OpiniĆ³n
Y nos vemos en el corso... de Qatar 2022

Y se fue nomás,un Mundial tan impredecible como fascinante y tremendamente cruel para con los cracks estelares, aquellos que lucen y ostentan sus balones de oro en sus respectivas ligas y gozan de un opulento marketing que los convierte en súper estrellas en sus hábitats ideales, siendo la Copa del Mundo la que los humaniza y les despoja la corona.

Un Mundial que nos hace comprender que sin un equipo consolidado y con ideas claras, que sustente y potencie a sus figuras, no hay individualidad que valga. Y en eso, el flamante campeón del mundo nos brindó un más que elocuente ejemplo de que el fútbol es la conjugación de las voluntades grupales en pos de un objetivo común.

Sino mírenlo a Olivier Giroud: el opulento “9” campeón no pateó al arco en un mes; sin embargo, pivotea, recupera, traslada, arrastra la marca y desgasta defensas enteras. Y cuando los goles no aparecen, hay toda una selección que lo respalda y que se repartirá goles para que el del Chelsea no sea condenado a la burla implacable del meme, como sucede aquí, cuando no hay suficiente solidez colectiva como para minimizar los yerros personales.

Pero a la máxima que dice que “para salir campeón hace falta un ‘9’ que la meta” le sumamos otra “verdad” del fútbol despedazada, esa que vincula siempre al proceso largoplacista con el éxito, chocando así con el ejemplo de Zlatko Dalic, quien agarró a un Croacia en situación de emergencia ocho meses antes del Mundial y luego vio la final desde adentro.

Porque muchas veces se tiende a confundir proceso largo con seriedad y coherencia y período corto con improvisación. El fútbol, y el bendito e igualador Mundial, volvió a despojarnos de preconceptos y eso lo hace aún más hermoso.