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Urkupiña, la “Mamita” que cada 15 de agosto vuelve a reunir a miles de fieles

La celebración de la Virgen de Urkupiña transforma cada 15 de agosto a Quillacollo, en Bolivia, en uno de los grandes centros de devoción mariana de la región. Detrás de la multitud, los pañuelos blancos y las promesas permanece viva una historia nacida hace más de dos siglos entre una niña pastora y una aparición en las colinas de Cota.

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Cada 15 de agosto, Quillacollo cambia su ritmo. La ciudad ubicada a unos 14 kilómetros de Cochabamba se llena de peregrinos, oraciones, pañuelos blancos y pequeñas imágenes que avanzan entre la multitud acompañando a la Virgen de Urkupiña. Para muchos simplemente es la “Mamita”, una forma sencilla y afectuosa de nombrar a quien consideran protectora, compañera y destinataria de innumerables promesas.

Este sábado, la imagen volvió a recorrer las calles en una procesión marcada por la fe. Autoridades religiosas y municipales acompañaron la celebración junto a cientos de feligreses que siguieron su paso expresando agradecimientos y pedidos. Familias enteras volvieron a encontrarse alrededor de una devoción que atravesó generaciones y que convirtió a Urkupiña en uno de los símbolos religiosos más profundos de Bolivia.

Pero detrás de la multitudinaria celebración sobrevive una historia mucho más íntima. Una historia que, según la tradición, comenzó a fines del siglo XVIII, en tiempos de la colonia, con una humilde familia campesina de la comarca de Cota, al sudoeste de Quillacollo.

La hija menor de aquella familia era la encargada de cuidar un pequeño rebaño de ovejas. Todos los días atravesaba el río Sapinku y llevaba los animales hacia las colinas, donde encontraba agua y abundante pasto.

Fue allí, durante un luminoso día de agosto, donde habría ocurrido el encuentro que cambiaría para siempre la historia de aquel lugar.

La pequeña contó que una hermosa mujer se le había aparecido llevando un niño entre sus brazos. La mujer hablaba con ella en quechua y, según el relato transmitido de generación en generación, la pastorcita incluso jugaba con aquel niño cerca de las vertientes de agua que brotaban entre las rocas.

Los encuentros comenzaron a repetirse. La niña regresaba cada vez más tarde a su casa y sus padres, intrigados por las demoras, le preguntaron qué ocurría. Fue entonces cuando ella les habló de la “Mamita y el niño”.

Al principio resultaba difícil creerle. Sus padres comenzaron a acompañarla para intentar comprobar aquello que la pequeña relataba. Finalmente, junto al sacerdote de la zona y vecinos del lugar, se dirigieron hacia las colinas.

Según la tradición, cuando la Virgen advirtió la presencia de las personas comenzó a subir hacia el cerro. La niña, al verla alejarse, señaló hacia lo alto y gritó en quechua: “Jaqaypiña urqupiña, urqupiña”, expresión que ha sido interpretada como “ya está en el cerro”.

De aquellas palabras surgiría el nombre que atravesó los siglos: Urkupiña.

La imagen desapareció en lo alto, entre la vegetación del cerro, pero quienes acompañaban a la pequeña aseguraron haber contemplado aquella visión. La noticia se extendió rápidamente entre los habitantes de la zona y comenzó así una devoción que no dejaría de crecer.

Con el paso de los años se levantó una capilla en aquel lugar y la imagen de la Virgen fue trasladada al templo matriz de Quillacollo. Desde entonces, peregrinos provenientes de distintos puntos de Bolivia y también de otros países de Sudamérica llegan para venerarla.

Hoy es reconocida como la Patrona de la Integración Nacional de Bolivia.

Más de dos siglos después, la escena vuelve a repetirse de otra manera. Ya no es solamente una niña caminando entre ovejas por una colina. Son familias, peregrinos y devotos avanzando por las calles de Quillacollo detrás de una imagen que para ellos representa esperanza.

Algunos llegan para agradecer. Otros llevan pedidos guardados durante meses. Muchos regresan para cumplir una promesa. Y mientras la Virgen avanza entre pañuelos blancos y oraciones, permanece intacta aquella palabra sencilla con la que comenzó todo: “Mamita”.

Porque para sus fieles Urkupiña no es solamente una celebración del calendario. Es una historia que se transmite de padres a hijos, una promesa que vuelve cada agosto y una fe que, generación tras generación, sigue subiendo hacia aquel cerro.

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