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Curas párrocos que hicieron de Salta su parroquia y dejaron una huella

Hoy se celebra el Día del Cura Párroco, en coincidencia con la festividad de Santo Cura de Ars. La fecha invita a reconocer a quienes acompañaron a sus comunidades desde la fe, pero también desde la educación, la solidaridad y el compromiso con los más necesitados.
Martes, 04 de agosto de 2026 11:05

Hay hombres cuya historia permanece en una escuela, en un comedor, en una capilla levantada entre todos, en la memoria de un niño que recibió un plato de comida o en el recuerdo de una comunidad que encontró consuelo durante los momentos más difíciles.

Cada 4 de agosto, la Iglesia Católica celebra a San Juan María Vianney, conocido como el Santo Cura de Ars. En la Argentina, la fecha se convirtió también en el Día del Cura Párroco, una jornada destinada a reconocer a los sacerdotes que tienen la responsabilidad de conducir una parroquia, administrar los sacramentos y acompañar la vida cotidiana de sus comunidades.

Vianney nació en Francia en 1786 y murió el 4 de agosto de 1859. Fue reconocido por su humildad, su vida austera y las extensas jornadas que dedicaba a escuchar a quienes llegaban hasta su confesionario. Con el tiempo fue declarado patrono de los sacerdotes y párrocos, por haber entendido que el ministerio religioso comienza en la cercanía.

En Salta, donde la fe suele confundirse con la historia, la cultura y las costumbres de cada pueblo, fueron muchos los sacerdotes que siguieron ese camino. Algunos llegaron desde países lejanos. Otros nacieron en el norte argentino, pero todos ellos dejaron una obra que logró atravesar los límites de los templos.

Padre Roque Chielli

Uno de ellos fue el padre José Roque Chielli, un sacerdote franciscano nacido en Italia en 1911. Llegó a la Argentina cuando tenía 24 años y encontró su destino en el norte salteño, donde desarrolló una intensa tarea misionera junto a las comunidades originarias.

Chielli comprendió que la evangelización carecía de sentido si no estaba acompañada por herramientas concretas para mejorar la vida de las familias. Fue gestor del primer loteo de la Misión San Francisco, en Pichanal, e impulsó la creación de la Escuela Indígena Juan XXIII, el secundario Fray Mamerto Esquiú y la emisora FM Indígena Cheru. Su legado permanece unido a la comunidad ava guaraní y a una forma de ejercer el sacerdocio basada en la educación, la organización y el reconocimiento de la identidad cultural de los pueblos.

José Lally

También desde muy lejos llegó el padre José Lally, conocido afectuosamente como “Lalich”. Había nacido el 12 de febrero de 1924 en Superior, Wisconsin, Estados Unidos, y arribó a Salta en 1962 como integrante de la Compañía de Jesús. Su nombre quedó ligado para siempre a la parroquia San José Obrero, en el barrio San José. Allí impulsó la construcción del templo y una vasta obra comunitaria. Era un sacerdote cercano, que conocían a los vecinos, caminaba las calles y entendían que una parroquia debía permanecer abierta tanto para rezar como para ayudar.

Lally promovió el comedor infantil parroquial y fue uno de los pioneros de la Renovación Carismática Católica en Salta. Falleció en octubre de 1987. Sus restos descansan en San José Obrero junto a los del padre Juan Schak, otro religioso vinculado estrechamente con la comunidad.

Padre Bessone

En el Colegio Salesiano, generaciones recuerdan al padre Miguel Angel Bessone. Durante más de 35 años dedicó su vida a la educación y al acompañamiento de los jóvenes, especialmente durante las décadas de 1950, 1960 y 1970.

Bessone tenía una manera particular de enseñar, lo hacía con alegría. Organizaba partidos de fútbol en el patio del colegio y se subía a una tribuna improvisada, megáfono en mano, para relatar los encuentros como si se tratara de una final transmitida por radio para todo el país.

También acompañaba las funciones de cine infantil, compartía los recreos y estaba siempre cerca de los alumnos.

Padre Martearena

El padre Ernesto Martearena representó otra dimensión del compromiso sacerdotal. Había nacido en Jujuy en 1944, pero desarrolló en Salta una tarea social que lo convirtió en una de las figuras religiosas más queridas de la provincia.

Desde la parroquia de Fátima, dedicó su vida a los niños, los enfermos y las familias de bajos recursos. Creó ocho comedores escolares y comunitarios que llegaron a alimentar a más de dos mil personas. También abrió un centro de asistencia para niños con VIH y puso en marcha una granja destinada a acompañar a jóvenes que intentaban recuperarse de las adicciones.

Murió trágicamente el 8 de octubre de 2001, a los 57 años. La noticia provocó una profunda conmoción en la sociedad salteña. Su nombre quedó perpetuado en uno de los principales estadios de la provincia, aunque su verdadero homenaje sigue estando en cada comedor, hogar o espacio solidario que continúa trabajando por los más vulnerables.

Padre Moya

Otro sacerdote destacado fue monseñor Oscar Mario Moya, nacido en Salta el 29 de mayo de 1942. Estudió Teología en la Universidad Gregoriana de Roma y ocupó importantes responsabilidades dentro de la Arquidiócesis. Fue vicario episcopal para la Educación y la Cultura, presidió la Comisión Judicial de la Curia Eclesiástica e integró la comisión arquidiocesana que analizó pastoralmente las manifestaciones vinculadas con la Virgen del Cerro. Fue párroco de la iglesia del Tránsito, director del Seminario, vice-canciller de la Universidad Católica de Salta, además de mantener estrechos vínculos pastorales con instituciones educativas tradicionales como el Bachillerato Humanista Moderno.

En abril de 1980 fundó y firmó el decreto de creación de la parroquia Santa Lucía. Su trabajo estuvo marcado por la formación, el pensamiento y la construcción institucional. Fue distinguido por Juan Pablo II como Prelado de Honor. Falleció el 4 de marzo de 2019, luego de 38 años de labor pastoral.

Padre Chifri

El padre Sigfrido Maximiliano Moroder, conocido como Chifri, dejó una huella profunda en las comunidades de la Quebrada del Toro. Nacido en Buenos Aires en 1965, el sacerdote y misionero llegó a los cerros salteños en 1999 y dedicó gran parte de su vida a acompañar a familias que vivían en parajes aislados y con dificultades para acceder a servicios esenciales.

Desde la parroquia a su cargo, recorría alrededor de 25 comunidades distribuidas en la alta montaña. Para reducir los tiempos de traslado y alcanzar los sitios más inaccesibles, comenzó a utilizar un parapente y posteriormente, tras un serio accidente, un cuatriciclo, una particularidad que se convirtió en uno de los símbolos de su tarea pastoral y solidaria.

Entre sus principales obras se destacó la creación del colegio secundario albergue de montaña de El Alfarcito, destinado a evitar que los jóvenes tuvieran que abandonar sus hogares para continuar sus estudios. También impulsó invernaderos de altura, un centro artesanal, redes comunitarias y distintos proyectos productivos orientados a fortalecer el desarrollo económico y social de la zona. Su compromiso fue reconocido en 2010, cuando fue elegido como uno de los abanderados de la Argentina Solidaria. Falleció en 2011.

Estos nombres forman parte de una lista necesariamente incompleta, ya que en cada pueblo, barrio o paraje salteño existen historias de sacerdotes que acompañaron procesiones, bautizaron generaciones enteras, despidieron a los muertos, ayudaron a levantar escuelas, asistieron a enfermos o compartieron la mesa con quienes no tenían nada.

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