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Casi todos los científicos extranjeros que visitaron o se establecieron en nuestras tierras tuvieron como objetivo principal el estudio del suelo, del subsuelo, la flora, la fauna, las aguas de ríos y vertientes; en fin, la gea y la biota.
Buscaban aprovechar los minerales, sembrar los campos, talar los bosques, introducir el ganado, desviar las aguas para regadío y todo aquello que tuviera que ver con la producción a partir de los reinos mineral, animal y vegetal.
A nadie le interesaba la bóveda celeste, salvo al clero como una metáfora religiosa de un paraíso en el más allá. Pero hubo una rara excepción y fue un viejo irlandés, profesor del antiguo Colegio Nacional, que con un telescopio del siglo XIX estuvo escudriñando los cielos de Salta y, para más datos, intercambiando correspondencia epistolar con el gran científico francés Camille Flammarion (1842-1925). Juan Carlos Dávalos (1887-1959) lo biografió como "Míster Meaney". La presente nota trata de este singular personaje quien, por iniciativa del legislador Dr. Roque Cornejo, fue reconocido post-mortem por la Cámara de Diputados de la Provincia de Salta (Expte. 91-53.572/25, Decreto N° 56; Salta, 26 de diciembre de 2025).
Una asignatura pendiente
La historia de la ciencia en Salta es todavía una asignatura pendiente. Pasos gigantescos se dieron a partir de la década de 1950 con la creación de los viejos embriones que luego serían la Universidad Nacional de Salta.
La Escuela Superior de Ciencias Naturales que fundara el profesor Amadeo Rodolfo Sirolli (1900-1981), pasó a convertirse en Facultad de Ciencias Naturales de Salta dependiente de la Universidad Nacional de Tucumán para finalmente cambiar en 1973 por la actual Universidad Nacional de Salta.
La figura del ingeniero Roberto Germán Ovejero (1931-2007) merece una mención especial en esa etapa formativa. Hoy Salta cuenta con un amplio espectro científico en muchas ramas de las ciencias exactas, físicas, químicas, naturales, humanísticas, de la salud, entre otras.
Científicos extranjeros o de otras provincias argentinas se han radicado en Salta y, viceversa, científicos salteños han migrado hacia otras latitudes. Salta cuenta con el lujo de haber tenido en su tierra al primer científico que realizó un estudio físico experimental de acuerdo con los cánones de la ciencia moderna y que fuera el famoso médico escocés Joseph Redhead (1763-1844), más conocido por su actuación al lado de Manuel Belgrano y de Martín Miguel de Güemes.
Redhead midió experimentalmente la dilatación del aire atmosférico y calculó las alturas del camino de postas entre Buenos Aires y Potosí, así como de numerosas montañas de la región andina para obtener una idea real de la fisiografía de un sector de los Andes Centrales del sur. Esas investigaciones contaron con el padrinazgo científico del gran sabio universal de la época, el alemán Alexander von Humboldt (1769-1859).
Otro científico que nos honró con su presencia fue el químico alemán Max Hermann Siewert (1843-1890) quién vino contratado a la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba y al cual Sarmiento convenció de que se viniera a Salta en lugar de regresar a su patria. Vivió entre nosotros en la década de 1870 y realizó investigaciones pioneras en el análisis químico de las aguas de los ríos provinciales, de fuentes termales, de petróleo, de minerales y de sustancias tintóreas naturales de la flora regional.
Sería ocioso tratar de listar a todos los hombres y mujeres que desde entonces hicieron aportes científicos individuales y aislados desde la mitad del siglo XIX a la segunda mitad del siglo XX. Esto requiere de un profundo estudio histórico multidisciplinario, valioso y necesario.
El Gringo Meaney
Escarbando en los pliegues de la historia aparece una figura que merece ser rescatada para ese inventario científico. Se trata, al parecer, del primer astrónomo que tuvo Salta; el irlandés Santiago E. Meaney (1852-1913). Meaney, que murió en nuestra ciudad a los 61 años, fue profesor del viejo Colegio Nacional al igual que el químico Max Siewert al cual nos referimos antes.
Su nombre se hubiese perdido irremediablemente si no se hubiese rescatado para la posteridad por Juan Carlos Dávalos primero y más tarde por Policarpo Romero y Carlos Gregorio Romero Sosa. Gracias a este último encontramos su escueta biografía en los diccionarios biográficos de Osvaldo Cutolo y de Abad de Santillán.
Lo cierto es que "Míster Meaney", o el "Gringo Meaney" como se lo conocía, llegó a Salta en la década de 1880 e ingresó como profesor de inglés en el Colegio Nacional que para entonces se encontraba en el antiguo convento de los mercedarios. Recordemos que antes de llamarse Colegio Nacional
de Salta, se llamó Colegio de la Independencia, Colegio de La Merced, Colegio de San José o Colegio del Padre Bailón, este último debido a la tarea que llevó a cabo el jesuita español José Agustín Bailón (1814-1872), para organizar los prácticamente inexistentes estudios de letras, ciencias y humanidades.
En diciembre de 1864, Bartolomé Mitre mandó a fundar el Colegio Nacional de Salta y en abril de 1865 nombró como rector y director al Dr. Juan Francisco Castro a quién lo acompañaban como profesores a cargo de todas las cátedras del programa, los eminentes salteños Benjamín A. Dávalos, Andrés de Ugarriza y Federico Ibarguren. El nivel de los profesores y la calidad de los estudios convierten al viejo Colegio Nacional en una especie de proto-universidad para la época.
En este ambiente llegó Meaney quién traía consigo una sólida formación en estudios literarios, matemáticos y astronómicos, según se deduce de quienes conocieron o tuvieron acceso a su epistolario. Meaney se dedicó a la docencia durante 30 años, hasta su muerte un 10 de julio de 1913. Si bien enseñaba inglés, su pasión era la astronomía y, se sabe, que mantenía fluida correspondencia con científicos ingleses, italianos y franceses. Entre ellos se destaca su vínculo con el mundialmente famoso astrónomo francés Camille Flammarion a quién le reportaba las observaciones astronómicas que realizaba desde Salta. Flammarion fue un gran popularizador de la astronomía y a él se deben unos 25 libros y una enciclopedia en nueve volúmenes titulada "Estudios y lecturas sobre la Astronomía".
Su primer libro "La Pluralidad de los Mundos Habitados" data de 1862 y el último, "La Muerte y su Misterio" de 1917. Se considera como su obra más conocida el libro "Astronomía Popular" (1880), que le valió numerosos premios. Por su labor en ciencia y divulgación fue condecorado como "Caballero de la Legión Francesa" en 1912, justo un año antes de la muerte de Meaney en Salta.
La mirada de Dávalos
Quién dejó las mejores pinceladas sobre el astrónomo irlandés radicado definitivamente en Salta fue nuestro gran escritor Juan Carlos Dávalos quién lo conoció y trató personalmente. Cuenta Dávalos en un capítulo de su libro "Los Buscadores de Oro" que Míster Meaney: "…vivía como un misántropo, encerrado en su casita de viudo solitario sin cocinera ni mucama y sin más compañía que un gato, un armónium y un telescopio. El gato significaba el aislamiento aristocrático; el armónium el fervor místico y el telescopio la actitud especulativa, la inquietud científica, la contemplación del infinito: cualidades que distinguen precisamente al sabio del troglodita". Luego hace resaltar: "…su memoria fenomenal y su versación enciclopédica…que le llevaba en clase a barajar nombres, fechas y problemas sociales o filosóficos de alta escuela".
En este sentido Dávalos apunta: "Prodigiosa era la memoria de Míster Meaney, para el detalle, lo mismo que para las ideas generales. Recordaba en clase la página de cada ejercicio y el número de línea correspondiente a cada frase en un libro de trescientas y tantas páginas". Así y todo, era un incomprendido por los alumnos y pasto permanente de las burlas clásicas. Acota Dávalos: "El gringo Meaney fue en el Colegio Nacional de Salta una de las últimas víctimas de nuestra incultura. Por una pesada chanza de su destino, le tocó a Míster Meaney, anclar un día en la vetusta y aburrida Salta, y quedarse aquí, como profesor de inglés, a lidiar con las anuales hornadas de aldeanos cachafaces que se renovaban en el colegio y que veían en el talentoso gentleman, no un profesor, ni menos un amigo, sino un tipo exótico y singular, una verdadera golosina para el descomedido afán de titeo que hormigueaba en aquellas juveniles almas semibárbaras. Al principio porque el gringo champurreaba el castellano, y más tarde -cuando lo aprendió-, porque lo pronunciaba a su modo, las clases de Meaney fueron siempre un espectáculo de feria. Y aquel carácter de suyo excéntrico acabó por agriarse. Cuando lo conocí -llevaba él veintitantos años de enseñanza-, ya se había divorciado de nuestro medio intelectual y social, hasta detestarlo con hosquedad irreductible".
Se supo que había muerto por los maullidos del gato encerrado que llevaba tres días al lado del cadáver en descomposición. Fue enterrado en el cementerio de la Santa Cruz. Al poco tiempo la casa, el telescopio y el armónium se vendieron en subasta pública y nada quedó de aquel hombre que al decir de Dávalos era "un correcto gentleman, un sabio respetable y un profesor modelo". Meaney junto a otros estudiosos anónimos o poco conocidos forman parte de la galería de científicos ilustres de la vieja Salta.