Quieren que la causa por una de  las mayores herencias de Salta llegue a la Corte

Con más de 20 años y una pila interminable de expedientes acumulados, la causa por una de las mayores herencias de Salta, que supera los 500 millones de pesos, agotó todas las instancias judiciales locales. Solo le queda un último recurso: que la Corte derive el caso a la Corte Suprema de Justicia.

La llave para que decida el máximo órgano judicial del país es el planteo de inconstitucionalidad de las sentencias locales que convalidaron un matrimonio impugnado. Eduardo Isasmendi Burgos asegura que hicieron casar a su padre, el empresario Néstor Burgos, un hombre mayor y alcohólico, con Benita Velarde, que padecía esquizofrenia, para quedarse con la herencia. Entre otras propiedades, se disputan los remanentes de finca La Vega, tierras que fueron expropiadas por tres gobiernos. Aseguran que el caso acumula inconsistencias y denuncian connivencia.

La historia de Eduardo Isasmendi podría ser una de las tantas que ocurrían en épocas en que era "mejor no hablar de ciertas cosas". Cuando su madre se embarazó, su abuelo, Severo Isasmendi, por entonces intendente de La Viña, se avergonzó y la envió a vivir a Salta, mientras que su padre desapareció. "Se fue con una prostituta", recordó sobre las explicaciones que, de adulto, le dio su progenitor. "Siempre fue mujeriego", reconoce Eduardo, aunque advierte: "Igual me dijo que si venía alguien a decir que era mi hermano era mentira, porque él contrajo sífilis y no pudo tener más hijos. Igual no vino nadie", aclara.

Ya fallecido el empresario, no aparecieron más hijos, aunque sí una esposa (que también está muerta). Eduardo Isasmendi Burgos asegura que no lo mueve el dinero para dar la batalla judicial. "A mí me fue bien", señala. El hombre se jubiló de biólogo investigador del Conicet y también ocupó cargos públicos. "Quiero que, a eso por lo que peleó tanto mi papá, no se lo lleve gente que ni lo conoció", asegura.

El biólogo creció en la casa del exilio, entre el rechazo de su familia materna y el desconocimiento total de la rama paterna. Junto a su madre vivían de su sueldo de docente. Por las tardes ella sumaba unos pesos con la costura. Cuando él tenía 12 años regresó su padre. "Ahí comenzamos un vínculo sentimental. Siempre nos visitamos los fines de semana", recordó. Finalmente, con ayuda de su padre, se recibió de biólogo. Al ir consolidándose el lazo, su padre le pidió legalizar la paternidad. "Yo me negué, ya me había recibido, era padre, era todo un problema cambiarme el apellido. Además también por mi mamá", admite.

Sin estar legalmente reconocido, Eduardo cuenta que de todos modos cumplía con su rol de hijo e iba a ver asiduamente a su padre. En una de sus visitas, a fines de 1995, se enteró de que su padre, con 71 años, se había casado con Benita Velarde, pero Eduardo no había sido invitado. Al reprochárselo, le respondió que continuaba siendo soltero. "Me dejó desconcertado. Mi papá tenía problemas de salud, era alcohólico y había sufrido un ACV. Al último, poco se podía creer en lo que decía... cómo se iba a casar así", indicó.

El matrimonio se trató por años en la Justicia local. La causa tiene el objetivo de dilucidar si los bienes se tienen que dividir o si Eduardo es el único heredero. El casamiento se celebró en 1995 con dos testigos: Rosa Velarde y Mercedes Tanus. "Debían ser cuatro", advirtió Isasmendi. La oficial del Registro Civil fue Sofía Gamboni.

"Benita tenía esquizofrenia crónica. Rosa, su hermana, era la curadora y fue testigo del casamiento. La otra testigo, Tanus, era la abogada de Rosa y esposa del abogado Casabella Espelta, que inició el juicio sucesorio. La oficial del Registro Civil era la cuñada de Rosa. Todo demuestra que era un casamiento arreglado", acusó Eduardo.

Seis años después del casamiento murió Néstor Burgos. "A los tres días inicia el sucesorio Casabella Espelta, que es quién estaba casado con Mercedes Tanus. El abogado Juan Casabella Dávalos se sumó después en el proceso", resaltó Isasmendi Burgos. Agregó que cuando él se presentó al juicio sucesorio sorprendió a más de uno. "Pensaron que mi papá no tenía hijos", advirtió. Así las cosas, el hombre se sometió a dos ADN que confirmaron su parentesco.

El caso tuvo un primer fallo en el que la jueza Estela Puch de Cornejo entendió que, por las circunstancias, el casamiento no era válido. En una segunda instancia la jueza Hebe de Samsón dio por válido el matrimonio y luego la Corte confirmó la sentencia.

$570 millones es el monto aproximado de la herencia que dejó el empresario agricultor Néstor Burgos.  Su hijo pelea para ser declarado único heredero. 

El fallo de Samsón se basó en que el Código Civil vigente por entonces solo reconocía la nulidad absoluta si entre los cónyuges había algún tipo de parentesco o si alguno había "sido autor, cómplice o instigador del homicidio doloso de uno de los cónyuges". Indicó además que por "privación permanente o transitoria de la razón, por cualquier causa que fuere" la nulidad era relativa y que, en tal caso, debía haber sido demandada por "los que podrían haberse opuesto a la celebración del matrimonio o por el cónyuge al recobrar la razón". En este caso, indicó, Isasmendi debería haber impugnado el matrimonio con los cónyuges en vida. "Pero fui reconocido post mortem", planteó el hombre.

El argumento

Los jueces también resaltaron que, para anular el casamiento, no debía haber habido vida marital, pero que los cónyuges convivieron. Como prueba indicaron que la situación marital quedó demostrada cuando, luego del casamiento, Burgos internó a Benita Velarde en calidad de esposo, en la clínica Monte Carmelo. "Era un alcohólico que se visitaba con una esquizofrénica. No había relación estable, él la ayudaba por pena. Ella padeció esa enfermedad por 50 años", insistió Isasmendi Burgos.

Sin embargo, los magistrados consideraron que no quedó demostrada la "falta de razón". En cuanto a que la cuñada de la esposa haya sido la oficial del Registro Civil, los jueces entendieron que no había incompatibilidad porque el artículo 172 del viejo Código Civil mandaba que para que exista un casamiento debía haber "pleno y libre consentimiento de ambos cónyuges ante autoridad competente", requisitos que, infirieron, se cumplieron.

Hoy, con la mayoría de los protagonistas muertos, el biólogo pelea la herencia con los sobrinos y hermanastros de Benita Velarde. Isasmendi tiene esperanzas de, al menos, llegar a la Corte Suprema.

 

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