El origen geológico del  paisaje

El 30 de mayo de 2019, en el Centro Cultural América de la ciudad de Salta, se llevó a cabo el "Primer Ciclo de Conferencias de Investigación y Transversalidad Turística" que fuera organizado por la "Red de Investigación y Transversalidad Turística Regional" (Ridtur), bajo la dirección de las especialistas en turismo Graciela Walter, Carolina Mercado Echazú y Karina Albarracín.

Entre los disertantes se contó con la presencia de los siguientes profesionales: Rossana Ledesma, Jorgelina Duhart, Elio Daniel Rodríguez, Damián Payo, Francisco Bolsi, Jackeline Salím Grau, Sandra Zabala, Ana Cornejo, Gonzalo Moya, Pablo Maidana y Juan Carlos Bernasconi; y las palabras de bienvenida del Director Ejecutivo de la Red Académica Internacional de Estudios Organizacionales en América Latina, el Caribe e Iberoamérica (Reoalcei), el Dr. Lisandro Alvarado Peña.

La jornada transcurrió con ricas charlas magistrales y ponencias que abordaron el turismo desde su interrelación entre diversas disciplinas científicas y la divulgación del conocimiento. En este marco fui invitado a disertar sobre el origen geológico del paisaje andino, que es el motivo de este artículo.

La dinámica de la Tierra

Los paisajes son el resultado de una extraordinaria cantidad de casualidades y causalidades que ocurren a lo largo del tiempo geológico. En el paisaje se encuentran representadas la acción y la reacción de las dinámicas interna y externa del planeta Tierra.

Otros planetas y satélites del sistema solar también tienen "paisajes" que requieren de un análisis diferente.

La palabra paisaje deriva etimológicamente de "país" (del francés "pays") y sería aquella parte de un territorio o espacio natural admirable por su aspecto estético. La belleza es intrínseca a un paisaje de valor turístico.

En su origen, las fuerzas endógenas de la dinámica interna, elevan bloques de montañas o canalizan magmas a la superficie los que entran en erupción para dar volcanes. Las montañas se contraponen a las llanuras y forman parte del espectro de relieves que entran en el campo de la fisiografía.

Por su parte, las fuerzas exógenas de la dinámica externa, burilan los relieves para generar los distintos tipos de escenarios. El viento, el agua líquida y los glaciares, son algunos de los agentes erosivos que modelan y dan forma al paisaje. A su vez estos van a actuar con mayor o menor fuerza en función del clima.

Las temperaturas y precipitaciones, las amplitudes térmicas, la cantidad, calidad y variedad de las lluvias, la intensidad solar, la dirección de los vientos, etcétera, van a definir fajas climáticas con ambientes húmedos, semiáridos, áridos y sus transiciones.

El paisaje y la belleza

Si bien todo en la superficie terrestre es paisaje, existe una diferencia de grado en función de su belleza estética. Las grandes llanuras, como los pastizales de la pampa húmeda, el monte del Gran Chaco Sudamericano o la densa selva lluviosa del Amazonas, resultan monótonos para el viajero que los aprecia desde el llano.

Quebradas y serranías, densamente vegetadas e impenetrables, pueden gozar de una belleza intrínseca y sin embargo no constituir un atractivo turístico.

Lo mismo ocurre con el paisaje de los fondos oceánicos, que sabemos que está pero no lo podemos apreciar. Otro extremo es el paisaje antártico, gobernado por gruesas plataformas de hielo, donde sólo resaltan algunos afloramientos rocosos a los que se conoce como Nunataks. La cobertura vegetal es una función del clima. Un paisaje puede ser volcánico y estar en un ambiente desértico, semiárido, árido o glaciar con un resultado estético muy diferente en cada caso.

El "palimpsesto"

O sea que el paisaje es la interrelación entre la geología que constituye su anatomía interna y el clima. Pero el clima muta a lo largo del tiempo geológico pasando en decenas o cientos de miles de años de un extremo a otro. Donde ayer hubo un desierto hoy puede haber una selva tropical y viceversa. De allí que los geomorfólogos hayan comparado al paisaje con un "palimpsesto".

En la antigedad los soportes sobre los que se escribía eran onerosos, sea el papiro o los cueros de cabras y ovejas conocidos como pergaminos. Por eso se borraban y se volvía a escribir muchas veces sobre ellos. Esa valiosa información puede recuperarse hoy día con técnicas especiales y leer lo que está infrascrito.

El paisaje es, por analogía, equivalente a un palimpsesto que cuenta con muchas firmas ambientales superpuestas. Hay que saber leer esas improntas dejadas en el relieve por múltiples fenómenos climáticos a lo largo del tiempo. El intérprete del paisaje debe imitar a "Linceo", el ser mitológico al que se le atribuía una vista prodigiosa capaz de ver a través de los objetos. De allí proviene tener vista de lince. Según la mitología, Linceo fue uno de los argonautas, que junto a Jasón, fueron a la búsqueda del "Vellocino de Oro". Una cosa es "mirar" el paisaje y otra muy distinta es "ver" el paisaje. Ambas acciones implican percibir algo con los ojos mediante la acción de la luz.

Mirar es posar la vista, apreciar, emocionarse estéticamente por la belleza del paisaje. Ver es en cambio un proceso diferente que no solamente implica mirar sino también examinar, comprender, escudriñar, reconocer con cuidado y atención, interpretar el significado de lo que en aquel lugar se esconde.

 Hay un lenguaje de signos geológicos, una “geosemiosis”, que es necesario develar. Allí están grabadas las firmas digitales del palimpsesto paisajístico.
Por ello hay que recurrir al “logos” antes que al “grafos”, a la interpretación antes que a la mera descripción. La descripción geográfica, topográfica, fisiográfica es muy valiosa para mapear, perfilar y reconstruir el espacio en sus tres dimensiones. Pero necesita de una cuarta dimensión que es el tiempo. Y esa dimensión viene asociada al logos, a la descripción geológica, más concretamente: geomorfológica.
Quien explique el paisaje a un tercero, caso de los guías de turismo, geólogos, geógrafos, biólogos, expertos en patrimonio natural, entre otros profesionales, debe primero internalizarlo y aprehenderlo para sí.

Nuestros geositios

El Noroeste argentino tiene un enorme muestrario de paisajes de sensible belleza que se leen como palimpsestos geológicos. Uno muy notable corresponde a los geositios de “La Garganta del Diablo” y “El Anfiteatro” en el cañón de la Quebrada de las Conchas sobre la ruta a Cafayate. Estas geoformas erosivas fluviales, secas, en un clima semiárido, corresponden en realidad a antiguas cataratas formadas durante los últimos deshielos de fines del Pleistoceno o de la última era glaciar.

Cuando el individuo deja de “mirar” y “ve” (en su mente) las grandes caídas de agua cristalina, entonces comprende como por arte de magia el palimpsesto. Otro caso son las dunas de Cafayate formadas por arenas micáceas del fondo de un lago que existió allí unos 30 mil años atrás, producto de una mega avalancha en el cerro El Zorrito que obturó la salida de las aguas de los ríos Calchaquí y Santa María. Luego el lago se vació y las arenas del fondo comenzaron a ser removidas por el viento que las amontonó dando hermosos campos de dunas. En sentido parecido los actuales salares de la Puna se llenaron de agua durante la era glaciar cuaternaria y se convirtieron en lagos. Todavía es posible ver terrazas y antiguas líneas de costa de esas aguas dulces a decenas de metros de altura sobre el piso de los salares.

El borde occidental del salar de Pocitos, en la ruta a Tolar Grande, muestra una de estas terrazas o paleocostas formada por capas de calcáreos travertínicos. La película argentina “Mi Obra Maestra”, de Guillermo Francella y Luis Brandoni, muestra desde la mirada del pintor uno de los paisajes más bellos y policromáticos del norte argentino: la serranía de Hornocal en la región de Humahuaca (Jujuy). La aclamada película comienza y termina con ese hermoso y a la vez complejo paisaje de capas geológicas cretácicas y paleógenas, dobladas o plegadas en una estructura sinclinal, que fuera volcado magistralmente en el lienzo por el artista. Decenas de ejemplos se multiplican en la generosa geografía del territorio andino. Se propone aquí un definición reduccionista: “El paisaje natural es un complejo palimpsesto tectono - climático, morfodinámico, producto de múltiples causalidades y casualidades a lo largo del tiempo geológico”.
 

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