Dentro de las aves que las familias acostumbran a tener en el campo, en los pueblos pequeños o en los barrios periféricos de las ciudades, los loros habladores son por lejos los más preferidos. Estas dóciles avecitas, al ser grandes imitadoras, le ponen gracia a las casas, entretienen a los niños con su canto y alegran a los viejitos con sus extraordinarias piruetas en los gajos de los árboles.

Por estar dotados de un memoria prodigiosa, saben qué sonidos hacer cuando tienen hambre o cuando llega algún desconocido. Los humoristas fueron los que más provecho le sacaron a las mascotas lenguaraces con historias de todos los colores, la mayoría relacionadas con cuestiones amorosas.

También le atribuyen ser los únicos seres que conocen la cara del famoso pata’ilana del barrio. 

No en vano del loro se dice que “es la grabadora que inventó la evolución de las especies” y por ese motivo muchas veces los mantienen encerrados porque saben demasiado de nosotros. Cuando sus amos hacen la siesta, salen de compra o de paseo, ellos se convierten en los más celosos guardianes. Se trepan en la copa de los árboles y con su ver de plumaje se mimetizan entre las hojas y desde allí cumplen a rajatabla con su rol de vigías. 

Son tan inteligentes que hasta aprenden a azuzar a los perros para poner en fuga a los ladrones o anunciar la presencia de algún intruso.

Algo de esto ocurrió días pasados en Vila Irma Dulce, en el norteño estado de Piauí, en Brasil. en ese poblado una mujer, líder de una pandilla de narcos, había entrenado a su loro para que la alertara de la policía. El caso fue que la banda estaba reunida en el interior de la morada, preparando la mercancía para la venta al menudeo, cuando los agentes brasileños llegaron al lugar en el marco de una redada contra traficantes de drogas.

“Mamá, la policía”, comenzó a parlotear el lorito apenas los uniformados descendieron del patrullero empuñando sus armas de grueso calibre. Era el “santo y seña” para la dueña de casa, conocida como “la India”, una mujer con un frondoso prontuario por venta y comercialización de estupefacientes. 

No era la primera vez que la fiel avecita delataba a los policías cuando éstos llegaban a la propiedad con la intención de sorprender a la narco con la mano en la masa y detenerla. Tanto va el cántaro a la fuente que las autoridades decidieron ponerle punto final a sus días como “halcón”, como se les denomina en Brasil a los vigilantes de los narcos. 

Aunque no ha trascendido el nombre del loro, en el vecino país lo han bautizado como “Papagaio do tráfico” (loro traficante de drogas). La Justicia dispuso que permanezca en proceso de rehabilitación en el zoológico del Estado de Teresina hasta que aprenda a emprender vuelo. El juez de la causa ordenó, además, que luego de que cumpla con el entrenamiento de rigor sea liberado en su hábitat natural. 

“No hay nada como un tiempito tras las rejas para enmendar ciertas conductas”, ironizó un funcionario judicial. Un periodista local contó que pudo ver al ave tras su arresto, y aseguró que dio muestra de ser súper obediente y que en todo momento se mantuvo con el pico firmemente cerrado, demostrando con su silencio que no estaba dispuesto a delatar a la persona que lo cuidó y alimentó. 

En tanto, el veterinario Alexandre Clark afirmó que el loro no cooperó en nada con las autoridades policiales y judiciales cuando trataron de interrogarlo. Interpretó que, quizás, por estar acusado de ser un “loro narco”, hizo uso del derecho constitucional de no declarar: “Han venido muchos policías con la intención de hacerlo cantar, pero no ha dicho una palabra”, precisó el profesional que examinó el estado de salud de la mascota.

Al fin y al cabo, grato favor le hicieron al “narcoloro” que por los servicios prestados a su cuidadora, sin proponérselo, conseguirá que lo regresen a su verdadero terruño de donde seguramente algún depredador lo sacó del nido cuando era un pichón para hacer negocio.

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