino también en la toma de decisiones en materia de política económica. Un cortoplacismo irracional y el provecho mezquino y electoralista de una fracción, prevalecerían un vez más sobre la estabilidad a mediano y largo plazo, a los supremos intereses de la nación, y a las necesidades impostergables de los más vulnerables. No hay un árbol que tapa el bosque. Nos escondemos detrás de un muro para ocultar esa realidad que no queremos ver. 

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