Hay símbolos que no necesitan hacer tanto ruido para quedar impreso en la memoria de un pueblo. El Diablito del Cabildo es uno de ellos. Está ahí arriba, un poco fuera de foco de la mirada cotidiana. Se trata de veleta de hierro que corona la torre de uno de los edificios más emblemáticos de los alrededores de la plaza 9 de Julio y que, desde hace 229 años, juguetea con el viento sin abandonar jamás su oficio de centinela.
No es un demonio, aunque así lo haya nombrado la voz popular. Su figura representa a un paje colonial (niño o joven que participa de eventos importantes), modelado en hierro y chapa. Pero el pueblo, que suele ser más dueño de los símbolos que los documentos, lo convirtió en “el Diablito”. Con ese nombre quedó para siempre en las postales antiguas, en los relatos de los más veteranos y hasta en la televisión.
Los memoriosos todavía recuerdan que el Diablito formó parte de la placa de inicio de transmisión de LW82 Canal 11 de Salta, allá por los años 70, cuando la tele era en blanco y negro. La veleta aparecía como señal de identidad, como una manera de decir que la televisión local empezaba mirando hacia su propia historia. No era un adorno cualquiera, era Salta misma, puesta en lo alto.
La veleta –según los historiadores- fue colocada en 1797, cuando el Cabildo incorporó una torre de estilo toscano destinada a albergar el reloj público que había sido retirado de la antigua iglesia de la Compañía de Jesús. Desde entonces, el pequeño personaje de hierro quedó unido al perfil del edificio, que hoy es considerado el Cabildo mejor conservado de la Argentina.
Su paso por Luján y su regreso
A comienzos del siglo XX, por la falta de mantenimiento, el “Diablito” se cayó de la torre. Poco después, en 1915, cuando el Cabildo fue vendido a particulares, la pieza emprendió un largo viaje hasta Buenos Aires y terminó exhibida en el Museo de Luján. Allí permaneció durante años, lejos del cielo salteño, como un desterrado de hierro.
Recién alrededor de 1945, en el marco de la restauración del Cabildo y de su reconocimiento como Monumento Histórico Nacional, el “Diablito” volvió a ocupar su sitio original. Su regreso representó sin duda la recuperación de una parte importante de la memoria urbana. En Luján quedó una réplica, una suerte de gemelo bonaerense que todavía recuerda aquel paso del Diablito salteño por tierras lejanas.
Ese duplicado se encuentra en lo alto del Museo del Transporte de Luján, una institución creada en 1940 e integrada al Complejo Museográfico Provincial Enrique Udaondo. Fue el primer museo de transportes de América del Sur y funciona en un edificio de estilo neocolonial, rodeado de espacios verdes y grandes pabellones. Allí se conservan piezas de enorme valor histórico, como una carroza presidencial, el avión Plus Ultra, la locomotora La Porteña, el yate Vito Dumas, la berlina de Juan Manuel de Rosas y la sopanda del general Manuel Belgrano.
Un año después del regreso de la veleta a Salta, en 1946, el escritor Ernesto M. Aráoz -abuelo de Mini Aráoz- le dedicó un libro, al que tituló “El Diablito del Cabildo”. En esas páginas, Aráoz imaginó un diálogo entre un periodista y la figura de hierro, como si el viejo centinela pudiera abrir los ojos, hablar y contar todo lo que había visto desde la torre, procesiones, guerras, silencios, pregones, mudanzas, lluvias y generaciones enteras cruzando la plaza.
Tal vez por eso el “Diablito” es una pieza ornamental y la memoria de los salteños clavada en el viento. Un testigo que fue y volvió a su provincia, un pequeño paje colonial al que Salta le cambió el nombre y lo convirtió en leyenda. Mientras su gemelo mira desde Luján, el original continúa arriba del Cabildo, firme frente a la plaza 9 de Julio, como si todavía tuviera algo más para contarnos.