¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

17°
26 de Abril,  Salta, Centro, Argentina
PUBLICIDAD

Arturo Illia, la ética de un estadista

Sabado, 06 de noviembre de 2021 01:50

En esta Argentina atravesada por una grieta que divide proyectos políticos, visiones económicas y hasta familias y amigos, la figura de Arturo Umberto Illia se muestra como un faro que nos guía. Es que el presidente que gobernó el país entre 1963 y 1966 sobrevuela esas diferencias, cabalga sobre sus virtudes, y hoy obtiene el reconocimiento de todo el pueblo argentino.

Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

En esta Argentina atravesada por una grieta que divide proyectos políticos, visiones económicas y hasta familias y amigos, la figura de Arturo Umberto Illia se muestra como un faro que nos guía. Es que el presidente que gobernó el país entre 1963 y 1966 sobrevuela esas diferencias, cabalga sobre sus virtudes, y hoy obtiene el reconocimiento de todo el pueblo argentino.

Si varias encuestas lo ubican como el argentino más honesto, por delante de René Favaloro, Manuel Belgrano y el Papa Francisco, es porque Arturo Illia representa el espejo en donde todos los argentinos de bien deseamos reflejarnos.

El perfil de este hombre probo, continua sin embargo envuelto en un nebuloso desconocimiento. Esto se debe en parte al propio Illia, quien jamás aceptó que se difundiera su accionar con fines proselitistas. Para el caso, durante su presidencia no tuvo vocero ni secretario de prensa: consideraba que usar los fondos públicos para difundir actos de gobierno era demagógico, y además un despilfarro de los dineros de los contribuyentes.

A tal punto llegó su hermetismo que pocos saben que Illia vivió en Europa entre 1933 y 1934, y fue testigo del naciente fascismo al asistir a los actos públicos de Hitler y Mussolini. Hasta durmió un par de noches en un calabozo de Berlín por negarse a saludar con el brazo en alto a una patrulla de las SS. Luego palpó de cerca las monumentales democracias de los países nórdicos y concluyó, por simple comparación, en las ventajas del sistema republicano.

Casi nadie conoce que unos años más tarde Illia fue enviado al norte argentino a negociar con oscuros traficantes la compra de armas de rezago de la guerra chaco-paraguaya para defender al gobierno cordobés de Amadeo Sabatini ante una posible intervención federal a la provincia. Tampoco que en 1955 se erigió en el cerebro de los comandos civiles de la llamada Revolución Libertadora, usando un sistema de claves secretas absolutamente inédito para la época, y que en esa instancia padeció un simulacro de fusilamiento a manos de las fuerzas oficialistas. O que no fue un médico rural, sino un investigador de primer orden que junto a Salvador Mazza cambió la teoría vigente hasta los años 30 respecto de la lucha contra el mal de Chagas.

Durante los 65 años de militancia había recorrido cada rincón del país. Illia guardaba entre sus sienes el árbol genealógico de la Argentina. Siempre le preguntaba el apellido a su interlocutor para luego comentarle que había conocido a su padre, su tío, o su abuelo, con certeros detalles al respecto.

El presidente

En 1963 asumió la Presidencia de la Nación con una vasta experiencia política: senador provincial por el departamento de Cruz del Eje (1936-1940), vicegobernador de Córdoba (1940-1943), diputado nacional (1948-1952) y gobernador electo de Córdoba (1962).

Dos años y ocho meses duró la gestión de quien alguna vez recibió el mote de tortuga. A pesar del corto período, los resultados económicos fueron sorprendentes. El aumento del PBI fue del 10,3% en 1964, del 9,1% en 1965, y del 4,7% en los primeros seis meses de 1966. La industria creció 18,9% en 1964 y 13,8% en 1965; el sector agropecuario lo hizo al 7% y al 5,9%.

El gasto público disminuyó en relación al PBI, y el déficit del presupuesto se redujo de $4.054,1 millones en 1963, a $2.778,9 millones en 1965. Al mismo tiempo, la partida destinada a educación alcanzó el 24% del presupuesto nacional, la más alta de la historia, y su Plan Nacional de Alfabetización alcanzó a 350 mil alumnos de 18 a 85 años.

Ahora bien, a estas cifras que lo muestran como un eficaz administrador se sumó también la visión de estadista, es decir, de quien se adelanta a los acontecimientos.

En 1964, ante la dificultad para colocar en los mercados internacionales una cosecha excepcional de trigo, Illia decidió vender varios millones de toneladas a China Popular, aún gobernada por Mao Tse Tung. La Argentina se convertía en el primer país de occidente en comercializar con China, un mercado que hoy es codiciado por el mundo entero. Recién seis años más tarde el presidente norteamericano Richard Nixon viajaba a China con el mismo fin.

A principios de los 80, siendo estudiante de Derecho, tuve la suerte de compartir varios encuentros con Arturo Illia. En uno de ellos me relató con lujo de detalles esta operación comercial.

¿Cómo se animó en aquél tiempo a quebrar los prejuicios de comercializar con un país comunista? le pregunté. Y con la serenidad que lo caracterizaba respondió con otra pregunta: ¿Cómo no habría de hacerlo si nos pagaron al contado en libras esterlinas convertibles a oro a través del Banco de Londres de Hong Kong que actuó como agente financiero chino?

Illia pretendía pagar $8 el quintal, para que le quedara una rentabilidad al pequeño productor, pero las grandes comercializadoras ofrecieron $5,50. Al no ponerse de acuerdo, el Gobierno llevó a cabo la venta de manera directa a través de la Junta Nacional de Granos. La logística no fue sencilla, al haber pocos puertos a la altura de las circunstancias, y escasa capacidad de silos por quedar los privados al margen de la operación comercial. Todo se resolvió finalmente. Los chinos aportaron los buques y abonaron el flete, y así los productores recibieron el precio que propuso el presidente argentino.

Proyección internacional 

Illia sabía que el futuro estaba en Asia, y en la cumbre que mantuvo en octubre de 1965 junto a su colega trasandino Eduardo Frei, avanzó en la creación de una Federación Argentino Chilena con capital en la ciudad de Córdoba, para que sendos países pudiesen comercializar sus productos a través de los dos océanos. Se adelantaba así en dos décadas a lo que luego sería el proceso de integración regional. Meses antes de la Conferencia Internacional de Comercio y Desarrollo de Ginebra de 1964, por sugerencia de Illia, se reunieron en Alta Gracia, Córdoba, 77 países con las mismas inquietudes y perspectivas. La idea, que en definitiva se acordó, fue la de realizar una presentación conjunta frente a los países industrializados. Se consensuó una posición única y así nació el G-77.
Durante su presidencia se logró el mayor triunfo diplomático sobre Malvinas. La resolución 2065 de la ONU, aprobada el 16 de diciembre de 1965, instaba a los gobiernos de la Argentina y del Reino Unido a negociar sin demoras la soberanía de las islas. Por primera vez en muchos años se redujo la deuda externa, de US$ 3.390 a US$ 2.650 millones. Luego habría de crecer sin interrupción hasta la fecha.
Bajo su mandato se sancionó la ley del salario mínimo vital y móvil. En 1965 la tasa de desempleo se ubicó en el 4,4% y la participación del sector asalariado en el PBI pasó del 36% en 1963 al 41% a junio de 1966.
Cumpliendo la promesa de campaña electoral, Illia anuló los contratos petroleros firmados por decreto en la presidencia de Arturo Frondizi. Lo hizo por irregularidades jurídicas, pero también por motivos económicos: el metro cúbico de petróleo de igual calidad importado desde Rusia costaba por entonces US$ 13,02 puesto en el puerto de Buenos Aires, mientras que, por los contratos de Frondizi, las empresas concesionarias recibían del Gobierno US$ 15,20 por el petróleo argentino colocado en el mismo puerto. Sin los contratos, la producción petrolera siguió creciendo bajo una YPF bien administrada. 
Gobernó sin un día de estado de sitio ni denuncia alguna de corrupción. Al día siguiente de su destitución convocó al escribano mayor de Gobierno para hacer una manifestación pública de sus bienes. Al asumir la presidencia contaba con una propiedad en Cruz del Eje adquirida con el aporte de cuatro mil vecinos, que contribuyeron con un peso moneda nacional cada uno, útiles de consultorio, un automóvil y un depósito bancario de $300.000. A su derrocamiento, el 28 de junio de 1966, seguía teniendo la casa, pero había perdido el automóvil y el saldo de banco. 
A quienes fueron a derrocarlo les dijo que no representaban a las Fuerzas Armadas, y que eran “salteadores nocturnos que, como los bandidos, aparecen de madrugada para tomar la Casa de Gobierno”. De forma premonitoria les anticipó: “Sus hijos se avergonzarán de lo que están haciendo, y mañana los señalarán por haber producido horas tristes en el país”. Años más tarde, la mayoría de los que participaron en el golpe expresaron públicamente su arrepentimiento. Al día siguiente de su destitución, los asaltantes del poder encontraron $240 millones en efectivo en la caja fuerte del despacho presidencial. Eran los fondos reservados que Arturo Illia pudo haber usado sin rendir cuenta a nadie. El coronel Horacio Ballesteros, a cargo del operativo, solo atinó a decir: “Para qué lo habremos sacado a este tipo”.

(*) Autor de la novela histórica “Salteadores nocturnos”, sobre Arturo Illia    
 

PUBLICIDAD