"Después evaluaremos qué  se hizo bien y qué mal"

Florencia Luna es doctora en Filosofía, graduada en la UBA y con una maestría Columbia University. Sus trabajos de investigación académica y las asesorías en la Organización Mundial de la Salud y en la Organización Panamericana de la Salud le otorgan especial autoridad para opinar sobre la crisis causada por el coronavirus. En esta entrevista con El Tribuno, se expresa con prudencia y convoca a un solidario acatamiento de las restricciones y a los cambios de hábitos que impone la cuarentena.

"Nadie ignora que hay problemas económicos acumulados y no conocemos las consecuencias finales de la cuarentena, pero lo peor sería no hacer caso y conspirar contra una apuesta colectiva que busca que la epidemia sea lo menos virulenta posible. Después, cada uno seguirá con su vida y podrá evaluar lo que se hizo bien o mal". Florencia Luna es autora de varios libros sobre cuestiones de Bioética. Entre ellos "Reproducción Asistida, Género y Derechos Humanos en Latinoamérica" , y en colaboración con la filósofa norteamericana Arleen Salles, "Bioética: investigación, procreación, muerte y otros temas de ética aplicada" y "Decisiones de vida y muerte: aborto, eutanasia y otros temas de ética médica".

Hoy el mundo intelectual, ante la expansión de la pandemia, vuelve a pensar a fondo sobre la civilización y el futuro. El miedo parece agitar fantasmas apocalípticos. ¿Cuál es su vivencia personal y su reflexión en medio de este mundo invadido por el coronavirus?

No me animo a conjeturar cómo será el mundo cuando esta pandemia pase. Supongo que muchas cosas van a cambiar. La paralización económica de gran parte del mundo va a tener consecuencias... consecuencias sociales fuertes, también. En estos momentos, más que preocuparnos, a todos nos corresponde ocuparnos de lo que está sucediendo y sobre lo que podemos actuar relativamente.

Varios ensayistas y columnistas anuncian un vuelco tecnológico posterior al coronavirus...

Yuval Harari advierte sobre un posible abuso de poder por parte de los Estados. Los temores sobre el posible mal uso de la tecnología son históricos y es simple... un martillo puede servir para construir un mueble, o para destruirlo. Y así pasa con cualquier herramienta. Creo que no se había tomado conciencia de los alcances de los productos tecnológicos.

 

¿Estamos embelesados?

Una imagen de los últimos tiempos es la de todos nosotros entretenidos con el celular y sin pensar en que, al usar cada uno de los servicios y aplicaciones, estamos brindando gran cantidad de información no sabemos a quién. Lo que pasa es que usar el celular nos gusta, nos sirve, nos hace felices, y por eso no nos detenemos a pensar en lo que pasa con la información que otros manejan acerca de nosotros. Cuando queremos utilizar una APP aceptamos las condiciones, o no podemos acceder a ellas. Las aceptamos sin leer esas condiciones, y si las leemos, no tenemos demasiadas chances u opciones. No es que uno elige verdaderamente qué quiere y qué no quiere aceptar. Es "tome o déjelo". Y con las redes sociales es exactamente lo mismo.

 

¿Es el peligro del "gran hermano"?

Es un poder importante, que puede ser bueno o malo según cómo se lo use. La Organización Panamericana de la Salud puede rastrear epidemias o brotes a través de las redes sociales más que por los reportes médicos. Es positivo que se pueda dar ese uso a la tecnología, pero que sea posible ese nivel de información sobre las personas y la sociedad puede ser riesgoso; por ejemplo, convertirse en instrumento de discriminación. El nivel de controles sobre las personas en China asustan pero, ¿y nosotros?. Cada vez tenemos más cámaras en las calles y en los medios de transporte. Eso ayuda a ubicar a un criminal... pero también puede servir para otros controles. La tecnología siempre otorgó poder... solo que ahora es muy poderosa y está en pocas manos. Lo mismo pasa con los datos genéticos. Hoy, aunque sean anónimos, con muy pocos elementos generales es posible ubicar a las personas. Esto precede a la pandemia, por supuesto, pero con la pandemia los temores se exacerban.

El ensayista germano coreano Byung-Chul Han hace un análisis minucioso del desarrollo de big data que permite a China y Corea disponer de una gran cantidad de datos, macro información, sobre las personas. Esto ya les está permitiendo controlar la pandemia sin cuarentena y luego podrían servir para un enorme control de las personas... y lo asocia con el autoritarismo propio de la cultura confuciana ¿Puede ser que no les importe la privacidad?

Nosotros, me parece, tenemos un concepto equivocado sobre nuestra propia privacidad; no tenemos asumido la cantidad de datos de nuestras vidas que estamos brindando. Puede ser que esos pueblos estén más predispuestos que nosotros a responder a las autoridades y acatar disposiciones. Pero nosotros tenemos un falso sentido de la privacidad, de la libertad. Cuanto más conectados estamos en las redes, menos privacidad tenemos.

 

¿Esta pandemia era esperable? ¿Está racionalmente manejada?

Es difícil para mí evaluar si está bien o mal manejada. Nuestro país tiene una situación muy diferente a la de los europeos. España e Italia están desbordados. En Italia ya se selecciona en las salas de terapia intensiva para decidir a quién salvan y a quien queda librado a su suerte. Como en la guerra. Si trasladamos esto a nuestro país y vemos que tipo de medidas nos están pidiendo, está claro que el objetivo es frenar el COVID-19. Tenemos que quedarnos en casa, lavarnos las manos, usar alcohol en gel, pero en Argentina tenemos una población vulnerable más amplia que el los países europeos. Y esa parte de la población no vive en hogares con suficiente abastecimiento de agua potable, ni le alcanza para el jabón y el gel. Acá no se trata solamente de resguardar a las personas mayores. Por eso creo que hay que acompañar las directivas.

 

Hay bastante desacato y críticas, además de sanciones, a los que infringen la cuarentena...

Estas son cuestiones de salud pública, donde el bien principal es el bien común, y hay que asumir que se trata de un acto de justicia, porque aislándonos, nos estamos protegiendo, pero estamos protegiendo la salud de todos. Parece un recurso medieval, pero es la conducta que cabe frente a una epidemia que puede llegar a desbordar los servicios de salud. Este desborde no solo va afectar a las personas contagiadas con coronavirus, sino también a los pacientes de otras patologías comunes, incluso urgencias como una peritonitis, una afección cardíaca o un parto, que quedarán dando vueltas si los hospitales agotan su capacidad. Y esto es lo que hay hacer. Si hay semejantes situaciones en sociedades supuestamente más organizadas y con índices muy inferiores de pobreza, ¿Qué podemos esperar nosotros? Estamos en el baile y hay que bailar. Y con esta decisión, con disciplina y solidaridad, pensando en el bien común ante la posibilidad de un desborde. Nadie ignora que hay problemas económicos acumulados y no conocemos las consecuencias finales de la cuarentena, pero lo peor sería no hacer caso y conspirar contra una apuesta colectiva que busca que la epidemia sea lo menos virulenta posible. Después, cada uno seguirá con su vida y podrá evaluar lo que se hizo bien o mal.

 

¿Qué dice la ética en esta coyuntura?

En Bioética se habla siempre del principio de autonomía, que es muy importante, pero funciona especialmente en la ética clínica; en el ámbito de la salud pública hay que pensar en la salud de todos.

 

¿Se puede comparar esta experiencia con las pandemias de otros siglos?

Creo que el COVID-19 sorprendió al mundo. Lo tomó desprevenido. En otra época, la gente sabía que una epidemia era factible. Para nuestro tiempo, es totalmente novedoso y muy difícil de entender. Es muy global, genera miedo, angustia... Y hay que mantener la calma, esperar a ver qué pasa. No tiene sentido empezar a plantear escenarios que angustien más a personas que no pueden salir a trabajar, que no saben cómo van a llevar el pan a la familia. Veníamos de una sociedad exitista, hedonista, donde uno siente que hace lo que quiere, que cada cual reclama derechos que ahora se le restringen y así cuesta mas que una época donde no se sentía como propios tantos derechos, donde no todo estaba al alcance de la mano y donde no estaba vigente semejante principio de autonomía. Tenemos que pensar, sobre todo, en aquellos más vulnerables. Actuar éticamente es difícil. A todos nos cuesta hacer lo que tenemos que hacer, y siempre encontramos mil excusas para tratar de no hacerlo. Es una lucha entre nuestra razón, nuestras pasiones y nuestro interés, nuestro bienestar, "nuestras inclinaciones", de las que hablaba Kant. Lo que la ética nos propone es ser solidarios, responsables...

 

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