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Hay escenas que cualquier persona que conviva con varios ha visto alguna vez. Uno de ellos se acerca lentamente al otro, comienza a lamerle la cabeza o el cuello y todo parece una demostración de confianza y cariño. Sin embargo, unos segundos después, el ambiente cambia: aparece un mordisco, un manotazo o simplemente uno de los dos se levanta y abandona el lugar. ¿Qué acaba de ocurrir?
Durante décadas, el llamado acicalamiento social ha interpretado como una de las pruebas más claras de una buena relación entre gatos. Era la imagen de dos animales reforzando sus vínculos, compartiendo olores y fortaleciendo la cohesión del grupo. Pero una nueva investigación acaba de demostrar que la realidad es mucho más compleja y que, en ocasiones, esos lametones esconden un mensaje completamente distinto.
El trabajo, publicado en la revista Applied Animal Behaviour Science, no pretende decir que los gatos sean manipuladores ni desmontar por completo la idea de que el acicalamiento es una muestra de afecto. Lo que hace es algo mucho más interesante: demostrar que un mismo comportamiento puede tener significados distintos dependiendo del contexto en el que aparece.
En otras palabras, igual que una persona puede dar una palmada en la espalda para felicitar a alguien o para empujarlo suavemente a apartarse, los gatos también parecen utilizar el mismo gesto con intenciones diferentes. Comprender esa diferencia cambia la forma de interpretar muchas de las interacciones que observamos cada día en casa.
La investigación, liderada por Morgane J.R. Van Belle junto a un equipo de la Universidad de Gante y otras instituciones europeas, nació precisamente de una observación cotidiana. Tal y como revela el estudio, la investigadora comenzó a sospechar que algo no encajaba cuando vio que uno de sus propios gatos lamía repetidamente a otro que descansaba junto a una ventana. Poco después aparecían pequeños mordiscos y el gato que ocupaba el sitio acababa marchándose, dejando libre el lugar favorito para tomar el sol. A partir de esa sencilla escena surgió una pregunta mucho más amplia: ¿y si los gatos no siempre se acicalan por amistad?
Mucho más que una muestra de afecto
Para responder a esa cuestión, los investigadores recurrieron a una estrategia poco habitual: analizar el comportamiento de gatos en sus propios hogares. En lugar de estudiar colonias callejeras o animales de laboratorio, pidieron a propietarios de viviendas con dos gatos que grabaran escenas espontáneas de convivencia.
Finalmente reunieron vídeos procedentes de 53 hogares, lo que permitió analizar las interacciones de 106 gatos adultos utilizando un detallado etograma de 23 comportamientos distintos. No se limitaron a contar cuántas veces un gato lamía a otro. También estudiaron qué ocurría antes, durante y después de cada episodio, la postura corporal de ambos animales, la posición de las orejas, los movimientos de la cola e incluso pequeños gestos asociados al estrés.
Ese enfoque permitió reconstruir la conversación silenciosa que mantienen los gatos mediante su lenguaje corporal.
Uno de los primeros resultados llamó inmediatamente la atención. Los gatos no distribuyen el acicalamiento social igual que el acicalamiento que realizan sobre sí mismos.
Cuando un gato se limpia solo dedica gran parte del tiempo al torso, las patas o la cola, zonas que realmente necesitan higiene. Sin embargo, cuando lame a otro gato concentra la inmensa mayoría de los lametones en la cabeza, el cuello y las orejas.
Este detalle ya sugería que el objetivo del comportamiento no era simplemente limpiar al compañero. Si la función fuera exclusivamente higiénica, lo lógico sería que alcanzaran precisamente aquellas partes del cuerpo que el otro gato tiene más difícil limpiar por sí mismo. Sin embargo, eso apenas ocurre.
Dos conversaciones completamente distintas escondidas tras el mismo gesto
La parte más reveladora del estudio llegó cuando el equipo analizó el contexto completo de cada interacción. Tal y como indica la investigación, el acicalamiento apareció de forma repetida en dos escenarios completamente diferentes.
El primero coincide con la interpretación tradicional. Los gatos buscaban contacto físico, permanecían tumbados muy cerca uno del otro o adoptaban posturas prácticamente idénticas. En muchas ocasiones el acicalamiento iba seguido de juegos amistosos o de largos periodos descansando juntos. Todo apuntaba a que el comportamiento servía para reforzar el vínculo entre ambos animales.
Pero existía un segundo patrón que cambiaba por completo la interpretación.
En numerosas ocasiones el gato que iniciaba el acicalamiento permanecía de pie mientras el otro estaba tumbado o sentado, creando una postura claramente asimétrica. Poco después comenzaban a aparecer señales muy distintas.
Los investigadores registraron giros de las orejas hacia atrás, lamidos de labios, sacudidas de cabeza, arañazos detrás de las orejas, mordiscos e incluso golpes con las patas. Son comportamientos que los etólogos consideran indicadores de tensión o conflicto.
Lo interesante es que muchas veces la situación no terminaba en una pelea abierta. El gato que estaba siendo acicalado simplemente acababa levantándose y abandonando el lugar.
Es decir, el acicalamiento parecía funcionar como una forma de ejercer presión sin necesidad de iniciar una agresión directa.
Una manera elegante de evitar una pelea
Puede parecer una contradicción, pero precisamente ahí reside uno de los hallazgos más interesantes del trabajo. En la naturaleza, una pelea siempre implica riesgos. Incluso entre animales que conviven habitualmente, un enfrentamiento puede provocar heridas, estrés o deteriorar la relación social.
Por eso muchas especies han desarrollado señales que permiten resolver disputas antes de llegar a la agresión física. Los investigadores plantean que el acicalamiento puede formar parte precisamente de ese repertorio.
En lugar de lanzar un zarpazo para expulsar al otro de un lugar cómodo, un gato puede acercarse, comenzar a lamerle insistentemente el cuello o la cabeza y generar una situación incómoda que termine con el otro animal alejándose por iniciativa propia.
No significa que el lamido sea una agresión en sí misma, sino una herramienta de negociación social mucho más sutil.
La comparación puede recordar a ciertas situaciones humanas. Dos personas pueden mantener una conversación aparentemente cordial mientras una de ellas invade poco a poco el espacio personal de la otra hasta conseguir que termine apartándose. Desde fuera apenas parece haber conflicto, pero el mensaje resulta perfectamente comprensible para quien lo recibe.
Los gatos, según apunta este trabajo, podrían estar utilizando estrategias igualmente sofisticadas.
Lo importante no es el lametón, sino todo lo que ocurre alrededor
Uno de los mensajes más valiosos de la investigación es que ningún comportamiento debería interpretarse de forma aislada.
Durante años se asumió que ver a dos gatos lamiéndose mutuamente era suficiente para concluir que mantenían una excelente relación. Sin embargo, el estudio demuestra que esa conclusión puede resultar demasiado simplista.
Lo verdaderamente importante es observar el conjunto. ¿Los dos animales permanecen relajados y adoptan posturas similares? Probablemente estemos viendo una interacción amistosa.
¿Uno permanece erguido mientras el otro parece incómodo? ¿Las orejas se orientan hacia atrás? ¿Después aparecen mordiscos, manotazos o uno de los gatos abandona el lugar? En ese caso el significado puede ser completamente distinto.
Tal y como revela el trabajo, la sincronía corporal se convierte en una de las claves para interpretar correctamente la convivencia entre gatos.
Este hallazgo también tiene implicaciones prácticas para millones de hogares donde conviven varios felinos. Muchas situaciones de tensión crónica pasan desapercibidas porque nunca llegan a convertirse en peleas espectaculares. Sin embargo, pequeñas señales repetidas día tras día pueden indicar que la convivencia no es tan armoniosa como parece.
Comprender ese lenguaje silencioso permitirá identificar antes posibles problemas de estrés, mejorar la gestión del espacio dentro del hogar y favorecer relaciones más equilibradas entre los animales. Más allá de los gatos, la investigación también recuerda una lección aplicable a muchas especies, incluida la nuestra: los mismos gestos pueden transmitir mensajes completamente distintos según el contexto. Y entender ese contexto suele ser mucho más importante que fijarse únicamente en la acción.
Fuente Muy Interesante