Vuelven las langostas luego de 64 años de haber sido vencidas por el gobierno de Perón en 1953

Desde tiempos inmemoriales, las langostas fueron una pesadilla para la humanidad. Hace 70 años, aquí en Salta las “mangas” de langostas aparecían más o menos para esta época (de agosto a octubre aproximadamente), es decir, con los primeros calorcitos.

Yo recuerdo que cuando las langostas llegaban a Cerrillos, el cielo se ponía negro por la gran cantidad de bichos que volaban a buena altura mientras dejaban escuchar un zumbido característico que por entonces todo el mundo reconocía. 

Era el momento en que los changos del vecindario, por indicaciones de sus mayores, comenzaban a golpear cacerolas, ollas, tarros, latas, tachos, caños y todo tipo de elemento metálico capaz de tañer, salvo el latón que sonaba como si fuese de cartón. 

Justamente, cuando hace unos años la televisión porteña comenzó a mostrar los cacerolazos, ese ruido nos hizo acordar a los más veteranos, la lejana lucha contra las langostas, tarea que generalmente estaba a cargo de los menores. Fue un método para espantar estos insectos que ya en los años 30 había sido descartado por ineficaz pero que sin embargo la gente siguió practicándolo para divertimento de los chicos.

Por supuesto, los ruidos y las humaredas de nada servían para cuando las mangas, a más de 100 metros de altura, según los expertos, decidían lanzarse en picada sobre los campos y los árboles. Así es que recuerdo clarito cuando una manga se asentó sobre las moreras de mi casa. En minutos, estos árboles con sus frutos ya a punto de madurar, quedaron literalmente hecho palos, y en peor estado que cuando los castigaba el granizo de fin de año. Y mientras el bicho comía, quienes estaban cerca podían escuchar el inconfundible ruido que las langostas hacían con sus mandíbulas al cortar los tallos y las nervaduras de las hojas. Y a menudo ocurría que el peso de miles de ejemplares arracimados y hambrientos quebraban algunas ramas de los árboles. Y al final, cuando solo quedaba la corteza vegetal totalmente pelada y a la intemperie, la manga levantaba vuelo zumbando en busca de nuevos comederos.

Sol amarillo

Hasta muchos años después de que las langostas fueran eliminadas por el DDT y por el gobierno de Perón (1953), la gente solía asustarse cuando veía que la luz del sol tomaba una coloración amarillenta. No bien esto ocurría, la gente apresuradamente salía al descampado y detenidamente oteaba el cielo, tratando de descubrir la causa de tan repentino oscurecimiento. Por suerte, desde 1953, el opacamiento de la luz solar siempre fue consecuencia de las columnas de humo producidas por los incendios de campo, propios también, de esta época del año. 

Las escoba de pichana
Nunca nadie dio razones, o al menos nunca las escuché, pero luego de que una manga de langostas levantaba vuelo, abajo, en el suelo, siempre quedaban millares de ejemplares muertos. Esta mortandad era de inmediato barrida por hacendosas mujeres o chicos que se armaban con robustas escobas de pichana o de sereno. Luego de barridas, las difuntas langostas se juntaba haciendo montones que luego de rociados con kerosén se quemaban. 

El uso de las “chapas barreras” en la lucha contra las saltonas

Entre los elementos usados en la lucha contra las langostas a través de los años, estuvieron las chapas metálicas que se utilizaban como barreras para evitar el paso de las langostas en su etapa de saltonas. El método, utilizado en otros lugares del mundo, fue introducido por los ingleses que las fabricaban y vendían a los países donde las langostas eran una plaga. 

Estas “chapas barreras” como comúnmente se las llamaba, fueron prácticamente insustituibles para proteger los cultivos y detener el avance de la langostas en su periodo de saltonas. Se colocaba a los costados de los campos de cultivos por donde invadía la langosta. Lo ideal era colocarlas conjuntamente con otros agricultores para así cubrir una mayor superficie de contención.

A tanto había llegado la sofisticación de la lucha que antes de colocar las chapas, los agricultores solían estudiar la dirección de marcha de las saltonas para ser más eficientes. Para instalar la barrera previamente se limpiaba el terreno en franjas de un metro y allí se aseguraba las chapas con estacas, tratando de formar corrales cada 100 metros, según la magnitud de la invasión. 

Vigilancia

Las barreras debían ser vigiladas diariamente pues el viento las podía volcar. También debía cuidarse que las saltonas no se amontonaran contra la chapa, pues se corría el riesgo que pasaran por arriba y al traspasar la barrera invadieran el cultivo vecino. Esta situación dio lugar a muchos enfrentamientos entre agricultores, pues al descuidar alguno sus barreras, permitía que la langosta dañara el campo vecino. Por esta causa hubo muchos casos de violencia y peleas hasta con armas de fuego, ocasionando muchas veces desgracias personales.

Ministerio de Agricultura 

Las chapas eran suministrados (vendidas) por la Dirección de Defensa Agrícola y Sanidad Vegetal del Ministerio de Agricultura de la Nación. Este organismo también contaba con un cuerpo de inspectores distribuidos en todo el país a través de 31 seccionales asentadas en sitios estratégicos, más 17 depósitos.

Las primeras chapas suministradas por el Ministerio fueron de hierro o de zinc pero luego llegaron las galvanizada. 

Los Junkers y la victoria final contra las langostas voladoras 

En 1946, luego de ser desafectados de LADE, seis aviones Junkers fueron preparados para intervenir en la lucha contra la langosta. Hasta entonces, los intentos para combatir esta plaga habían sido inútiles, a pesar de los cuantiosos medios en personal y material utilizados para ese fin. 

Todo era en vano. La langosta pendía como una espada de Damocles sobre la economía y el esfuerzo de los hombres del campo argentino. 

Hasta 1946, fue combatida con chapas, lanzallamas e insecticidas, con los que se preparaban cebos tóxicos. Con los cebos se logró algunos resultados contra las langostas “mosquita” y “saltona”. Pero el insecticida intoxicaba al personal por vía oral, pulmonar o por piel, y no atacaba al insecto en su etapa voladora.

Fue en el año 1947 cuando en el gobierno de Perón, se ideó un método eficaz para eliminar la langosta voladora y con el cual, por varias décadas, se pudo controlar el insecto. Para ello, el Gobierno tuvo la brillante idea de coordinar la lucha antiacrídica entre la Secretaría de Aeronáutica de entonces y el Ministerio de Agricultura y Ganadería de la Nación, destribuyéndosele a ambas sus áreas de competencia y responsabilidad. 

A la Aeronáutica le tocó la responsabilidad, por primera vez, de fumigar, dar apoyo técnico y transportar material y equipos para las aeronaves a emplear.

Así, la Agrupación Transporte recibió la orden de planificar y ejecutar las operaciones aéreas utilizando su dotación de aviones alemanes Junkers Ju-52 y sus respectivas tripulaciones, adiestradas al efecto. Dicha agrupación realizó todas las tareas durante la lucha antiacrídica que se desarrolló desde 1947 hasta 1949. Y para ello, traslado polvo Gamexane desde El Palomar hasta las bases de operaciones, adaptó los aviones para vuelos de espolvoreo, dio provisión de combustible y lubricante a las bases de operaciones, transportado por YPF; realizó la campaña de espolvoreo aéreo contra la langosta voladora desde las bases de operaciones situadas en Tartagal y Orán, en la provincia de Salta; Presidente Roque Sáenz Peña, gobernación del Chaco; Posadas, gobernación de Misiones, y Paso de los Libres, en la provincia de Corrientes. 

Los aviones de la primera etapa fueron seis Junkers y luego ocho aviones más, a fin de reemplazar las máquinas que quedaban fuera de servicio por diversos problemas. 
Finalmente todos los Junkers fueron transferidos en 1949 al Ministerio de Agricultura, que continuó fumigando hasta lograr la extinción total de la plaga de langostas en 1953.

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