Cae la noche sobre Buenos Aires y ocurrirá lo que tenga ocurrir sin importar las pocas cuadras que faltan para llegar a casa.

Camino por Marcelo T. de Alvear y veo en la esquina alguien que está por cruzar hacia Santa Fe, pero no lo hace, y toma la vereda por la que voy yo. Siento la adrenalina recorriéndome la espalda y le hago caso al instinto de resguardarme en un lugar público. Son casi las 9 de la noche de un caluroso sábado de febrero y la mayoría de los negocios están cerrados, excepto alguna farmacia o el estrecho súper de los chinos, que trabajan sin parar.

Al entrar estaban, por supuesto, la china en la caja, el chino encaramado sobre un gran estante atestado de envases, y entre las góndolas una pareja con un bebé en su coche. Le sonreí al verlo y me devolvió el gesto con una morisqueta, mientras agitaba un sonajero o algo así que tenía entre sus manos.

La escena me produjo cierto alivio pero seguía atenta a la calle. La figura que había visto a unos cincuenta metros y que venía en esta dirección estaría por pasar. Tomé una mermelada de la góndola, me dirigí a la caja y, al mirar hacia la calle, veo pasar un anciano. La china me hizo una pregunta que no entendí ni intentaba descifrar, pero volvió a insistir y como yo seguía sin entender, el chino desde el estante gritó: "­Que si quiere llevar dos mermeladas porque están de oferta!".

Al salir, volví a mirar hacia ambos lados de la vereda y nada. Me puso tensa la incertidumbre, me preguntaba dónde estaría esa persona que caminaba en esta dirección, pero me alivió pensar que quedaban solo dos cuadras para llegar y que, además, llevaba puestas las zapatillas, por si necesitaba correr.

La brisa mecía la copa de los árboles y a través del follaje titilaban las luces amarillentas de la ciudad. El anciano caminaba lentamente hacia la esquina, cuando de pronto surgió del costado de un contenedor de basura la silueta de un hombre que se precipitó salvajemente sobre él. Con una mano lo arrinconó contra la pared, y con la otra lo apuntaba con algo metálico que no pude distinguir, aunque reconocí que aquella imagen era la de la misma persona que había visto venir antes de entrar al súper de los chinos.

Me pareció que el tiempo se congelaba en ese instante y supongo que yo también, pues sentí por primera vez, el efecto paralizante de algo peor que el miedo, el terror.

Era un hombre relativamente joven, estaba encapuchado y le gritaba ­Apurate viejo y la p... m... que te p...! ¿querés que te mate? ­Te mato!

Repetía te mato sin parar de gritar mientras giraba la cabeza hacia todos lados como un paranoico. Yo seguía paralizada, y vi caer algo de las manos del anciano, lo corrió de un empujón, tomó lo que había caído y empezó a correr hacia la esquina. En ese momento pasó una moto y antes de tirarme al suelo alcancé ver a un hombre de pantalones blancos sentado atrás que se bajaba de un salto mientras el otro giraba en contramano y hacía rechinar las cubiertas contra el asfalto.

Una banda de criminales, pensé y me escondí temblando entre los autos estacionados, casi debajo de la caja de una camioneta. En medio de la penumbra y el silencio, solo se escuchaban mi respiración entrecortada y el corazón palpitando como si el pánico pudiera hacerlo estallar de un golpe y en mil pedazos. No sé si estuve allí un minuto o una eternidad, pero escuché el ulular de un patrullero y cuando vi su luz intermitente impactando azules en las paredes de los edificios, tuve la certeza de que estaba a salvo.

Intenté levantarme y aunque las piernas no tenían fuerzas, podía escuchar con más claridad lo que ocurría afuera: el diálogo del anciano con los policías y la voz de una mujer ¿policía? apaciguaron el ritmo convulsionado de mis latidos y el aire volvió a entrar como un remanso en mis pulmones. Levanté la vista hacia los edificios, los vecinos se habían asomado a los balcones, algunos filmaban desde la ventana, otros se amontonaron en la puerta de entrada, pero todos, con una expresión de asombro, preguntaban y contaban qué fue lo que había pasado.

Recuperé las fuerzas y salí de mi escondite pensando que la pesadilla habría terminado. A pasos del anciano, reconocí al hombre de la moto, al de pantalón blanco, tenía un casco en la mano y ví que lo apoyaba sobre el capot del patrullero ¿qué es ésto?, me pregunté, ¿policías?, ¿ladrones?, ¿poliladron? Lo peor ya había pasado, pensé, y decidí averiguarlo.

Cuando estuve allí constaté que algunas cosas fueron tal cual como las experimenté, y que otras, sin embargo, habían sido imperceptibles desde el refugio donde estuve atrincherada. El delincuente estaba en el suelo, esposado y con capucha. No decía una sola palabra. A pocos pasos de este reconocí al anciano que había visto pasar apenas minutos antes.. ¿O fueron horas o segundos? Estaba conmocionado, cabizbajo y taciturno. Solo respondía sí o no con la cabeza, mientras sus manos huesudas y temblorosas, estrujaban un pañuelo, como si ese gesto bastara para enjugarle las lágrimas.

Junto a él, sobre el borde de una vidriera, estaba la prueba del delito puesta en fila: una billetera, tarjetas, monedas, unos pocos billetes, y al lado un cuchillo de veinte centímetros que en lugar del mango tenía unas vueltas de cuerda alrededor. En ese mismo peldaño estaba sentada una mujer.

Alguien me preguntó si podía hacer el favor de ser testigo del hecho, y cuando volteo a ver, era el hombre de la moto, el de pantalón blanco, y no dudé en preguntarle quien era él. Ese muchacho me salvó la vida, dijo el anciano con voz tenue, y esbozando una sonrisa contó con cierto entusiasmo que se trataba de un policía que estaba de franco y que de casualidad pasaba en moto con un amigo justo en el momento de la agresión, y que no dudó en defenderlo, sin más armas que el coraje para poner en ello su propio cuerpo. Una vecina le servía un vaso de agua tras otro, mientras escuchaba atenta el relato del anciano.
En ese momento la mujer que estaba sentada en el peldaño empezó a gritar y a golpear su cabeza brutalmente contra la vidriera. Los policías la apartaron de allí mientras esta vociferaba toda clase de insultos. Cuando quedó boca abajo, advierto que estaba esposada y que una policía se había hecho cargo de ella. Pocas veces vi la destreza y la profesionalidad de una joven mujer desempeñarse frente a mis propios ojos con tanta firmeza, carácter y una templanza a prueba de todo.
Así como jamás había escuchado los insultos que la mujer esposada le dirigía a la policía, y sobre todo, las peores degradaciones referidas al sexo femenino, con el lenguaje más nauseabundo que un ser humano sea capaz de manifestar. Mientras golpeaba su cabeza contra el suelo gritaba que la policía la estaba golpeando, cuando le sostuvieron los pies, bramaba que la estaban manoseando, y remarcó que un policía no debía tocarla porque ella era una mujer. Luego se quedó dormida. Su trabajo era hacer de campana; terminó la jornada.
El delincuente pidió que lo cambien de posición porque algo lo incomodaba y aclaró que ese era su derecho.
Un par de jóvenes que pasaban por allí dijeron lamentar que estuviera la policía, porque ellos con gusto los hubieran molido a patadas por su cuenta a ambos, y siguieron de largo.
Llegó corriendo otra mujer, se abrió paso a los empujones y ante la resistencia de los policías que intentaban hacerles preguntas, esta sacaba pecho y gritaba “es mi hermano y tengo derecho verlo”
Se arrojó sobre él llorando, le gritaba al oído que era un pelotudo y que otra vez había vuelto a hacer cagadas. Se levantó, y secándose las lágrimas con los brazos, se puso a insultar a los policías. Estos le pedían que se calme y que se retire, y por eso se armó un gresca, entonces la mujer que estaba dormida despertó, el encapuchado y su hermana se pusieron a gritar y al unísono los tres repetían: “Estoy embarazada, está embarazada, no me toquen, no la toquen! Hijos de p... Está embarazada no la toquen, está embarazada, embarazada no la , no embarazada, toquen”.
Nadie la tocaba y la mujer sin esposas se fue vociferando y corriendo se perdió en la oscuridad.
No soportaba más estar en ese lugar. Firmé las actas policiales y busqué al anciano para despedirme. En ese momento lo noté mejor y rodeado de vecinos que se desvivían por atenderlo, y tanto que hasta un vaso de whisky le convidaron.
Nos estrechamos las manos un largo rato y me agradeció la solidaridad.
La joven policía seguía sosteniendo a la mujer campana que pasaba del insulto a las denuncias por manoseo y mal trato, y al final profería una serie de aullidos cinematográficos dignos de películas como “El exorcista”.
Apoyé mi mano en su hombro y le dije gracias. Ella levantó la vista de la dura faena y me respondió que era su deber.
La cuadra estaba cercada por los patrulleros, y caminé en medio de la calle para sentir a pleno mi libertad, necesitaba ese plus de seguridad para que mi cuerpo supiera que habíamos salido de la trinchera, y que atrás quedaban la degradación, el miedo y la oscuridad del alma que es más tenebrosa que la más negra de las noches. 
Entonces el alivio se instaló en mi cuerpo y en el trayecto a casa recordaba el apretón de manos del anciano, y la mirada fuerte y dulce de la mujer policía.
 

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