Cuidar el planeta es el imperativo cultural y económico del siglo

La preservación del planeta, los derechos de las mujeres y los derechos humanos son valores centrales en un mundo globalizado que, en este siglo XXI, enfrenta la necesidad de encaminarse hacia el desarrollo sustentable.
Pocos los observan. Los países desarrollados aceptan -en el discurso- como un imperativo ineludible la creación de una gobernanza mundial que garantice un sistema productivo “descarbonizado”, es decir, que reduzca al extremo el uso de combustibles fósiles y lo reemplace por fuentes renovables de energía. Pero luego eluden ese compromiso. 

Con los derechos humanos y los derechos de las mujeres pasa lo mismo. Siempre aparecen subterfugios. Explícitos, en países como China, Rusia e Irán, cuyas culturas no incorporan estas cuestiones, o con gobiernos como el de Donald Trump y Jair Bolsonaro, que los desconocen. Y en Occidente, siempre aparecen obstáculos.

En la semana que pasó, El Tribuno ofreció a través de todas sus plataformas, en directo, un nuevo capítulo de los ciclos de conferencias y entrevistas “Hablemos de lo que viene”. Esta vez, en ocasión de la Semana del Medio Ambiente, el tema fue “Nuestro Hábitat”. 

Participaron la ingeniera ambiental Chantal Chalita, Ingeniera de Green Marketing, el director de Asuntos Corporativos de Genneia, Gustavo Castagnino, el viceministro de Medio Ambiente de la Nación, Sergio Federovsky y el doctor en Ecología Federico Colombo Speroni. El corolario de la semana es fructífero, categórico y preocupante.

Los mayores responsables de emisión de gases con efecto invernadero son hoy China (27%), EEUU (13%), Europa e India (7% cada uno), aunque la responsabilidad del futuro (el compromiso intergeneracional) es de todos.

Además, los números mandan. La descarbonización de la energía no es un plan sencillo. Las acciones de la producción de energía fósil en manos de los mercados financieros internacionales alcanzan los 18 billones de dólares (la cuarta parte del total) y el de los bonos, los 8 billones de dólares (en este caso, la mitad del total). 
Por cada ser humano ( somos 7.500 millones) la economía aporta alrededor de 5 toneladas de dióxido de carbono al año. La acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera redirige la energía que debería irse al espacio hacia la superficie de la Tierra. Y la recalientan.

La distorsión climática deriva en inundaciones, ciclones, alteración de las nubes y aumento del nivel de los océanos.
Desde 1990, el nivel medio mundial de los mares ha aumentado de 2 a 2,5 veces más rápidamente que durante las nueve décadas anteriores. 
Las emisiones se reducen liberando menos dióxido de carbono y garantizando la alfombra verde que brindan los bosques y las pasturas. El verde de la naturaleza captura el carbono. Los objetivos del Acuerdo de París, en 2015, al que adhiere la Argentina son: limitar el aumento de la temperatura planetaria hasta 2050 a 1.5ºC; adecuar los sistemas productivos y los proyectos de desarrollo a esas metas y construir una “economía verde” que contemple la preservación de la naturaleza y garantice el equilibrio social, que es hoy frágil en todo el planeta. Se trata de un compromiso formal y de un imperativo de la cultura y de las reglas del comercio.
 

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