Entre cerros que parecen pintados y el vientos que bajan desde las montañas, hay un sonido que en Molinos nunca dejó de marcar el tiempo, el de las campanas de la iglesia San Pedro Nolasco. Desde hace generaciones, ese eco atraviesa las calles empedradas y las casas de adobe.
A fines de mayo, ese llamado tendrá un motivo especial ya que el pueblo entero se prepara para celebrar los 200 años de la designación formal de su parroquia, un aniversario que promete convertirse en una de las fiestas más importantes de los últimos tiempos para esta comunidad de los Valles Calchaquíes. Durante tres jornadas, el 29, 30 y 31 de mayo, habrá celebraciones religiosas, encuentros culturales, ferias y momentos de profunda emoción alrededor de un templo que es patrimonio arquitectónico y que forma parte de la identidad de todos los salteños.
Pero para entender por qué esta celebración es tan especial, hay que mirar atrás en el tiempo. Mucho antes de que Molinos fuera oficialmente un pueblo, antes incluso de sus calles y de la plaza, ya existía una construcción que ordenaba la vida del valle. La historia se remonta a 1659, cuando esas tierras fueron entregadas como encomienda a Diego Diez Gómez. Décadas después, el lugar quedó ligado a una de las familias más influyentes de la región, los Isasmendi. Fue entonces cuando comenzó a levantarse el templo que hoy sigue en pie.
Quienes llegan por primera vez a Molinos suelen sorprenderse por un detalle que no pasa desapercibido, la iglesia no está frente a la plaza principal, como ocurre en tantos pueblos del norte. Aquí la historia fue distinta. Primero existió el templo y después el pueblo. El caserío fue creciendo a su alrededor, como si la comunidad hubiera elegido vivir bajo la protección de sus paredes gruesas de adobe y techos de cardón.
La parroquia recibió formalmente ese estatus en 1826. Hasta entonces había dependido de San Carlos, funcionando como capilla. Con el paso al rango parroquial llegaron también los registros propios de bautismos, casamientos y una organización religiosa más autónoma, algo que transformó la vida de toda la región. Hoy, la jurisdicción parroquial abarca Molinos, Seclantás y unas 20 capillas distribuidas en distintos parajes de la zona.
El padre Lucas, actual responsable de la parroquia, suele decir que el templo tiene más de 300 años, pero que el bicentenario celebra la consolidación de una comunidad de fe que atravesó gobiernos, crisis, generaciones y cambios de época sin perder sus raíces.
La iglesia, además, es una joya arquitectónica que fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1942. Aún conserva un marcado estilo cuzqueño, con sus torres coronadas por cúpulas semiesféricas, gruesos muros de adobe y una estética colonial.
En las últimas semanas, se realizaron tareas de mantenimiento en el edificio para llegar a las celebraciones en óptimas condiciones.
Molinos, nominado por la ONU
Por otra parte, vale recordar que el municipio de Molinos fue postulado al programa internacional “Best Tourism Villages” (Mejores Pueblos Turísticos) de la ONU Turismo, una iniciativa que distingue a pueblos rurales de todo el mundo por su capacidad para preservar la cultura, las tradiciones y la identidad local, al tiempo que promueven un modelo de turismo sostenible y de desarrollo comunitario.
La candidatura representa un importante paso para este emblemático destino de los Valles Calchaquíes, reconocido por su riqueza patrimonial, sus paisajes, vinos de altura y la autenticidad de sus costumbres. La postulación se impulsa desde la Secretaría de Turismo y Cultura local, en articulación con el Ministerio de Turismo y Deportes de la Provincia, como parte de una estrategia orientada a fortalecer la visibilidad de Molinos a nivel nacional e internacional.
Esta nominación permite proyectar al pueblo como uno de los destinos más representativos del norte argentino, con una propuesta basada en el turismo responsable, el respeto por la identidad cultural y el desarrollo local.