El cajón de Elisa Carrió

La agraviante referencia de Elisa Carrió a la muerte de José Manuel de la Sota no es un exabrupto, un error o una grosería: es un síntoma. Quien pondera una tragedia como beneficio en el mundo de la política es alguien que preanuncia la fragilidad de su propia posición, o la de su fuerza. Aunque se trate de un "lapsus".

De la Sota fue un digno dirigente de la política argentina que, como tal, recibió críticas, pero nunca oprobios. Carrió, figura notoria del oficialismo, debió medir sus palabras y ponderar cuántas tragedias son comentadas hoy con morbosa ironía y mucho resentimiento en las comunidades digitales.

Ninguna muerte puede ser relativizada.

El disparate de Carrió es, además, síntoma de uno de los peores costados de la política argentina a partir de la posguerra, el exhibicionismo de la muerte. Es cierto que la democracia restaurada en 1983, con tantas fragilidades como las que exhibe, ha significado un avance en la erradicación de esa tendencia tanática de las décadas precedentes.

Erich Fromm, en Anatomía de la destructividad humana, analiza la vocación genocida de muchos gobiernos del siglo XX que ensangrentaron al mundo. Y dedica especial atención a la psicología de Adolfo Hitler y al Holocausto, a partir de una patología: la necrofilia. Si bien Fromm habló como psicoanalista, su perspectiva es política, porque la política suele subordinar la vida humana a los objetivos de los partidos o grupos. Entre nosotros, también.

Existen extremos, como la exaltación de la supuesta virtud redentora de la muerte que en los años setenta cultivaron los grupos guerrilleros de izquierda y sus adversarios de ultraderecha, de Tacuara a la Triple A. En la Argentina hemos vivido episodios incalificables, como la profanación de las tumbas de Aramburu y de Perón; hemos visto movilizaciones políticas en las que se exaltaban las muertes violentas de adversarios, gremialistas, dirigentes, policías o militares. Hoy mismo, no faltan corrientes del activismo que, probablemente por carencia de un proyecto político, hacen girar todo el debate ideológico en torno de la tragedia sanguinaria de la dictadura, como si esa fuera la clave de toda la historia argentina.

La clave de nuestra frustración actual está, probablemente, en la incapacidad de la sociedad argentina para construir un país nuevo, inspirado en la vida y no en la muerte.

El narcotráfico es un crimen, y una de las amenazas más graves para la sociedad argentina. El argumento de la Coalición Cívica para exculpar a Elisa Carrió, aseverando que como gobernador De la Sota no combatió el narcotráfico, no aclara, y más bien oscurece. Es que la verborrágica y mediática dirigente ha construido un personaje cuyo rasgo dominante no es la necrofilia, sino el mesianismo.

Ella soñó con convertirse en la "fiscal de la República", como el mítico Lisandro de la Torre. El problema que no resolvió es que todo fiscal necesita pruebas, y pruebas contundentes. Carrió es una denunciadora mediática que desde hace casi cuatro años cumple un rol de legitimación para Cambiemos. Esta vez, flaco favor le hizo.

El narcotráfico se ha expandido y potenciado en la Argentina. Las mafias extienden sus vínculos a diversas organizaciones políticas, que lucran con el nuevo clientelismo político, gracias a una degradación social que ya lleva décadas. De ambos fenómenos deberían responder los jerarcas de la dictadura y los gobiernos que se sucedieron desde 1983. Actúa un personaje que parece moverse por inspiración divina.

No existe la "revelación". En la mayoría de las ocasiones todo termina en una mera condena ideológica con alto grado de intolerancia. A ve ces, como ocurrió en Cruz del Eje, en un disparate que ni sus fieles pueden justificar.

 

 

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