La ilusión de los precios máximos

Escoba nueva barre bien... Muchas veces, las nuevas medidas económicas que toman los gobiernos suelen tener buenos resultados, especialmente cuando se las complementa con un programa consistente.

Un buen ejemplo es el Plan Austral que, por aproximadamente un año, logró reducir drásticamente la feroz inflación de tres dígitos anuales que soportaba la Argentina de entonces (1985), apoyado en un control de precios y salarios, unido al compromiso de frenar y disminuir el déficit fiscal y la expansión monetaria consiguiente. Sin embargo, las inconsistencias en que incurrió posteriormente el Gobierno, principalmente haber cedido ante la presión sindical y no haber mantenido con firmeza la disciplina fiscal, posibilitaron que la inflación reapareciera, hasta alcanzar los picos hiperinflacionarios de 1989 y 1990.

Ahí va la buena....

Un muy buen amigo y colega contaba que un compañero de trabajo suyo, por más que reiterados esfuerzos previos no le permitieran alcanzar buenos resultados, sin desfallecer en sus intentos y al acometer nuevamente la tarea, empleaba la muletilla: "Ahí va la buena...".

Probablemente, los gobiernos que repetidamente insisten con los "programas antiinflacionarios" focalizados en exclusiva en los controles de precios, precios máximos, precios cuidados (­cuidado con los precios!...), etc., estén al tanto de la mencionada muletilla, o al menos coincidan en la autoconfianza del compañero de trabajo de mi amigo, porque, de manera similar, insisten en estos mecanismos con una convicción admirable, lo que, al mismo tiempo, desnuda una memoria, no "corta" sino inexistente.

En efecto, ya desde los esfuerzos de control de precios del segundo Ministro de Economía de Perón, Alfredo Gómez Morales, en los primeros años de los cincuenta del siglo pasado (y como consecuencia de la inflación que la política anterior del ministro Miranda había provocado), pasando años después por el Plan Austral ya mencionado (y con varios intentos en los años intermedios), hasta los repetidos esquemas de controles de precios ensayados por los gobiernos del presente siglo, todos, sin excepción, han fracasado. No se menciona el Plan de Convertibilidad por haber tenido características diferentes, al mismo tiempo que es necesario puntualizar que la inflación que le sobrevino provino de una previa "salida de la convertibilidad", no es objeto de esta nota su análisis, que se deja para otra oportunidad.

¿Por qué fracasan siempre?

Los controles de precios, más allá de la forma que se escoja para intentar frenar su ritmo de aumento, fracasan por la misma razón por la que tampoco se logra bajar la fiebre de un enfermo poniéndole solamente paños fríos en la frente: un médico nos señalaría que "si no se atacan las causas de la fiebre, los paños fríos no resuelven el problema", frase que sin duda nos resulta familiar, ¿verdad?

En el caso del congelamiento de precios que se anunciara por parte del nuevo secretario de Comercio, Roberto Felleti en los "idus" de octubre de 2021, ocurre algo similar.

La idea de congelar precios se adopta en ausencia de otras medidas de fondo, como el control del déficit fiscal, una razonable y consensuada apertura de la economía, iniciativas para alentar mayores exportaciones, el comienzo de discusiones para aliviar la presión fiscal y encarar una reforma laboral, para poner solamente un puñado de cuestiones básicas que atañen a la inflación endémica de la Argentina; así, queda al desnudo la incapacidad del Gobierno para entender el problema de la suba sistemática de los precios, de la que solamente se toma nota en sus efectos visibles inmediatos, que son justamente los incrementos en los precios.

Justamente, una forma más que obvia de advertir que se ignora la verdadera naturaleza de la inflación, es el hecho de que el secretario de Comercio Felleti pertenece a un ministerio distinto (el de Producción) al de Economía, que debería ser el que se ponga al frente de un programa antiinflacionario.

A todo esto, la pregunta de por qué fracasan los controles de precios también se responde al advertir que la demanda de la economía se alimenta en forma permanente con la expansión de los medios de pago, al mismo tiempo que, del lado de la oferta, un componente muy importante de los costos es el tipo de cambio.

Este se encarece en mayor o menor medida ante la escasez de moneda extranjera y a esto hay que sumarle que la carencia de divisas ralentiza la producción fuertemente dependiente de importaciones de insumos y equipos. Como agravante, se impide la competencia de productos importados que complementen la oferta doméstica de bienes y servicios. Es evidente, entonces, que la presión de esta expansión monetaria inevitablemente se vuelca a subas de precios, tanto de los bienes y servicios de la producción doméstica, como del tipo de cambio, toda vez que, aun sin "saber Economía", los agentes "huelen" las inconsistencias económicas y se cubren ante ellas del mejor y más simple modo que existe en la Argentina, que es comprando dólares, ni más menos que las aves se alejan de la rama en la que están posadas cuando esta se mueve ante un sismo, elevándose, aun sin saber una palabra de Física.

Siempre, la misma piedra 

¿Quién aprende de los errores pasados? 
Una escuela de Economía, denominada Expectativas Racionales, sostiene que las personas aprenden de sus errores, con lo que no los cometen de manera sistemática. Tal vez esta hipótesis no sea del todo correcta en la Argentina, ya que acostumbramos votar una y otra vez a gobiernos que han incurrido en serios desaciertos de política económica y de política a secas en períodos anteriores. 
No obstante lo anterior, el resultado de las elecciones del 12 de septiembre pasado estaría indicando que, aunque con muchos “rezagos”, esto es, habiendo pasado mucho tiempo durante los que los errores se repetían sin capitalizarlos, al fin las personas estarían tomando distancia de políticas que claramente se evidencian como equivocadas.
Sin embargo, el que parece no tomar nota de sus errores es el propio gobierno, que insiste con “soluciones” completamente desacertadas, no obstante disponer además de toda la información para verificar que tales políticas han fracasado una y otra vez. Es como si, volviendo al ejemplo de los pájaros, los pilotos de aviones, que sí tienen conocimientos de Física, viendo que la pista amenaza con resquebrajarse ante un sismo, no se apresuraran a levantar vuelo, confiando que las grietas que se hacen cada vez más ostensibles no los atrapen en la pista...
Un recordado médico de Salta, Amaro Morón Jiménez, especialista en mordeduras de serpientes y trágicamente desaparecido, contaba la anécdota de un paisano de nuestra Provincia que metió un brazo en un hueco en un saliente de tierra, y al advertir un fuerte dolor, ¡metió el otro brazo!... 
Tal vez sea tiempo de que los gobiernos argentinos, no solo eviten “meter el otro brazo”, sino que se abstengan de introducir el primero, y, mejor aún, tomen nota de que si se observa “un agujero”, lo mejor es no meter en él los brazos. Dicho de otra manera, si las “medidas” económicas dan malos resultados, suena aconsejable no insistir con ellas, y, de ser posible, no llevar a la práctica tales iniciativas. Parece razonable, ¿no?..
 

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