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Del meme al ecosistema: lo que no entendemos sobre burros, hipopótamos y biodiversidad

Por Enrique Derlindati, doctor en Biología
Martes, 21 de abril de 2026 07:13

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En las últimas semanas, dos animales muy distintos lograron algo en común: volverse virales. Los burros lo hicieron en Argentina, al ingresar inesperadamente al debate gastronómico gourmet. Los hipopótamos, en Colombia, tras la decisión de aplicar eutanasia a parte de una población invasora. Contextos diferentes, geografías distintas, historias separadas. Sin embargo, la reacción social fue sorprendentemente similar.

En ambos casos, la conversación pública terminó siendo una mezcla caótica en la que se confundieron especies domésticas, silvestres, exóticas e invasoras; donde se mezclaron argumentos de bienestar animal con el sentimentalismo de las redes sociales; y donde, sobre todo, quedó en evidencia algo más profundo: una alarmante desconexión con nuestra identidad natural y con el funcionamiento básico de los ecosistemas.

Empecemos por los burros

El burro (Equus asinus) pertenece al mismo género que los caballos. Es una especie domesticada, originaria del norte de Africa, donde comenzó a criarse hace unos 7.000 años para transportar cargas en sociedades nómades del Sahara. Su relación con los humanos es antigua, íntima y profundamente cultural. Como cualquier animal doméstico, su manejo, crianza y eventual aprovechamiento forman parte de sistemas productivos que las sociedades han desarrollado durante milenios.

Sin embargo, cuando se viralizó la noticia de la comercialización de carne de burro, los comentarios en redes sociales mostraron una confusión sorprendente. Frases como “es lo mismo que comer guanaco, llama o ciervo” o “después del burro viene el guanaco” se repitieron una y otra vez. Este tipo de comparaciones revela algo preocupante: la creciente dificultad para distinguir entre animales domésticos y fauna silvestre. No se trata de una discusión gastronómica o cultural, sino de algo más elemental. Los animales domésticos forman parte de sistemas productivos controlados por los humanos. La fauna silvestre, en cambio, integra ecosistemas complejos donde cada especie cumple funciones ecológicas específicas. Su manejo no responde a criterios productivos, sino a estrategias de conservación y equilibrio ambiental.

La diferencia parece obvia, pero en la conversación pública cada vez lo es menos.

Mientras este debate ocurría en Argentina, en Colombia se desarrollaba otro, mucho más complejo y con consecuencias ecológicas mucho más serias.

Los protagonistas: los hipopótamos del Nilo (Hippopotamus amphibius). Estos gigantes herbívoros, originarios de los ríos africanos, pueden superar los 4.000 o 5.000 kilos y cumplen un rol fundamental como ingenieros ecológicos en los ecosistemas donde evolucionaron. Allí coexisten con grandes depredadores, como los leones, y forman parte de redes ecológicas que han tardado millones de años en estructurarse.

Pero en Colombia no llegaron por procesos naturales. Llegaron por los delirios de grandeza de Pablo Emilio Escobar Gaviria, quien en la década de 1980 introdujo algunos ejemplares en su hacienda Nápoles como parte de su zoológico privado.

De aquellos pocos animales surgió una población que hoy ronda los 200 individuos y que continúa expandiéndose por ríos, humedales y zonas rurales del departamento de Santander. Sin depredadores naturales y con condiciones ambientales favorables, los hipopótamos se han convertido en una especie invasora con impactos cada vez más evidentes: alteración de ecosistemas acuáticos, conflictos con poblaciones humanas y riesgos directos para las personas.

Ante esta situación, equipos científicos y autoridades ambientales recomendaron aplicar medidas de control poblacional, incluyendo la eutanasia de algunos individuos. La reacción fue inmediata: campañas de indignación en redes sociales, insultos a los profesionales involucrados y una defensa apasionada de los hipopótamos en nombre del bienestar animal.

Lo paradójico es que muchas de estas voces que hoy defienden a hipopótamos exóticos rara vez se expresan cuando desaparecen especies nativas.

Este contraste revela una tendencia cada vez más común: la romantización e infantilización de ciertos animales carismáticos —muchas veces popularizados por películas, dibujos animados o contenido viral— mientras que las especies locales permanecen invisibles.

Los hipopótamos son “tiernos”. Los burros son “simpáticos”. Los ciervos, los visones o los jabalíes aparecen en cuentos infantiles o en videos generados por inteligencia artificial. Mientras tanto, el guanaco, la corzuela o la comadreja quedan relegados a la categoría de “bichos del monte”. Animales sin marketing. Animales sin fandom. Pero estos animales sostienen ecosistemas enteros.

Impactos ecológicos y económicos

Esta desconexión tiene consecuencias reales. Las especies invasoras generan impactos ecológicos y económicos enormes. Solo en Argentina, durante 2024, se estimaron pérdidas cercanas a los 5.000 millones de dólares asociadas a daños provocados por especies exóticas invasoras.

Los animales no son personajes de caricatura ni mascotas globales. Son organismos que evolucionaron en contextos ecológicos específicos y que cumplen funciones dentro de sistemas naturales complejos. Cuando los trasladamos fuera de esos contextos, los resultados suelen ser impredecibles y, la mayoría de las veces, negativos.

Lo que está en juego, en última instancia, no es una discusión sobre burros o hipopótamos. Es algo más profundo: nuestra relación con la naturaleza. Cuando una sociedad deja de reconocer sus especies nativas, cuando confunde ecosistemas con escenarios de película, cuando toma decisiones ambientales guiadas por memes y no por conocimiento, algo fundamental se está perdiendo. Se está perdiendo identidad.

Tal vez sea momento de mirar hacia la raíz del problema. Los medios de comunicación tienen responsabilidad, sin duda. Pero la discusión más urgente ocurre en otro lugar: en las aulas.

Necesitamos que los ejemplos educativos, los casos de estudio y los contenidos escolares vuelvan a estar anclados en la realidad local. Que los niños aprendan primero sobre los animales de sus montañas, de sus ríos y de sus bosques. Que puedan reconocer un guanaco o una corzuela con la misma facilidad con la que identifican un león o un elefante.

América del Sur alberga una de las biodiversidades más extraordinarias del planeta: desde animales que viven a más de 5.000 metros de altura hasta especies adaptadas a selvas tropicales, desiertos y pantanos. Esa riqueza no es solo un patrimonio biológico: es parte de nuestra identidad cultural.

Pero una identidad que no se conoce difícilmente se defienda. Ya hemos perdido demasiadas especies únicas como para seguir mirando hacia otro lado. Tal vez sea hora de volver a aprender quiénes somos en términos ecológicos. Tal vez sea hora de reconstruir nuestra identidad natural. Y eso empieza, simplemente, por volver a mirar a los animales que siempre estuvieron aquí.

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