La historia del árbol bajo cuya sombra murió Martín Güemes

Cuenta la historia, que luego de ser gravemente herido aquella aciaga noche del 7 de junio de 1821, el General Güemes continuó galopando sin perder la posición que llevaba. Lo acompañaban el teniente coronel Eusebio Mollinedo, el capitán Rivadeneira y otros de los suyos, como Moreira, Margallo, Yanzi, Gallinato y Panana. Y continuó galopando abrazado al pescuezo del animal rumbo al cerro San Bernardo. Muy dolorido costeó la falda del cerro por la quebrada de Robledo, y luego tomó hacia el sur hasta que al alba por fin logró llegar a La Quesera. Y desde allí, con la ayuda de sus compañeros se internó en el bosque hasta la Cañada del Judío o Cañada de la Horqueta. En ese lugar, al pié de un cebil, los gauchos lo ayudaron a bajar del caballo y recostarse sobre un lecho precario armado con ponchos, mantas y partes de las monturas de los caballos. Y hasta esa especie de refugio, fue llevado el Dr. Antonio Castellanos para que le brindara atención médica. Más tarde, sobre el mismo lecho y bajo la tenue sombra otoñal del cebil, Güemes delegó el mando de su ejército al coronel Jorge Enrique Widt.

Y así transcurrieron las horas, recostado, dolorido y hablando con sus viejos camaradas y con los gauchos que afligidos se acercan para acompañarlo en esos momentos tan difíciles. Y finalmente, en ese precario cubil, recibió a los parlamentarios del jefe realista Olañeta que se acercaron para ofrecerle atención médica, garantías, honores y hasta empleo, propuestas que lo indignó y rechazó de plano.

Pero la herida que le había causado la “bala traidora”, era mortal y no había medicina que salvara su vida y tampoco que le atenuare el intenso dolor que le causaba. Y así es que cuando Güemes toma conciencia que su vida se apaga, con gran entereza y patriotismo convoca al coronel Widt y le pide juramento ante su espada, que continuaría luchando contra los realistas hasta lograr expulsarlos totalmente de nuestro territorio.

Finalmente y para su alivio moral y físico, llegó la agonía y el 17 de junio de 1821, fallece rodeado por el afecto de sus camaradas, gauchos y peones, entre estos, don José Nina de finca La Cruz. Al día siguiente, sus restos fueron trasladados a la capilla del Chamical donde recibieron cristiana sepultura. Allí permaneciron hasta que fueron trasladados a la ciudad de Salta por el gobernador Gorriti.

Luego de ser sepultado, no se sabe cuándo, al pie del cebil donde Güemes había expirado, alguien espontáneamente hizo un cuadrado con piedras alrededor del árbol, clavó una cruz y comenzó alumbrar con velas el lugar.

Reconocimiento del lugar

Pasaron los años hasta que en 1901, a pedido el presidente del Museo Histórico Nacional, Dr. Adolfo P. Carranza, llegó hasta el lugar el artista Arístene Papi. Debía levantar un croquis del sitio y, para cumplir con la misión encomendada, fue guiado por don Rubén Nina, hijo de José Nina, aquel peón que había sido testigo presencial de la muerte de Güemes. Cumplió Papi su cometido y regresó a Buenos Aires

De nuevo pasó el tiempo y en 1932, José Nina, hijo de Rubén y nieto de José, llegó al lugar acompañando al general don Gregorio Vélez, presidente de la Comisión de Homenaje a Güemes y autor de la iniciativa de erigir un obelisco en el lugar donde había fallecido. Con motivo de esta visita, se labró un acta el 13 de febrero, documento que dada su extensión solo transcribimos parcialmente: “Conste por la presente -dice el documento- que los abajo firmantes, general Dn. Gregorio Vélez, coronel Ernesto A. Day, Sr. Martín Cornejo, y Sr. Arístene Papi, salieron de la ciudad de Salta a las 09,30 horas, del 13 de febrero de 1932, en automóvil por el camino a la Cruz, en busca del sitio en que murió el General Güemes. Que habiendo arribado a dicha estancia encontraron al Sr. Feliciano Torres acompañado de José Nina, hijo de Rubén Nina y nieto de José Nina, ambos fallecidos, el segundo, peón del general y testigo de su muerte”.

Más adelante y luego de arribar a la Cañada de la Horqueta, con Torres y Nina, los expedicionarios continuaron a caballo por esa cañada haciendo unos 12 kilómetros hasta llegar al rancho donde había vivido don José Nina y que fue reconocido por Papi. “Desde ese lugar -continúa el acta- más adelante, unos tres kilómetros más o menos, fue señalado por Nina el lugar donde su padre le había indicado murió el general Güemes”. Acto seguido, el sitio fue reconocido por Papi según su bosquejo hecho parael Museo Histórico Nacional.

Pero el acta brinda algunos datos más: “que reconocido el sitio indicado, se encontró un tronco seco de cebil colorado entre un cuadrado señalado por piedras; una de forma cuadrada, dos aisladas y un montón de que parecía haber sido fogón; que según decires de la gente de los alrededores aquel sitio se alumbraba con velas en otros tiempos y que entonces había allí una pequeña cruz”.

Acto seguido se constata que el lugar histórico era jurisdicción de la finca Los Noques y no de finca La Cruz como se creía. 
Por fin, el documento concluye ubicando de “manera indubitable el sitio preciso en que falleció el prócer de la Independencia, general Dn. Martín Miguel de Güemes”. Firman: Martín U. Cornejo - G. Vélez, general de división Feliciano Torres. José Nina - Ernesto A Day, Coronel - Arístene Papi ”.

Como vemos, el acta no solo se deja constancia del lugar donde falleció el General Güemes, sino que también se destaca la presencia cercana del cebil colorado, árbol que cobijo bajo su copa a nuestro héroe gaucho en los últimos días de su vida. 

Nunca fue considerado un ejemplar histórico

Como se puede apreciar, en el acta no solo consta el lugar donde falleció el general Martín Miguel de Güemes, sino también se destaca la presencia del cebil colorado, el árbol que cobijo a nuestro héroe gaucho en los últimos días de su vida. Y algo más, gracias a las expediciones de reconocimiento del lugar, la agonía y muerte de Güemes pudo ser llevada al óleo por dos artistas de reconocida fama, Arístene Papi y Antonio Alice. 
En sendas telas -una de ellas en el recinto de la Legislatura- se puede apreciar la presencia del cebil, árbol típico de la zona.

Pese a ello, el cebil colorado, especie autóctona de nuestra flora, nunca fue considerado un ejemplar histórico, tal como ocurre con otros árboles de nuestro país.

Por último, podemos agregar que desde el punto de vista botánico, el cebil colorado también es llamado cebil moro o curupay, y puede alcanzar entre 10 y 25 m de altura. Florece en primavera, exhibiendo numerosas flores pequeñas de color crema. Iniciado el verano fructifica unas vainas largas que por lo general permanecen en el árbol hasta la nueva floración. Cuando maduran se abren y diseminan las semillas que son de fácil fructificación. Es de madera noble y dura y en nuestra provincia se lo puede encontrar como ejemplar nativo, en los cerros de los departamentos de Capital, Cerrillos y La Caldera. 

 
 

 

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