Diciembre, a la hora de la siesta, cerca del Trópico, hace un siglo

Agobiante, abrasador, impiadoso sol. Tres de la tarde en pleno mes de diciembre y la cuadrilla de obreros se mueve de un lado al otro, lentamente. Son 50 hombres que con palas y picos abren la picada por donde otra cuadrilla debe colocar los caños del oleoducto.
La quietud de la siesta, rota solo por el graznido de alguna charata o el paso lento y cancino de algún aborigen que mira con curiosidad a esos criollos que descansan bajo la raída sombra de un algarrobo.
Chaco salteño, Hickman bajo el sol, quietud sin un atisbo de brisa que alivie aunque sea un poco esos hombres sudorosos. 
De pronto uno de los obreros trajo la novedad; cerca había una pequeña cañada que se resistía a dejar sin agua a los animales que a esa altura del año ya mueren de sed. Miguel y otro compañero se acercaron; en la cañada había marcas de pisadas de vacas y algunas moscas revoloteaban sobre la poca humedad que quedaba.
Miguel tomó un jarrito de aluminio que siempre llevaba colgado de la cintura y el pañuelo con el que se secaba de a ratos la transpiración del rostro. Metió el jarrito dentro del barro y lo envolvió con su pañuelo. Se los llevó a la boca y comenzó a chupar con fuerzas, casi con desesperación el poco líquido de sabor amargo pero que aún así aliviaba la sed.
La cuadrilla había trabajado todo el día y desde el alba. El ingeniero que dirigía la obra había mandado temprano a buscar el agua en un camión tanque desde el kilómetro 90 como en esos años se conocía a General Mosconi.

Esperar hasta la noche

Pero por alguna razón el camión se retrasó mucho más de lo previsto, por lo que las horas pasaron y el agua demoraba en llegar. Recién a la noche vieron arribar al viejo camión; algunos hombres se abalanzaron con desesperación pero fue el propio jefe de la cuadrilla que les pidió, casi les ordenó que se calmaran; los hizo formar y de a poco les fue dando un sorbo de agua a cada uno. Cuando la fila se terminaba, vuelta a empezar hasta que esos hombres rudos, fuertes, curtidos por el sol saciaron su sed.

Marcas que duran para siempre

Pasaron muchos años pero Miguel nunca olvidó esa experiencia porque, sin dudas, lo marcó para siempre.
Con 92 años cumplidos don Miguel Gareca traía consigo esos recuerdos que por alguna misteriosa y maravillosa razón llegan fáciles, con detalles, nombres, fechas y lugares a la memoria de los ancianos. 
El muchacho había nacido en 1913 en Campo Durán, uno de los primeros lugares poblados del norte de Salta que atraía a quienes quisieran permanecer viviendo modestamente en ese lugar cercano al límite con Bolivia por la bondad de sus pasturas y el río Caraparí.
Su familia era muy numerosa pero quedó huérfano cuando aún no había aprendido a caminar. Lo criaron sus hermanas mayores y cuando fue un niño se vino a Tartagal a una casita de madera ubicada sobre lo que hoy es la calle Rivadavia, cerca de la plaza principal.
Allí vivía cuando, siendo un muchachito, se casó con Onoria Valdivia, una joven oriunda del Chaco salteño. 
Miguel, como tartagalense que fue, se merece todo el reconocimiento porque fue uno de los hombres que conoció al pueblo de Tartagal desde sus inicios. Porque fue él con un grupo de obreros de aquel entonces los que colocaron los durmientes que sostenían las rieles del ferrocarril.

El ferrocarril

Por el costado de las vías corría una acequia y allí Onoria, la que sería su futura esposa, se sentaba a vender vasos de aloja, esa bebida elaborada a base de algarroba que refrescaba a los obreros que salían de trabajar esas ardientes jornadas tan propias del norte.
Miguel, según lo recordaba, trabajaba bajo las órdenes de los ingenieros Mora y Masariego que dirigieron las obras de construcción del ferrocarril Belgrano que con los rieles llegó primero hasta Tartagal y años más tarde a Yacuiba. 
Los obreros, entre los que él mismo se encontraba, formaban cuadrillas de 50 hombres que construyeron los puentes sobre los arroyo Cuña Muerta, Zanja Honda y Tobantirenda. El anciano solía recordar que en la playa de la estación Manuela Pedraza se apilaban los durmientes cortos -que se colocaban entre las vías- y los largos para los tramos que correspondían a los cambios de las vías y que alcanzaban los dos metros de largo. 
 

Trabajó en cuanto edificio importante hay en Tartagal

Pero al tiempo el trabajo se terminó y Miguel se fue a la Standard Oil Company para trabajar abriendo las picadas hasta los pozos del yacimiento Lomitas. Logró la confianza de los jefes -todos ellos extranjeros- como aquel al que todos los obreros lo llamaban “Mister”.
Miguel era el encargado de cuidar, dar de comer y ensillar la mula que al Mister lo llevaba por los sinuosos caminos del yacimiento; en las tardes el Mister le advertía: “Me voy a Tartagal” en un español que poco se entendía y que despertaba alguna risa disimulada de los obreros.
Tiempo más tarde a Miguel lo ocuparon para moler las piedras -picapedrero- con los combos de hierro. La paga era buena pero el trabajo era muy duro y además debía soportar los mosquitos que no les daban tregua. Aquellos muchachos -era un grupo numeroso- trabajaban en un amplio predio al lado del río Tartagal que primero perteneció a la Standard, que con los años pasó a ser la casa donde vivió Pedro José Roffini, el fundador de Tartagal y donde finalmente se construyó el Colegio Santa Catalina de Bolonia.
No hay edificio importante de Tartagal en el que Miguel no haya trabajado como ayudante de albañil. La construcción de los colegios Santa Catalina y San Francisco lo tuvo en la dotación de obreros que eran dirigidos por el constructor italiano Juan Antonio Gerometta. También trabajó construyendo y colocando las locetas de las veredas de la plaza San Martín y de la sacristía de la Iglesia La Purísima de Tartagal.
Pero un día se cansó de la albañilería, decidió cambiar de actividad y se dedicó a vender verduras. Comenzó con la reventa y con el tiempo compró un campito de dos hectáreas, junto al arroyo Cuña Muerta.
 

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