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El entorno familiar de Belgrano

Viernes, 20 de junio de 2025 01:06
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El 4 de noviembre de 1757, Don Domingo Cayetano Francisco Belgrano y Peri, de origen italiano, natural de Oneglia en la Liguria, caballero acaudalado, contrajo matrimonio en Buenos Aires con una joven criolla, nacida en Buenos Aires, María Josefa González Casero, cuyos orígenes familiares se remontaban a Santiago del Estero.

A los 19 años, en 1750, Domingo se traslada desde Oneglia a Cádiz, donde se dedica con éxito al comercio. A los beneficios mercantiles, se añade la herencia paterna que recibió, consolidando una sólida herencia. Durante nueve años se consagró a sus actividades comerciales en la península ibérica. Posteriormente resuelve trasladarse a Buenos Aires en compañía de Angelo Castelli y de otros compatriotas italianos, llegando a la ciudad a bordo del buque Polonia.

Lo impulsó el deseo de hacer fortuna propia y no ser, un simple empleado de sus parientes o compatriotas. Merced a las recomendaciones que trajo de España y el conocimiento y experiencia adquirida en el comercio gaditano, pudo hacerse un lugar en los centros comerciales de la ciudad.

El joven Domingo Belgrano y Peri, que arribó en 1759 se dedicó al entonces productivo comercio de los "cueros en pelo". La correspondencia familiar y comercial de Domingo Belgrano y Perí entre 1760, hasta fines de la década de 1780, nos devela a un próspero comerciante que mantiene fluidos contactos mercantiles no solo dentro del espacio virreinal, sino también fuera de él.

Además de la faceta de hombre de negocios, Don Domingo fue funcionario en el flamante Virreinato del Río de la Plata, ocupando los cargos de Contador de la Administración de Aduanas, Regidor del Cabildo, Síndico Procurador General y Teniente del Cuerpo Provincial de Caballería. Estas dignidades contribuyeron a consolidar su prestigio y a constituir una respetada familia, tan numerosa como calificada.

El matrimonio estableció su hogar en la entonces calle de Santo Domingo, actual Avenida Belgrano 430, a pocos metros del convento homónimo, de cuya Orden ambos esposos eran hermanos terciarios. Don Domingo integraba una ilustre familia, en cuyos antepasados se contaba con sacerdotes, militares, comerciantes, médicos y funcionarios.

Por la vía materna, los ascendientes de Manuel Belgrano pertenecían al "viejo solar español", gente de prestigio, jerarquía y virtudes católicas, por lo que ambas ramas, materna y paterna, resultaban honorables de larga data.

Del matrimonio de Don Domingo y de Doña María Josefa nacieron dieciséis hijos de los que sobrevivieron sólo doce. Sus nombres fueron: María Florencia (1760), Carlos Joseph (1761), Joseph Gregorio (1762), María Josefa Juana (1764), Bernardo Félix Joseph Servando (1765), María Josefa Anasthasia (1767), Domingo José Estanislao (1768), Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús (1770), Francisco José María (1771), Joaquín Cayetano Lorenzo (1773), María del Rosario (1775), Juana María (1776), Miguel José Félix (1777), María Ana Estanislada (1778), Juana Francisca Josefa Buenaventura (1779) y Agustín Leoncio Joseph (1781).

Los hermanos de Manuel Belgrano siguieron con honor las distintas carreras de las armas, del sacerdocio, de la magistratura y del comercio, alcanzando algunos de ellos, encumbrados cargo en la administración del Estado y en las Asambleas Legislativas. Domingo estudió en Córdoba graduándose de Doctor en Teología. Fue canónigo de la Catedral de Buenos Aires. Falleció el 4 de junio de 1826.

Joaquín ingresó en la Administración de la Aduana. Fue Ministro Honorario de la Real Hacienda. En la sesión de Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, votó por la cesación del Virrey Cisneros. En 1813 se desempeñó como Alcalde de primer voto y cinco años después, miembro del Tribuna del Consulado, en 1821 concejal y en 1825 diputado por San José de Flores, participando en los debates del Congreso General Constituyente de 1826. Falleció en 1848. Francisco fue Regidor en 1806 y en octubre de 1813, formó parte del Triunvirato como vocal suplente, en reemplazo de Nicolás Rodríguez Peña. En 1815, fue Alcalde de segundo voto. Falleció en 1833.

Don Manuel

El futuro creador de la insignia nacional, nació un 3 de junio de 1770, y fue bautizado al día siguiente en la Iglesia Catedral por el presbítero Juan Baltazar Maciel. Fueron sus padrinos su hermana mayor María Florencia y Julián Gregorio de Espinosa, bajo los nombres de Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús.

La desahogada y floreciente situación económica de los padres, proporcionó a los hijos una vida tranquila y placentera. La infancia y adolescencia transcurrieron en compañía de sus padres y hermanos, en la vieja casona familiar situada en el barrio de Santo Domingo, que era considerado el "barrio aristocrático por excelencia"

En la vecindad en la que creció Belgrano, vivían familias que fueron protagonistas de la historia nacional: allí estaban los De Luca, Sáenz, Agüero, Sarratea, López y Planes, Félix de Álzaga, Martínez de Hoz, Huergo, Senillosa, Izquierdo, Zapiola, Basavilvaso, Obligado, López Osornio, Arana, Díaz Vélez, Liniers, Pueyrredón, Rivadavia.

La correspondencia familiar nos devela a un padre protector y afectuoso preocupado por sus hijos, que no sólo les informa sobre los temas domésticos, sino que se ocupa de proveer los distintos pedidos que hacían los mismos, desde misales de España, medias, libros, ropas y hasta un violín, según la documentación epistolar.

Los padres de nuestro prócer tuvieron una alta consideración por el estudio de sus hijos, pero tampoco descuidaron los temas espirituales, ni el respeto a las normas morales. Podríamos afirmar que Manuel Belgrano contó con unos padres ejemplares y se educó en un hogar rodeado del profundo afecto de sus progenitores y hermanos.

De su linaje paterno heredó su inclinación intelectual y su amor por la cultura; por el materno, su profundo sentimental e instintivo apego a la tierra nativa a la que luego le entregaría su vida.

Su madre, como era costumbre, durante los primeros años, se ocupó personalmente, no sólo de la educación de Manuel, sino de la de todos sus hijos, inculcándoles a los niños los principios religiosos y morales que regían las costumbres de la época. Pero hay otra herencia de sus progenitores y es que los principios cristianos que aprendió en su infancia dejaron una profunda huella en su pensamiento y en su obrar.

Era costumbre de la familia reunirse, al atardecer, al oír el toque de oración, a la hora del Angelus junto a la servidumbre para rezar el Rosario. Era esta una piadosa costumbre que se siguió practicando durante muchos años tanto aquí, como en España.

Esta profunda educación en los principios de la Iglesia Católica Apostólica Romana, explica que, en los genes de Manuel Belgrano, bullían los más altos valores cristianos, y que, amalgamados a la moral y la ética convencional, hicieron de él el arquetipo, el maestro y guía nato de un pueblo que nacía por el influjo de su prédica y su acción, para proyectarse como una comunidad culta, fuerte y soberana.

Epílogo

Manuel Belgrano, profesional exitoso, hijo de un importante empresario, de sólida formación académica, un intelectual, pero sobre todo el hombre que supo entender las necesidades del tiempo en el que le tocó actuar, no trepidó en abandonar su espacio de confort, su vida de comodidades y se entregó a la titánica labor de perseguir nobles ideales, particularmente la libertad de una tierra que clamaba necesarias transformaciones.

Belgrano, un hombre que habitó un tiempo de encrucijada, en el que confrontaban las ideas que precipitaron las revoluciones burguesas, un vendaval que cruzó el océano colapsando el dominio hispano en tierras americanas, y llevando a fenecer un sistema de dependencia colonial para alumbrar una república, en la que la soberanía se transfiriera a los ciudadanos.

Comprender el tiempo en el que se vive, propiciar las transformaciones que la sociedad demanda, no anquilosar el pensamiento en viejos contenidos ideológicos, remover las vetustas estructuras institucionales, y entender que las sociedades son dinámicas y que por consiguiente las políticas públicas han de adecuarse a esos tiempos, forma parte de su bagaje de pensamiento y una de las facetas más interesantes de la personalidad de Manuel Belgrano.

De allí que, desde el bronce, a doscientos cinco años de su fallecimiento, el prócer sigue marcando el norte para cualquier persona que desee convertirse en estadista y formar parte de la dirigencia política. Porque además de la comprensión de los tiempos históricos, rara virtud, que no anida habitualmente en el establishment, añade una sólida formación de base ética, otro elemento fundamental para encauzar la agenda pública.

Manuel Belgrano consolida en su accionar la vieja norma de la Regla de San Benito: "Ora y labora", porque sólo en base a ética, trabajo y profunda fe, se construyen los cimientos sólidos de la Patria y el bienestar de sus ciudadanos.

 

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