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Día del Inmigrante: Salta, la tierra que también fue construida por quienes llegaron de lejos

Desde fines del siglo XIX, miles de inmigrantes arribaron a la provincia con historias de esfuerzo, trabajo y la búsqueda de una nueva vida. Sus apellidos, oficios y costumbres quedaron incorporados para siempre en la identidad salteña.

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Cada 4 de septiembre, Argentina recuerda el Día del Inmigrante, una fecha propicia para mirar hacia atrás y conocer las historias de quienes cruzaron océanos y fronteras para empezar una nueva vida. En Salta, esa memoria tiene una marca particular, la de una provincia que, aunque mantuvo una fuerte identidad criolla y andina, también fue transformada por quienes llegaron desde otros lugares del mundo.

Un día como hoy de 1812 el primer Triunvirato firmó un decreto que decía “el gobierno ofrece su inmediata protección a los individuos de todas las naciones y a sus familias que deseen fijar su domicilio en el territorio”. De esta forma, Argentina abrió sus fronteras a los inmigrantes de cualquier parte del mundo que quisiesen vivir en este suelo. La Constitución de 1853 en su Prólogo, también hace referencia a "todos los habitantes del mundo que quieran habitar el suelo argentino". La llegada de los inmigrantes al país respondió a patrones mundiales de flujos de población.

A finales del siglo XIX, la ciudad comenzó a recibir nuevas corrientes migratorias. Españoles, italianos, franceses, árabes, judíos, sirios y libaneses llegaron con la esperanza de encontrar trabajo y oportunidades. Muchos desembarcaron primero en Buenos Aires y luego emprendieron un largo camino hacia el norte, hasta instalarse en una tierra que ofrecía posibilidades de crecimiento.

En 1889, Salta contaba con unos 142 mil habitantes y entre ellos había 2.835 europeos recientemente llegados. Aunque la cifra era menor en comparación con otras regiones del país, su impacto fue profundo. Aportaron mano de obra, trajeron nuevas formas de comercio, conocimientos técnicos, expresiones culturales y una mirada diferente sobre la vida urbana.

La ciudad que hoy conocemos conserva parte de aquella transformación. La arquitectura salteña, especialmente entre 1880 y 1930, recibió una fuerte influencia italiana. Edificios, iglesias y residencias incorporaron estilos que cambiaron la fisonomía de una ciudad que hasta entonces tenía una impronta principalmente colonial. La iglesia San Francisco, La Viña, La Merced y otros espacios históricos llevan también la huella de aquellos artistas, arquitectos y constructores que llegaron desde Europa.

Parte de estos antecedentes se encuentran documentados en trabajos académicos como “Itinerarios de la memoria: la permanencia de los italianos en Salta”, de Fulvia Gabriela Lisi y Alicia Tissera de Molina, presentado en el Primer Congreso Internacional “La cultura de la cultura en el Mercosur”. A estos aportes se suman investigaciones realizadas por historiadores salteños y publicaciones de referencia como el Portal de Salta y Edi Salta, que reúnen información sobre la presencia y el legado de la comunidad italiana en la provincia.

La inmigración también se expresó en las calles, en los comercios y en las nuevas costumbres que fueron incorporándose a la vida cotidiana. Entre esas historias –cuentan los estudiosos del pasado- aparece la de Antonio Ravizza, un italiano que introdujo en Salta la primera bicicleta en 1891, un vehículo que rápidamente despertó interés y años más tarde impulsó la creación de espacios vinculados al ciclismo. También está la figura de Fermín Delclaux, inmigrante francés que junto al argentino Ramón Barbarán impulsó en 1910 la llegada del primer colectivo de pasajeros a la ciudad.

Los árabes, sirios y libaneses, por su parte, llegaron desde fines del siglo XIX y principios del XX, muchos de ellos dedicados inicialmente a la venta ambulante y luego al comercio establecido en distintos puntos de la provincia.

Detrás de cada apellido extranjero hay una historia de sacrificio. Fueron personas que muchas veces llegaron con poco más que una valija, dejando atrás crisis económicas, guerras o la falta de oportunidades. Enfrentaron viajes difíciles, trabajos exigentes y también episodios de discriminación, pero lograron construir nuevas raíces y sumar sus tradiciones a una sociedad en crecimiento.

La historia de Salta también está en las recetas familiares que pasaron de generación en generación, en los edificios que forman parte del paisaje urbano, en los apellidos que se volvieron propios y en las costumbres que hoy parecen inseparables de la identidad provincial.

Por eso, el Día del Inmigrante es una oportunidad para entender que buena parte de lo que somos nació de encuentros entre culturas distintas. Salta, como la Argentina, también fue construida por quienes un día miraron hacia esta tierra y decidieron hacerla su hogar.

Las olas migratorias nunca se detuvieron

Con más de 42 comunidades que conviven en la ciudad, Salta se convirtió en un lugar buscado por los inmigrantes “que quieren habitar el suelo argentino”, como reza la Constitución Nacional.

Al gran aporte de los ciudadanos bolivianos se sumaron nuevas corrientes anteriormente ausentes como los inmigrantes argelinos, uruguayos, venezolanos, colombianos, ecuatorianos, japoneses, chinos o franceses.

Es que las olas inmigratorias que contribuyeron a formular la sociedad argentina en ningún momento se detuvieron. En la actualidad, esas corrientes de poblaciones adquirieron características diferentes, pero siguen aportando a nuestra sociedad que transita la primera mitad del siglo XXI.

En un mundo donde los discursos de odio parecen multiplicarse, hablar de inmigración es defender lo que somos, una mezcla viva de pueblos y costumbres. Celebrar el Día del Inmigrante es reafirmar la idea de que nadie sobra, de que todos tenemos un lugar.

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