Agosto de 2020 conecta la pandemia con la Pachamama y el pachakuti

Agosto tiene su verbo: agostar, con varias acepciones, todas ominosas. Si se refiere al excesivo calor, es secar o abrasar las plantas. Si alude a sensaciones personales, “consumir, debilitar o destruir las cualidades físicas o morales de alguien”. Pero también significa arar o cavar la tierra en el mes de agosto para limpiarla de malas hierbas. Todos hemos escuchado en alguna ocasión los adagios populares “Hay que pasar agosto” o “Julio los prepara y agosto se los lleva”. Y nadie puede desoír a los médicos, que atribuyen una mayor incidencia de afecciones respiratorias y cardíacas provocada por los cambios climáticos inherentes a agosto, como la ocurrencia del viento zonda.
Pero más allá de esta evidencia incontrastable, incluso en época de pandemia conviene depositar la buena fe en estos 31 días que gozan de tan mala fama.
Para la licenciada Katia Gibaja, presidenta de la Fundación Ecos de la Patria Grande y directora de la Academia de Quechua Qollasuyo Salta, este agosto de 2020 encuentra a la humanidad desorientada ante un virus de etiología desconocida y con la mirada puesta en la Tierra. Así, todos los seres vivos del planeta se han homogeneizado en una certeza desconcertante. 

Katia Gibaja


“Hasta los animales se dan cuenta de que algo pasó, ellos empiezan a tener mayor libertad de acción, y nosotros, desde los hogares, nos empezamos a dar cuenta de que ese espacio -donde dormimos, comemos estamos con los seres queridos- pasa a ser el templo más importante de la vida, donde nos refugiamos para poder sentir lo humanos que somos y donde el amor prevalece”, expresó. 
Añadió que los machulas incas, a los que definió como descendientes de los incas que se encuentran en el anonimato y siguen viviendo en la cordillera de los Andes, profetizaban una nueva era para la humanidad. “Ellos decían que se vendría el tiempo del ‘cheqari’, el tiempo de la verdad, en el que nos enteraremos de todo. Ya no habrá nada escondido, no habrá secretos, tendremos que conocer todo lo que la Madre Tierra conserva. El asfalto hoy se vuelve tierra y en esa tierra nos enteramos de qué hacían los humanos, cuál es el diagnóstico situacional de la tierra. Y a veces los oídos duelen cuando escuchamos tantas noticias que jamás hubiésemos imaginado que se vivirían en una misma generación: tantas atrocidades con nuestros niños, con nuestros ancianos, con nuestra familia, y es así el tiempo de la verdad”, describió.

Profecía

Añadió que los machulas conjeturaban el advenimiento de un pachakuti. Este concepto, de origen quechua, se forma combinando los vocablos “pacha”, tierra, tiempo y espacio, y “kuti”, retorno. “Se trata del retorno del tiempo, el espacio y la tierra en relación con el universo. Pachakuti es la transformación del universo. ‘Hinantin kanka hanan pacha kikin kanka kay pacha’. El mismo orden que hay en el cosmos, el mismo orden que hay en la tierra. Hoy nos hemos desordenado”, señaló. Agregó que ese proceso de reordenamiento resulta propicio para retomar los valores éticos y axiológicos del pasado incaico para una buena convivencia. “Se empiezan a desempolvar de las bibliotecas pétreas que nos dejaron los abuelos, especialmente en la cordillera de los Andes, cuando nos decían que para el ‘allin kawsay’, el buen vivir, necesitábamos de valores éticos”, afirmó Katia. Estos son, enumeró, el “ama suwa”, no robar; el “ama llulla”, no mentir; el “ama q’ella”, no ser ocioso; el “ama map’a”, no ser inmoral con el propio cuerpo ni con el cuerpo de otro; y el “ama ñeq’e”, no matar animales, ni siquiera pequeños, en defensa de la vida. 
Además de ese orden con cinco preceptos, ayudarían los trece valores de convivencia. 
“Estos son el buen pensar; el amar bien, a conciencia y siendo fiel a uno mismo; el dormir bien; el cantar bien, a viva voz y con todo lo que le da el pulmón, no importa si tiene o no una gran voz, pero que lo haga desde el corazón; el bailar bien, con toda la expresión de su cuerpo; el alimentarse bien, con los productos natural que da la Madre Tierra para preservar la salud del cuerpo; el pensamiento positivo; el recordar bien; el soñar bien; y el que ensueña, el sueño despierto, también con un compromiso importante que de ahí vienen los espacios de meditación en los Andes, mirando hacia el infinito recordando a los apus, los seres protectores”, detalló. 
Justamente no es menor el precepto del buen dormir en este periodo, cuando la mayoría aduce problemas para conciliar el sueño. En el imaginario inca “se dice que hay que dormir la energía de dos días, es decir, antes de las 12 de la noche para terminar la energía del día y luego después de las 12 con la energía del día siguiente. Solo así podrán descansar nuestras mentes”, aclaró Katia. 

Homenaje a la luna y a la Madre Tierra hasta el 15

Katia Gibaja participó, junto a líderes espirituales, de la Serenata de la Luz bajo la Luna de Acuario, una transmisión que se efectuó el 3 de agosto pasado a través del Instagram de Argentina Medita. “Hicimos un homenaje a la Luna, la mamá quilla, nuestra madre, que vela los sueños e ilumina la oscuridad mientras uno descansa. Nuestra madre es aquella que nos permite tener un descanso y en esta época es tan importante sentir su presencia, ya que mucha gente no puede congeniar el sueño”, afirmó. Añadió que en esta serenata a la Luna se homenajeó a la mama quilla que terminaba de parir una luna llena. “Debíamos trabajar a conciencia, muy especialmente las mujeres. Por supuesto, estaban los varones también. Había que arrullarla a ella, contenerla porque nos enviaba una energía vital para este cambio de la humanidad”, destacó. Lo hicieron con canciones de arrullo a la cosmovisión andina. Trabajaron el encuentro con el mundo cósmico y universal, el “hanan pacha”; una canción susurrante, con el mundo que habitamos, el “kay pacha”; y el mundo interno, el “ukhu pacha”. 

La Pachamama

Para quienes aún no hicieron los sahúmos o la corpachada alentó a efectuarlos hasta el 15 de agosto. 
“El 1 de agosto, ni bien aparecían los primeros rayos del sol, en la cultura incaica ya se comenzaba a sahumar la casa, con plantas desinfectantes que la mayoría tenía en sus jardines, se hacían oraciones en quechua. Luego se sentaba la familia a tomar una bebida caliente, el famoso ‘qoymi’, una infusión con muchas vitaminas, plantas que ayudarían a fortalecer el cuerpo y se tomaba a primera hora de la mañana, después de sahumar. El qoymi alimentaría el cuerpo, sobre todo en vitamina C para pasar agosto”, especificó Katia. 
Posteriormente, relató, la familia se ponía a pensar cómo haría la corpachada, el homenaje a la Madre Tierra. “Abrían una boca circular en la tierra, donde de una forma muy humilde y de agradecimiento se entregarían los mejores alimentos a la Pachamama por los alimentos y el agua que nos da durante el año”, indicó. 
Así, una vez al año el clan elegía un día, del 1 al 15, en el que se reuniría la familia por extenso: hijos, nietos padres, sobrinos, tíos, primos y haría una gran fiesta en conmemoración a la Pachamama.
La etimología de la palabra es “madre tiempo, madre espacio y madre tierra. Esta tierra que nos nutre y nos contiene y es mujer. Pachamama bendita, kusilla, kusilla, alegría, alegría”, completó Katia. 
También era el día en que se festejaban los natalicios de todos porque no había cumpleaños individuales, sino comunitarios. “Por eso cuando en las comunidades se pregunta: ‘¿Cuántos años tienes?’. Responden: ‘¿Cuántos tendré?, porque no se cuentan los años el día que uno nació, sino para qué uno está ya en disposición: ya camina, ya puede trabajar, ya se puede casar, es decir, las etapas madurativas, y no tanto las etapas cronológicas”, manifestó, invitando a reproducir esta fiesta en la que se reeditan los principios básicos de los pueblos originarios: la reciprocidad, el trabajo compartido, la hermandad y la solidaridad. 

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