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El gavilán que puso a prueba nuestra convivencia con la naturaleza

Por Enrique Derlindati, doctor en Biología.
Lunes, 19 de octubre de 2026 07:22

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Un gavilán que nidificaba en pleno centro de Salta terminó capturado y separado de sus pichones. El episodio expone una pregunta incómoda: ¿nos interesa convivir con la naturaleza o solamente la toleramos cuando queda bonita y no interfiere con nuestra vida cotidiana?

Una constante entre los seres humanos es pretender poner límites. Sobre todo, límites arbitrarios. Toleramos la vida silvestre siempre y cuando ocupe su lugar. A pesar de toda la información y el conocimiento que tenemos sobre la importancia de los ecosistemas para nuestra forma de vida, seguimos pretendiendo que lo silvestre esté allá y nosotros, acá.

Queremos que la naturaleza esté en otro lugar, cuando en realidad son nuestras ciudades, pueblos, industrias y campos los que se expanden sobre sistemas naturales preexistentes.

Ante esta transformación, algunas especies desaparecen, otras se desplazan y otras logran adaptarse. Y es precisamente cuando se adaptan y comienzan a compartir nuestros espacios cuando parecen molestarnos. Entonces, con frecuencia, intentamos eliminarlas o desplazarlas, incluso sin haber evaluado suficientemente la necesidad, la eficacia y las consecuencias de esas intervenciones.

Tomemos como ejemplo el gavilán (Rupornis magnirostris) que hizo su nido en la esquina de Belgrano y Brown, en la ciudad de Salta.

Según trascendió, el ave habría «atacado» a un transeúnte, quien denunció el hecho. Las autoridades, con el argumento de resguardar la seguridad ciudadana, capturaron al ejemplar y lo trasladaron a la Estación de Fauna Nativa de la Secretaría de Ambiente de la provincia. La intervención fue presentada como un rescate, seguido de una eventual liberación en una reserva.

Sin embargo, según la información proporcionada por los organismos intervinientes, el ave fue capturada durante el período de nidificación y trasladada a otro sitio. Los pichones murieron y el adulto fue liberado en un lugar del que no se brindaron precisiones ni información sobre un seguimiento posterior.

La captura de un ave durante la reproducción requiere una evaluación técnica específica, porque la separación de los adultos puede comprometer la supervivencia de los pichones. Antes de intervenir, deberían considerarse alternativas que permitan reducir los riesgos para las personas sin poner en peligro la nidada.

Para muchos, esto puede parecer trivial o anecdótico. Sin embargo, el episodio expone una cadena de decisiones cuyas consecuencias merecen ser examinadas.

En primer lugar, había alternativas de manejo que debían evaluarse antes de capturar al animal. Por ejemplo, restringir temporalmente el paso por el sector de la vereda donde se encontraba el nido y señalizar el área para evitar acercamientos. Si las condiciones lo permitían, una medida sencilla y de bajo costo podría haber reducido el riesgo para los transeúntes sin separar al adulto de sus pichones. Cruzar la calle para evitar el área del nido podía ser una solución mucho más razonable que retirar un ejemplar reproductivo.

En segundo lugar, parece no haberse considerado suficientemente el valor ecológico de la biodiversidad local. Las rapaces cumplen funciones importantes en los ecosistemas urbanos y pueden contribuir a regular poblaciones de pequeños vertebrados, entre ellos, roedores y algunas aves. Estos procesos ecológicos pueden generar beneficios para la sociedad sin requerir una intervención humana permanente. La presencia de un gavilán no es, por sí misma, un problema: también forma parte de la biodiversidad que sostiene la vida en la ciudad.

En tercer lugar, el traslado de fauna silvestre no debería ser la respuesta automática ante un conflicto urbano. Implica costos económicos y puede generar riesgos para los animales, especialmente si no se evalúan las características del ejemplar, su estado reproductivo, las condiciones del sitio de liberación y las posibilidades de seguimiento.

La evidencia científica muestra que la supervivencia durante la rehabilitación y después de la liberación depende de múltiples factores, entre ellos, la especie, las causas del ingreso al centro de atención, las intervenciones realizadas y las características del lugar de liberación. Una revisión sistemática de 112 trabajos sobre mamíferos y aves encontró que las causas de ingreso y la gravedad de las lesiones influían en las probabilidades de supervivencia, y destacó la necesidad de protocolos específicos para cada especie y contexto (Cope et al., 2022). En el caso de estudio, el 45% de los ejemplares murió. Esto no significa que todo traslado fracase, sino que ninguna captura o liberación debería considerarse exitosa sin criterios adecuados de evaluación.

Finalmente, cabe preguntarse: ¿con qué criterios decidimos qué especies pueden habitar nuestras ciudades y cuáles no? ¿Lo hacemos sobre la base de evidencia científica y una evaluación de riesgos, o simplemente porque su presencia nos incomoda?

La planificación del territorio es fundamental para construir una convivencia posible entre las personas y los demás seres vivos. Pero esa planificación debe apoyarse en datos, evaluaciones empíricas y criterios técnicos, no en caprichos ni prejuicios. Cuando surge un conflicto, la respuesta debería ser proporcional al riesgo real, priorizando las medidas preventivas y las alternativas menos perjudiciales para la fauna.

Como sociedad, necesitamos entender que habitamos ambientes que nos sostienen tanto a nosotros como a los animales y las plantas. Esa diversidad biológica contribuye a mantener los procesos ecológicos de los que depende nuestra calidad de vida, incluidos aquellos que pueden influir en la regulación de especies capaces de transmitir enfermedades. No podemos vivir en ambientes completamente estériles: además de ser una pretensión inviable, desconocería nuestra propia dependencia de la naturaleza.

La manera en que tratamos a las especies que comparten nuestras ciudades también habla de nuestra capacidad para convivir con lo diferente. Si no somos capaces de buscar una solución razonable ante un gavilán que defiende su nido, ¿qué podemos esperar de nuestra relación con las demás formas de vida?

Hace poco leí una reflexión que resume este problema: toleramos la naturaleza siempre y cuando no se le ocurra descansar, alimentarse o reproducirse en «nuestro espacio».

Pero ese espacio no es exclusivamente nuestro. Es un espacio compartido. Tal vez el verdadero desafío no sea conseguir que la naturaleza se mantenga a distancia, sino aprender a convivir con ella. Cuando lo entendamos, no solo seremos mejores vecinos de las demás especies: también habremos construido ciudades más habitables para nosotros mismos.

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