El misterio de la inflación en la Argentina

Las novelas policiales y de misterio. Claramente, los argentinos somos desafectos a las novelas policiales y de misterio, aunque, más rigurosamente, somos desafectos a la lectura en general.

Es lo que ocurre universalmente, tal cual lo ilustra Bart Simpson, por lo que deberíamos destacar que de lo que no disfrutamos es de las películas policiales y de misterio.

La aseveración se basa en que no nos despierta curiosidad el hecho de que padezcamos inflación desde hace más de setenta años, aun con la pausa del período de convertibilidad entre 1991 y 2001.

Por supuesto, pese a que no nos llame la atención este tan extenso período que junto a la inflación nos retrotrajo comparativamente con las demás economías de Latinoamérica en términos de aumento de la pobreza, el desempleo y el estancamiento económico, al menos deberíamos interrogarnos sobre el porqué de tanta indiferencia nuestra ante este problema que prácticamente todas las economías del mundo han resuelto.

Para intentar abordar el tema de la inflación (una vez más), se planteará la forma en que las economías "normales" lo han resuelto y a renglón seguido se hará referencia a los fallidos intentos de abatir la inflación en la Argentina.

Las economías normales

Se considera que una economía es "normal" cuando, aun experimentando complicaciones como una baja tasa de crecimiento, inflación, desempleo y otras que suelen afectar a todas las economías en general, no exhibe valores demasiado elevados para ninguna de estas variables y logra satisfactoriamente resolverlos en plazos razonables.

En el caso de las economías "normales" y hacia la década de los ochenta del siglo pasado, en oportunidad de haber experimentado muchas de ellas durante algunos años elevada inflación, la respuesta que se escogió para reducir la tasa de incremento anual de los precios fue el aumento de la tasa de interés.

Este es un mecanismo que provoca una caída en la cantidad demandada de dinero porque esa demanda depende en forma inversa de la tasa de interés, y al requerirse menos efectivo en mano, efectivo que se vuelca a colocaciones que proporcionan rendimientos, disminuye naturalmente el consumo, lo que pone una primera limitación a la suba de precios.

Paralelamente, la mayor tasa de interés atrae capitales de otras economías que no la han aumentado y la demanda de moneda extranjera de estas últimas para comprar activos de "las normales" revaloriza o aprecia el tipo de cambio de las que han elevado su tasa. A su vez, esta apreciación de sus monedas abarata las importaciones provenientes del resto de las economías, lo que presiona los precios internos a la baja, logrando así una disminución de la inflación.

Los economistas ortodoxos, por su parte, conectando la medida inicial (retracción de la demanda de dinero) con el resultado final (descenso de la tasa de inflación), concluyen que rige la "teoría cuantitativa del dinero" según la cual el nivel de precios se asocia con la cantidad de dinero y la inflación con el aumento sistemático en dicha cantidad, siendo la recíproca también válida, esto es, descensos en la cantidad de dinero deben provocar disminuciones en la tasa de inflación.

No obstante, el mecanismo por el cual disminuye la inflación, como se ha señalado, no proviene de una menor cantidad de dinero sino del aumento en la tasa de interés, la cual se conecta en forma inversa con el tipo de cambio.

La inflación en la Argentina

Cuando se intenta repetir la rutina señalada para las economías "normales", la Argentina descubre algo desconcertante.

En efecto, la suba en la tasa de interés no acarrea una masiva corriente de capitales hacia la Argentina, con lo que tampoco se produce una importante demanda internacional del peso y mucho menos una apreciación del mismo.

Al no existir esa corriente de capitales hacia la economía argentina, los bancos sólo reciben efectivo adicional de los residentes que se tientan con las tasas más elevadas, pero como la economía está con bajo o ningún crecimiento, no hay demanda de las empresas por créditos y menos a las nuevas tasas más altas.

En cambio, los bancos, con muchos depósitos que no se traducen en préstamos por las altas tasas, cambian la composición de dichos depósitos, vale decir, los transforman en ... ­dólares! que luego venderán haciendo una ganancia de capital cuando el tipo de cambio suba.

El resultado entonces, lejos de traducirse en una apreciación del peso se transforma en todo lo contrario, vale decir, en una devaluación, la que se fortalece porque los demás agentes económicos, observando la suba del dólar, aplican aquello de "cuando veas a tu vecino que le cortan la barba..." y corren también a comprar los billetes verdes que así elevan aún más su precio.

Para frustración de los economistas ortodoxos, la "teoría cuantitativa" no opera en la Argentina (tampoco en las economías normales, claro está), o sea, la menor cantidad de dinero que se asocia a la suba en las tasas de interés no produce una baja en la inflación sino todo lo contrario, porque el mayor valor del dólar se traslada a los precios, a la vez que las tasas de interés más elevadas, al no haber préstamos que las acompañen, deben ser pagadas por el Tesoro o el propio Banco Central con Lebac, Leliq (o leru-lerus), lo que significa que, más tarde o más temprano, la economía argentina "debe ponerse" con los acreedores, y si una parte de estos son externos, habrá que hacerlo con dólares que escasean y consecuentemente tienen un precio elevado.

La causa real de la inflación

No es cuestión de proponer que la emisión monetaria sea inocua, o que cualquier tamaño de déficit fiscal dé lo mismo para un buen desempeño de las economías.

Tampoco hay tal cosa como una teoría económica para cada país o región, porque las leyes de la Economía son las mismas para todos (aunque la ortodoxia proponga algunas que no resisten la evidencia, y a veces tampoco el sentido común). 

Sin embargo, cargar todas las tintas en estos aspectos de la inflación, mientras se ignora o se desentiende del otro problema, esto es, que la inflación en la Argentina también y muy especialmente se produce porque existen estructuras económicas y sindicales que tienen la capacidad de imponer precios y (no menos importante) resistir los intentos de estabilizarlos, conduce al “misterio” de la inflación, que como se observa, no es tal, pero que para algunos conviene que esté envuelto en un velo que no debe correrse.

Se impone, por lo tanto, poner las cartas sobre la mesa, con la contundente evidencia de que todas las economías que han conseguido controlar la inflación, y no sólo las de mayor envergadura, exhiben una relación de su comercio exterior respecto al PBI (su grado de apertura) con valores que están en general por encima del 20%, en tanto el grado de apertura de la Argentina no llega al 10%, merced a elevados aranceles o bien prohibiciones directas a la importación. 

Por cierto, abrir la economía supone tener el coraje y la fortaleza política necesaria y suficiente para resistir los embates de los sectores afectados que han boicoteado siempre todos los intentos de conformar una economía más competitiva, teniendo en claro, por supuesto, que en tanto la mayor parte de la población se perjudica con la inflación, los sectores concentrados, en cambio, no se benefician evidentemente cuando la economía disfruta de estabilidad de los precios.

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