Comedores: cada vez se suman más madres que necesitan alimentarse

Juana Gutiérrez mantiene hace más de 15 años el comedor "Soldaditos de Dios", en el barrio Finca Independencia. Es uno de los centros de ayuda más tradicionales de la zona sudeste.

Con donaciones de particulares, apoyo de la Cooperadora Asistencial o incluso con su bolsillo de ordenanza de escuela, Juana atiende diariamente a 60 niños. Pero en los últimos meses, a los cotidianos asistentes se les sumaron más niños, e incluso madres. La ayuda oficial que le dan es solo para los más pequeños, por lo que preparar un plato de comida o una merienda es un desafío.

La Cooperadora solía ayudar a Juana con leche, azúcar y un pan para cada niño. Hace cuatro meses que solo recibe leche. "Me piden una lista pero están viniendo más niños y madres y solo me aceptan los niños", contó a El Tribuno.

Incluso el pan que le envían es insuficiente. Muchas veces el alimento que brinda el comedor es la única comida que reciben en el día, por lo que los chicos necesitan repetir. "Me daban 60 panes, no más, pero los chicos piden más". Juana accede a la solicitud, pero sabe que luego tendrá que trabajar para reponer mercadería.

Por eso, sale cada vez que puede a recorrer los negocios cercanos para ver si "les sobra alguito para los chicos". Lo que consigue se suma a la ayuda fija de la carnicería del barrio, a la que va tres veces por semana, y la que le da Cofruthos cada sábado. Cuando tiene suerte, vuelve con provisiones para un par de días y se paga un remis desde donde esté. "Nadie me da plata", aseguró.

En cada negocio al que entra Juana la reconocen y colaboran con lo que pueden. "La apoyo por los chicos. Se ve mucha pobreza por aquí", dijo Luis Herrera, mientras la ayudaba a llenar un poco más sus bolsas.

El momento más difícil para Juana es cuando le tocan la puerta y las ollas están vacías. "Cuando no tengo, no hago. Es triste porque ellos vienen solitos y tengo que decirles que hoy no habrá comida", contó Juana, mientras revolvía un arroz con leche a fuego lento. A media mañana, ya había logrado asegurar el postre del día.

Rosalinda tiene 14 años y es una de las madres que va al comedor. Fue "la estrella" de "Soldaditos de Dios" cuando se supo, a través de los medios, que a los siete años iba descalza. Consultada sobre la importancia del trabajo de Juana, respondió con un silencio y ojos llorosos.

El informe de Barómetro de Deuda Social de la Universidad Católica señaló que, en el segundo semestre de 2017, el 17,6 por ciento de los niños tenía déficit alimentario.

"No comen cosas ricas ellos. Intento hacer platos ricos y nutritivos", expresó la cocinera.

El drama diario de las mujeres

Entre los asistentes a los diferentes comedores de la zona sudeste, las mujeres y los niños ocupan gran parte de la fila que se forma a la hora de almorzar. La mayoría son madres solteras que intentan conseguir trabajos sin dejar sus casas. Afirman que si salen, no les alcanza para pagar una niñera. 

Rosalinda, de 14 años, asiste desde niña al comedor “Soldadito de Dios”. Ahora va con su hijo de cinco meses. Tanto sus abuelos como sus papás venden tortillas en la calle. “Tengo que ir a pedir leche para mi bebé”, le contó a Juana, la encargada del comedor. Cuando se va a estudiar, deja su bebé al cuidado de su hermana que es menor que ella. En el nuevo comedor “Pancitas Vacías”, del asentamiento 20 de Junio, se acepta a toda la familia: madres, niños y ancianos. 

Juana Olivares tiene 29 años y es mamá soltera. Con dos ollas en mano, se acercó hasta el reciente comedor para llevar el almuerzo para ella y sus dos hijos, de 7 y 2 años. “Con lo que me pagan por trabajar en una casa no me alcanza para tener una niñera”, aseveró. Sobre cómo resuelve el día a día, indicó: “A veces saco fiado del almacén”.  Cuando consiguen qué tirar a la olla, las madres intentan cocinar comidas abundantes. “A veces hago sopa o fideos con salsa, algo que alcance”, aseguró Maira Maidana de 30 años. Tiene tres hijos, de 2, 5 y 6 años. Maira aseguró que, si no fuera por el comedor, “algunos chicos no comerían”. Afirmó además que sus hijos entienden el “no hay”, y lo resuelven untando un pan “con lo que haya”


 

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