Corea del Norte  e Irán, "eje del mal	"

El principio de acción y reacción tiene plena vigencia en la política internacional.

Los sucesivos anuncios sobre la normalización de las relaciones entre Israel y las monarquías petroleras del mundo árabe, impulsada por Donald Trump y considerada un éxito de la diplomacia estadounidense, tienen como objetivo el aislamiento de Irán en Medio Oriente.

En contrapartida, las informaciones sobre la reanudación de la cooperación técnica en materia nuclear entre Irán y Corea del Norte traducen la reacción del régimen de Teherán ante la iniciativa de Washington y conllevan la posibilidad de un salto cualitativo en el plan atómico iraní.

El famoso "eje del mal", así bautizado en 2001 por George W. Bush, reaparece en el escenario político mundial.

El exitoso avance de las negociaciones entre Israel y las monarquías del Golfo Pérsico había alterado fundamentalmente el equilibrio político en Medio Oriente.

Estados Unidos, garante de la seguridad israelí, compromete un sustancial aumento en la cooperación militar con los países árabes que acepten relegar a un segundo plano el pleito palestino y aunar esfuerzos para contener al nuevo enemigo común: el régimen teocrático de Teherán.

En términos históricos, puede decirse que asistimos a un recrudecimiento de la secular disputa religiosa intra-

islámica entre sunitas y chiitas, que tiende a colocarse por encima de la solidaridad del mundo árabe con la causa palestina.

Este cambio en la perspectiva estratégica no es fruto de ninguna casualidad ni de un súbito rapto de inspiración de las elites dirigentes.

Irán había aprovechado la cruzada internacional contra ISIS para fortalecer su protagonismo en todo Medio Oriente, mediante su alianza con el gobierno sirio de Bashar al-Assad, el afianzamiento de su influencia sobre el gobierno de coalición encabezado por los chiitas en Irak y su abierto patrocinio a la guerrilla chiita de Hezbollah en El Líbano, que le proporciona un valioso enclave militar en la frontera meridional con Israel.

De esta forma, Teherán se transformó en un actor relevante de la política regional y en una amenaza simultánea para la seguridad de Israel y de las monarquías del Golfo.

El convite de Ryad

Frente a semejante desafío existencial, la monarquía saudita, tradicional aliada estratégica de Estados Unidos, intensificó sus antiguas y nunca interrumpidas conversaciones secretas con Tel Aviv y alentó a la Casa Blanca a tomar la iniciativa para detener la expansión de Irán.

Trump, urgido por acreditarse algún triunfo diplomático que mejorase sus comprometidas chances de reelección, aceptó el convite de Ryad.

El resultado fueron los acuerdos suscriptos primero por Israel con los Emiratos Árabes Unidos (EAU) y luego con Bahréin, que en los próximos meses serán seguidos seguramente con tratados similares con Omán y luego con Arabia Saudita, mientras que con el incentivo de la ayuda económica de los petrodólares se procura la adhesión de varios países árabes no petroleros, entre ellos Sudán y Marruecos.

Ante la ofensiva estadounidense, Teherán tampoco se quedó atrás.

El diputado iraní Mohammad Reza Mirtajaldini blanqueó públicamente la respuesta cuando propuso la creación de una coalición internacional de países sancionados económicamente por Estados Unidos, un "club de enemigos" que incluye desde Corea del Norte en Asia hasta Venezuela y Cuba en América Latina.

"El "club de enemigos' de EEUU que incluye desde Corea del Norte a Venezuela y Cuba en América Latina".

La propuesta implica la posibilidad de encarar una presión multilateral para lograr el levantamiento generalizado de esas sanciones.

El régimen de Kim Jong-un no vaciló en aceptar. Este viraje intensificó la cooperación del régimen norcoreano con el plan nuclear iraní, cuya profundización podría llevar a que en no demasiado tiempo el régimen chiíta esté en condiciones de materializar el anhelado sueño de fabricar su propia bomba atómica.

La sociedad de la bomba

La cooperación entre Irán y Corea del Norte empezó con el triunfo de la Revolución Islámica en 1979.

Desde sus comienzos, Kim Il Sung, el líder norcoreano y abuelo de Kim Jong-un, se sintió atraído por la línea antinorteamericana del régimen encabezado por el ayatollah Jomeini e impulsó un sólido sistema de relaciones diplomáticas, económicas y militares bilaterales. Cuando en 1980 el Irak de Saddam Hussein, en aquel entonces con el beneplácito estadounidense, declaró la guerra a Irán y el embargo de armas implantado por Washington colocaba a las fuerzas iraníes en una notoria desventaja, Corea del Norte envió asesores y una ayuda militar que se mantuvo durante los ocho años de duración de esa sangrienta contienda.

Esta colaboración no supuso empero la consolidación de una alianza estratégica.

Las diferencias entre el cerrado dogmatismo marxista de los norcoreanos y el fundamentalismo islámico de los iraníes establecían una barrera cultural que entorpecía el diálogo político. La desconfianza se acentuó a principios de la década del 90, cuando Corea del Norte, cuyo aparato de defensa había quedado virtualmente desmantelado por la desaparición de la Unión Soviética, y China todavía no estaba en condiciones de protegerla, ensayó una extraña apertura secreta hacia Israel para conseguir equipamiento militar y hasta una eventual vía de interlocución con Washington, en un singular ensayo de pragmatismo que fue clausurado por el enérgico rechazo del gobierno de Bill Clinton.

Esas oscilaciones se mantuvieron a lo largo del tiempo. Mientras tanto, los dos países sufrieron las consecuencias de las sanciones económicas occidentales por sus respectivos planes nucleares. 
La invasión a Irak les dejó a ambos una lección: Saddam Hussein no habría sido derrocado si hubiera logrado convertir a su país en una potencia atómica. 
Los planes nucleares pasaron a constituirse en la prioridad estratégica ineludible y la cooperación recíproca pasó a ser la regla. No obstante, ambas partes conservaron siempre ciertas prevenciones sobre la posibilidad de que la otra pudiera acordar unilateralmente con Estados Unidos. 
Así fue como Corea del Norte advirtió sobre el acuerdo de Irán con Washington durante la presidencia de Obama y, a la inversa, Irán alertó sobre los riesgos del acercamiento entre la Casa Blanca y Kim Jong. De todos modos, la alianza sobrevivió a los recelos mutuos.
La entente entre Teherán y Pionyang se proyectó en el vínculo establecido entre Corea del Norte y Siria, principal aliado de Irán en Medio Oriente. 
Los norcoreanos brindaron asistencia militar al régimen de al-Assad. Con el silencio de Occidente, colaboraron incluso con la provisión de las armas químicas empleadas para combatir a las huestes de ISIS. Como demostración de agradecimiento, al-Assad inauguró en Damasco una estatua de Kim Il Sung, la única existente fuera de su país.
De este modo, Irán consolidó también su influencia en Siria, otro país fronterizo con Israel, que sumó a su ya tradicional presencia en el sur del Líbano junto a las milicias de Hezbollah.
Ante la amenaza derivada del surgimiento de este nuevo cinturón de seguridad regional forjado entre Israel y las monarquías petroleras árabes con el patrocinio de Estados Unidos, Irán ofrece a Corea del Norte una inyección de dinero para evitar el colapso de su anémica economía a cambio de una multiplicación de la cooperación militar binacional. El ayatollah Ali Khameini afirmó que “la República Islámica de Irán y Corea del Norte tienen enemigos comunes ya que los poderes arrogantes no pueden soportar gobiernos independientes”. 
No es una apreciación tranquilizadora.

 * Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico.
 

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