No podemos estudiar el impacto de la tecnología sobre el empleo o sobre otras variables de la vida social fuera del contexto de nuestro tiempo, y el nuestro es el tiempo de la globalización. Esta no goza de buena prensa.

En los países "desarrollados" o industrializados se la teme por el efecto de traslado de producción y de empleo hacia países de bajos salarios.

En la mayoría de los "países en desarrollo", por el temor de que la liberalización del comercio liquide sectores enteros de la producción, manufacturera esencialmente, que no pueden competir con las importaciones baratas de China o con productos más sofisticados de países desarrollados. Y en unos y en otros, por los efectos de redistribución regresiva de la renta dentro de la sociedad y entre países.

De nada vale considerar a la globalización como un proceso globalmente positivo o globalmente negativo.

Primero, porque sus efectos han sido muy dispares, según los países y dentro de estos, según los sectores.

Segundo, porque no es una situación que se instaló de un día a otro, y que tampoco ha terminado.

Tercero, porque su surgimiento ha sido el fruto de un contexto internacional determinado y que está en plena evolución.

Primero fue la tecnología

Es decir, la globalización no ha surgido de la nada, sino que es el resultado, como dijimos antes, de varios procesos convergentes. Y el primer paso para poder comprenderla, es mirar las grandes etapas de la evolución de los procesos productivos: la generación de energía, la fuente de generación, los materiales predominantemente utilizados para la producción de bienes y los sistemas de comunicación utilizados interna e internacionalmente.

Acompañando a la evolución tecnológica y a las transformaciones que ella ha permitido o forzado, la producción ha evolucionado de procesos mano de obra intensivos a procesos tecnológicamente intensivos, de aquellos que requerían baja inversión en capital a otros de elevada inversión en capital.

Las condiciones necesarias

Esto, a su vez, exige grandes escalas de venta para poder bajar los costos por unidad y permitir la amortización del capital invertido. Para ello hacen falta mercados globales y por lo tanto la eliminación de las barreras al comercio. Proceso que tuvo lugar a través de las grandes negociaciones comerciales, en el GATT primero y luego en la OMC y, al mismo tiempo, a través de los procesos de integración regional, como la UE, el Nafta, o en menor medida, el Mercosur.

Además, hicieron falta grandes inversiones de capital de riesgo; la construcción de sistemas e instrumentos financieros que hicieron posible la conversión de ahorro en inversión a gran escala; la eliminación de las barreras a la circulación de capitales y a la inversión, y la construcción de sistemas de garantías de respeto de las condiciones de entrada y salida de los capitales invertidos, y de protección a las patentes de productos y de procesos, de modo de permitir la amortización de los montos destinados a investigación y desarrollo.

También fue necesario el surgimiento de una clase empresarial con conocimientos de los métodos de producción y de los mercados a escala. Todo esto ha llevado, a su vez, a una creciente especialización de las actividades productivas y a un elevado nivel de competencia.

La tecnología de producción disponible ha permitido el fraccionamiento y la deslocalización del todo o parte de dichos procesos productivos. La distribución a escala global o el transporte de los productos finales, insumos y partes, ha sido posible gracias a otros dos logros de la ciencia y la tecnología: los sistemas de comunicación de gran velocidad y seguridad a nivel global y el surgimiento de sistemas de transporte rápidos, seguros y de bajo costo (el contenedor, o los buques y los aviones de gran porte).

Digamos, finalmente, que este proceso ha implicado la aparición de crecientes desafíos para los estados, confrontados a problemas históricamente inéditos y al poder de corporaciones cuyos activos llegan a superar largamente al PBI de muchos países.

El juicio a la globalización

En síntesis, podríamos definir a la "globalización" como la etapa del desarrollo científico y tecnológico que generó la aparición de productos y servicios y de métodos de producción capital - intensivos, que permiten grandes escalas de producción y la división y dislocación de los procesos de producción, y de un contexto internacional en el que es posible la movilidad de los factores de producción y de bienes y servicios en casi todo el mundo y con limitadas barreras que afecten dicha movilidad.

¿Tienen sentido los juicios de valor respecto de este proceso, que de alguna manera podemos juzgar como inevitable? ¿Qué sentido tendría objetar la aparición de productos o servicios que mejoran la calidad de la vida o que reducen substancialmente su costo? Es cierto, como diría Bauman, que "las comunicaciones baratas inundan y ahogan la memoria, en lugar de alimentarla y estabilizarla", pero ¿habría sido mejor no contar con ellas?

 Es cierto, también, que “con la implosión del tiempo de las comunicaciones y la reducción del instante a magnitud cero, los indicadores de espacio y tiempo pierden importancia, al menos para aquellos cuyas acciones se desplazan con la velocidad del espacio electrónico”; pero ¿habría sido mejor que nos hubiéramos quedado en la era de las comunicaciones predigitales?
Sin embargo, más allá de este tipo de críticas a la globalización de fundamento filosófico o metafísico, hay objeciones que, a menudo, cuentan con sustentos comprobables: una desindustrialización que destruye empleos, una brecha fenomenal entre los beneficiarios de ese proceso y quienes no lo son y exclusión de amplios sectores de la población.

¿Desindustrialización?

Desde hace varios decenios vivimos un proceso de desindustrialización: el valor agregado del sector manufacturero en el mundo cayó del 25% del PB global a comienzos de los años ochenta a poco más del 15% en la actualidad.
No se consumen menos productos manufacturados, sino muchísimos más, pero han aparecido nuevos productos y ha variado la naturaleza de otros, su tamaño y su peso, su costo y su precio, son casi siempre a la baja, y de esta forma inciden menos por unidad producida en la suma del PBI.
Muchas actividades que antes se computaban estadísticamente dentro de la actividad manufacturera, han pasado a ser servicios. En ello han incidido, por una parte, la subcontratación y la deslocalización (con menores costos) y por otra, el creciente valor de las actividades de investigación y desarrollo, comercialización y distribución, que hoy se computan como actividades independientes de la producción manufacturera.
La mayor participación en los costos de un producto, de servicios como las comunicaciones y el transporte, que antes, en un proceso de producción localmente integrado, no existían.

Los nuevos bienes 

Cada día se producen (y se consumen) más bienes. Y aquello que estamos viviendo, más que un proceso de desindustrialización son cambios en los procesos de producción: de mano de obra intensivos a capital y tecnología intensivos. De bienes de gran tamaño, peso y costo, a bienes que, vía miniaturización y la disponibilidad de nuevos materiales, son cada vez más pequeños, más livianos, más eficientes y menos costosos. 
Tómese el caso de una computadora. Una “laptop” contemporánea, de un precio estándar de menos de mil dólares y poco más de un kilo de peso, produce los mismos servicios, a una velocidad mil veces superior y tiene una capacidad de almacenamiento de datos, igual o superior a la que tenía hace cincuenta años atrás un “mainframe” de cuatro toneladas y media, que funcionaba a válvulas y requería un sistema de refrigeración incorporado, y de un valor de varios cientos de miles de dólares. Esta se producía en una única planta de producción, donde se elaboraba cada pieza y se ensamblaba el conjunto. La “laptop” de hoy, es el producto de la fabricación de conjuntos autónomos, desarrollados y producidos en distintos países y ensamblados en varias partes del mundo, con la misma marca, y desde cada uno de ellos distribuidos en función de la accesibilidad a los mercados. 
El proceso de desarrollo de ese producto, es en buena medida, función de la evolución de la tecnología y los costos de las partes y de la capacidad de integración centralizada, tanto en lo que hace a los sistemas de producción como a los de distribución y comercialización. 
Obviamente, estos procesos reducen la cantidad de mano de obra necesaria para cada actividad, ya sea manufacturera, agrícola o minera que, como vimos antes, han conocido el surgimiento de la nueva economía de servicios vinculada a la producción. 
Independientemente de esto, han surgido con la globalización cientos de actividades definidas como “servicios”, que han absorbido buena parte de la mano de obra liberada por la industria manufacturera o que se ha incorporado al mercado laboral directamente a través de los mismos. 
La expansión sin precedentes del turismo, del transporte, de las comunicaciones, de los servicios bancarios o financieros, de los vinculados a la educación o a la formación, a la salud y a la atención social de niños y de mayores, o la producción de “bienes culturales” de diverso tipo, han modificado totalmente el mercado del empleo.

El futuro
Los estudios de la OCDE y de la OIT (en particular los antes citados) nos dicen que seguiremos viendo, en el futuro más empleo en el sector de los servicios, menos en la agricultura (siguiendo con un proceso ya secular) y menos empleo en el sector manufacturero en los países desarrollados y en los países de ingresos medios altos (en general aquellos que llegaron después que los países desarrollados a la industrialización) y un leve incremento del empleo industrial en los países de ingresos medios bajos (la mayoría de reciente industrialización).
 

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