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21 de Marzo,  Salta, Centro, Argentina
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El consuelo que trasciende el tiempo

El Requiem for Solace de Kim Arnesen abre la Temporada Artística 2026 de la UCASAL.
Sabado, 21 de marzo de 2026 16:05

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Hay obras que no sólo se escuchan sino que se atraviesan. El Requiem for Solace del compositor noruego Kim Arnesen (Trondheim, 1980) pertenece a esa categoría de obras que interpelan algo más profundo que el oído, que nos colocan, casi sin avisar, frente a las preguntas que solemos diferir. ¿Qué dejamos cuando nos vamos? ¿Qué queda de los que amamos cuando ya no están? La noche del viernes 20 de marzo pasado, la Basílica de San Francisco de Salta se convirtió en el espacio exacto que esa música necesitaba: piedra, silencio, historia, y una acústica que parecía diseñada (y ordenada) para que las voces humanas alcancen algo que roza lo sagrado.

El programa presentado por la Camerata UCASAL y el Coro UCASAL, bajo la dirección del maestro Jorge Lhez, recorre los ocho movimientos de esta singular obra que Arnesen estrenó en 2014 en la Catedral de Nidaros, la misma catedral que alberga el Coro de niños que el mismo Arnesen integró en su día. El Requiem de Arnesen, en lugar de dramatizar la muerte, la consuela. Esa es su apuesta más arriesgada y, a la vez, su mayor virtud. Frente a los titanes del género bien conocidos por el público, Arnesen elige el susurro, la ternura, la luz rasante. Incorpora al latín litúrgico un poema de Emily Dickinson (Not in Vain) y una antigua oración hebrea (We Remember Them), construyendo así un réquiem ecuménico que trasciende credos y habla en el idioma universal del duelo y la memoria.

El maestro Lhez condujo con una lucidez que evidencia un conocimiento profundo de las tensiones internas de la partitura. Supo administrar los equilibrios más delicados de la obra. La convivencia entre la exótica paleta de la percusión y la delicadeza casi frágil de las cuerdas. La transición entre el terror del Dies Irae y la ternura desarmante del Pie Jesu. Cada decisión musical comunicó al público una intención muy clara: el consuelo no es la ausencia del dolor, sino su transfiguración. 

El Coro UCASAL exhibió una suntuosidad de sonido apabullante. Hay en este coro una densidad tímbrica y una homogeneidad que lo ubican entre los conjuntos vocales más notables del país. Las texturas polifónicas respiraron con naturalidad, los pianos tuvieron la transparencia de un cristal y los momentos de plenitud sonora, particularmente en el Sanctus, llenaron la bóveda de la Basílica con una majestuosidad que produjo, en más de un oyente, ese estremecimiento involuntario que es señal inequívoca de que la música ha cumplido su misión.

Por su parte, la Camerata UCASAL, en mi opinión, la mejor orquesta de cámara del país en la actualidad, confirmó esa condición con una ejecución de refinamiento y cohesión notables. La trompeta solista de Rubén Albano merece una mención especial. Su participación fue sencillamente magnífica. Las líneas melódicas más exigentes fueron resueltas con brillo, toneladas de musicalidad y un control expresivo que convirtió cada intervención en un momento de vuelo verdadero. Algunos mínimos tropiezos técnicos, imperceptibles para cualquiera que no tuviera la partitura en la cabeza, quedaron completamente eclipsados por la sobrenatural intensidad emocional del conjunto.

Las solistas, la soprano Luciana Moruchi y la contralto Ivana Baigorria, aportaron cada una su propio color. Baigorria se mostró segura, con una proyección imponente que dialogó de igual a igual con el coro. Moruchi, en sus primeros pasos como solista, demostró una sensibilidad musical genuina y una voz de innegable potencial. Algún pasaje de afinación algo inestable fue el único recordatorio de que estamos ante una artista en franco camino ascendente, cuyo recorrido promete mucho.
La Basílica de San Francisco, colmada de un público que agradeció de pie, fue testigo de algo que Salta necesitaba recordar. La música puede ser, todavía, un lugar de encuentro con lo esencial. El maestro Lhez y sus intérpretes nos regalaron algo más que un concierto. Nos regalaron una experiencia que nos invita a preguntarnos a quiénes recordamos, cómo los recordamos, y si acaso vivir bien no es también, como quería Dickinson, no vivir en vano.

 

 

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