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Apagar el celular por un rato, cocinar sin mirar el reloj, sentarse al sol con una taza de café, conversar después de comer y permitirse una siesta sin culpa. Lo que durante años pareció una escena reservada para las abuelas, hoy se convirtió en una tendencia viral entre jóvenes que buscan una respuesta al agotamiento de la vida moderna. El fenómeno se llama Nonna Maxxing y tiene como inspiración el estilo de vida de las abuelas italianas.
La palabra “nonna”, que en italiano significa abuela, se convirtió en el centro de una nueva filosofía cotidiana que crece en TikTok e Instagram. Lejos de proponer una estética perfecta o una rutina imposible, el Nonna Maxxing invita a imitar algunos hábitos asociados con las mujeres mayores del sur de Italia: cocinar con ingredientes simples, pasar más tiempo en casa, cuidar las plantas, caminar, descansar, recibir a la familia y recuperar el valor de las pequeñas cosas.
La tendencia aparece como una reacción frente a la cultura de la productividad extrema. Durante años, las redes sociales instalaron modelos de éxito ligados a levantarse temprano, trabajar sin pausa, entrenar fuerte, emprender, estudiar, producir contenido y estar siempre disponible. Frente a ese mandato de rendimiento permanente, muchos jóvenes comenzaron a mirar hacia otro lado: hacia una vida más lenta, más doméstica y más parecida a la de sus abuelas.
El Nonna Maxxing no plantea abandonar la vida moderna ni renunciar a los proyectos personales. Más bien propone tomar distancia de la urgencia constante. En lugar de medir cada paso, cada caloría o cada minuto de productividad, la idea es volver a una rutina más humana: cocinar sin apuro, comer sentado, compartir la mesa, ordenar la casa sin obsesión, descansar cuando el cuerpo lo pide y dejar que el día tenga espacios sin pantalla.
La tendencia tomó fuerza después de que la marca canadiense Tallow Twins difundiera un manifiesto bajo la consigna de vivir “un verano nonna”. La propuesta invitaba a adoptar hábitos sencillos: usar ingredientes naturales, cocinar en casa, sonreír a desconocidos, reducir el tiempo frente al teléfono y reconectar con una vida más pausada. A partir de allí, las redes comenzaron a llenarse de videos con hornos encendidos, platos caseros, balcones con plantas, manteles floreados y vajilla heredada.
Pero el fenómeno no se agota en lo visual. Aunque muchos contenidos muestran una estética marcada por cocinas antiguas, muebles de madera, fotos familiares y objetos con historia, el corazón del Nonna Maxxing está en el ritmo. Se trata de desacelerar. De recuperar una forma de estar en el mundo que no dependa todo el tiempo de la notificación, el calendario, la exigencia o la comparación.
En las publicaciones que circulan bajo el hashtag #nonnamaxxing aparecen escenas muy distintas a las que dominaron durante años las redes sociales. No hay escritorios impecables, agendas cargadas ni rutinas de alto rendimiento. Hay ollas al fuego, café servido en tazas grandes, panes recién horneados, plantas regadas a mano, tejidos, sobremesas y ventanas abiertas. La casa deja de ser un decorado minimalista y vuelve a ser un espacio vivido.
Esa es una de las claves de la tendencia. El Nonna Maxxing reivindica hogares con personalidad, lejos de la perfección de catálogo. Muebles que no combinan entre sí, manteles con arrugas, libros acumulados, cuadros familiares, vajilla antigua y objetos heredados se convierten en parte de una estética que celebra la memoria. En lugar de esconder las marcas del tiempo, las muestra como prueba de vida.
La Generación Z, que creció con el celular en la mano, parece encontrar en esta imagen de la abuela italiana una respuesta emocional a su propio cansancio. La figura de la nonna funciona como símbolo de refugio: alguien que cocina, espera, escucha, cuida y mantiene viva la idea de comunidad. En un contexto atravesado por la ansiedad, la hiperconexión y la soledad urbana, esa imagen se volvió especialmente poderosa.
También hay una paradoja evidente: quienes promueven desconectarse de las pantallas lo hacen desde las propias pantallas. Influencers y creadores de contenido convierten la pausa en video, la sobremesa en tendencia y la vida lenta en una etiqueta viral. Sin embargo, esa contradicción no impidió que el mensaje se expandiera. Para muchos usuarios, las redes funcionaron como una puerta de entrada a una pregunta más profunda: ¿qué pasaría si vivir mejor no significara hacer más, sino hacer menos y con más presencia?
El interés por esta forma de vida también se vincula con las llamadas zonas azules, concepto desarrollado por el escritor e investigador estadounidense Dan Buettner, quien trabajó durante años con National Geographic estudiando comunidades donde sus habitantes viven más que el promedio. Según sus investigaciones, existen cinco lugares en el mundo donde muchas personas superan los 90 años y mantienen una buena calidad de vida: Barbagia, en Cerdeña; Okinawa, en Japón; la península de Nicoya, en Costa Rica; la isla de Icaria, en Grecia; y Loma Linda, en California.
Cerdeña ocupa un lugar central dentro del imaginario del Nonna Maxxing. En esa isla italiana, especialmente en la región de Barbagia, Buettner observó comunidades donde los adultos mayores continúan activos, conservan un rol importante dentro de la familia y participan de la vida social. Muchos trabajaron durante años como pastores o agricultores, caminaron largas distancias y mantuvieron una alimentación basada en productos locales.
La dieta sarda, de acuerdo con los estudios difundidos sobre las zonas azules, incluye alimentos simples y de origen cercano: panes tradicionales, cebada, legumbres, verduras de huerta, hinojo, infusiones y productos derivados de cabra. Pero el secreto no estaría únicamente en lo que se come, sino también en cómo se vive. La actividad física no aparece como una obligación de gimnasio, sino como parte natural del día: caminar, trabajar la tierra, subir pendientes, moverse sin convertirlo todo en entrenamiento.
Algo similar ocurre en Okinawa, Japón, otro de los lugares estudiados por Buettner. Allí se destacan hábitos como la alimentación basada en vegetales, pescados y productos de la isla, además de la importancia de los vínculos comunitarios. Entre los principios más mencionados aparecen el ikigai, entendido como propósito de vida; los moais, redes de apoyo y amistad; y el hara hachi bu, una práctica alimentaria que propone comer hasta sentirse satisfecho, pero no lleno en exceso.
En la península de Nicoya, en Costa Rica, la longevidad se asocia con una vida vinculada a la naturaleza, el trabajo físico, los lazos familiares y una dieta rica en frutas tropicales, maíz, legumbres y calabaza. En Icaria, Grecia, la alimentación mediterránea, las caminatas diarias y una vida social activa forman parte de la rutina. En Loma Linda, California, la comunidad estudiada mantiene hábitos ligados a la fe, la alimentación vegetariana, el consumo de agua, frutas, verduras, legumbres, granos integrales y nueces, además de evitar el tabaco y el alcohol.
Aunque cada zona azul tiene sus particularidades, los patrones se repiten: alimentación simple, movimiento cotidiano, descanso, sentido de pertenencia, redes afectivas y propósito. Esos elementos explican por qué el Nonna Maxxing logró conectar con una generación cansada de los mandatos de eficiencia. En el fondo, la tendencia no habla solo de Italia ni de abuelas; habla de una necesidad global de volver a lo básico.
El fenómeno también se sostiene sobre una crítica silenciosa al consumo permanente. A diferencia de otras modas que empujan a comprar ropa, accesorios o productos específicos, el Nonna Maxxing propone mirar lo que ya existe: una receta familiar, una olla usada, una planta, una manta tejida, una charla pendiente. Su promesa de bienestar no depende tanto de adquirir algo nuevo, sino de cambiar la relación con el tiempo.
Eso no significa que la tendencia esté libre de contradicciones. Como toda moda viral, puede ser absorbida rápidamente por el mercado. Lo que empezó como una invitación a cocinar en casa y desconectarse puede terminar convertido en una estética vendible: delantales, vajilla, libros de recetas, decoración rústica y productos “naturales” promocionados por influencers. Sin embargo, aun con ese riesgo, el éxito del fenómeno revela una incomodidad real.
La pregunta de fondo es por qué tantos jóvenes encuentran atractivo vivir como una abuela italiana. La respuesta parece estar en el cansancio. Cansancio de producir, de mostrarse, de correr, de responder mensajes, de optimizar cada aspecto de la vida. Frente a eso, la imagen de la nonna ofrece lo contrario: una vida con pausas, con rituales, con comida caliente y con tiempo para los demás.
En ese sentido, el Nonna Maxxing puede leerse como una forma amable de resistencia. No propone una revolución estridente, sino una desaceleración cotidiana. Cocinar una salsa durante horas, caminar sin auriculares, dejar el celular en otra habitación, invitar a alguien a comer, tomar café al sol o dormir la siesta después del almuerzo se convierten en gestos pequeños, pero cargados de sentido.
Puede que la etiqueta pierda fuerza cuando aparezca la próxima tendencia viral. Las redes siempre avanzan rápido y lo que hoy parece novedoso mañana puede ser reemplazado por otro concepto. Pero el malestar que empujó al Nonna Maxxing difícilmente desaparezca de un día para el otro. La búsqueda de descanso, pertenencia y bienestar sigue ahí.
Por eso, más que una moda pasajera, el fenómeno puede entenderse como un síntoma de época. Una generación criada entre pantallas, urgencias y exigencias encontró en las abuelas italianas una lección inesperada: la vida no siempre mejora cuando se acelera. A veces, lo más moderno es volver a cocinar sin prisa, sentarse a la mesa sin mirar el reloj y recordar que descansar también es una forma de cuidarse.