Caso Cabezas: A 25 años de un crimen, una  bisagra en el periodismo

Un pequeño cartel azul a la vera de ambas manos de la ruta provincial 11 indica el lugar donde se emplaza el monumento en homenaje a José Luis Cabezas, asesinado en enero de 1997 en una cava del partido bonaerense de General Madariaga, un sitio que quedó hace 25 años convertido en una suerte de altar en el que se recuerda al reportero gráfico.

Fue la madrugada del 25 de enero de 1997, a la altura del kilómetro 385 de esa ruta provincial, cuando un Ford Fiesta y un Fiat Uno blancos giraron hacia la izquierda y continuaron por un camino de 23 kilómetros de tierra firme que desemboca en una laguna, aunque se detuvieron a los 5.200 metros.

Allí bajaron tres ocupantes del Fiat y otros tres del Ford y se dirigieron hacia una cava de más de dos metros de profundidad.

Ante el solo sonido del viento y con la primera claridad del amanecer, el fotógrafo Cabezas (35) fue esposado, obligado a arrodillarse y ejecutado de dos tiros en la nuca con un arma calibre 32.

Los cinco hombres que lo habían secuestrado minutos antes, cuando llegaba a su departamento de Pinamar luego de trabajar en la cobertura de la fiesta de cumpleaños del empresario postal Oscar Andreani en una lujosa casa de esa localidad balnearia, lo volvieron a subir al Ford Fiesta blanco, que prendieron fuego con alcohol metílico, para luego huir del lugar.

El reloj marca Tag Heuer que tenía Cabezas en la muñeca izquierda se paró a las 5.43: el asesinato ya se había consumado.

Casi 25 años después, en una recorrida realizada en el mismo horario en el cual se cometió uno de los crímenes que más conmovió a la sociedad argentina, un cartel azul colocado a la vera de la ruta que dice "Monumento a José L. Cabezas" y una flecha señala hacia el interior un camino rural que va hacia esa cava.

El camino es sinuoso, con pastizales en ambos lados y hay una única curva en ese trecho que separa a la cava de la ruta 11.

Sobre el margen izquierdo, en un terreno de aproximadamente 30 metros de frente por 20 de fondo y correctamente perimetrado, se emplazan tres construcciones que recuerdan a Cabezas.

El escenario parece igual de desolador, aunque en lugar de la tierra removida y cenizas de hace 25 años, el suelo está ahora cubierto por pasto prolijamente cortado que se escurre entre los monumentos que recuerdan al fotógrafo de la revista Noticias.

La cava fue declarada "sitio histórico" para el Partido de General Madariaga "por ser el espacio que atesora la memoria de un crimen ideado y ejecutado por el poder de turno en la década de los 90".

Sobre la superficie, justo en el centro, una cruz blanca con un crucifijo color plata indica el lugar exacto del crimen.

En el monumento principal hay varias placas que se fueron colocando año tras año, en los distintos homenajes que realizaron los familiares del reportero gráfico, encabezados por su esposa Cristina Robledo; sus hijos María Agustina, Juan y Candela; su hermana Gladys Cabezas y sus padres Norma y José, ya fallecidos.

El grito "Cabezas, Presente" y el "click" de las cientos de cámaras de fotografía que apuntaban al cielo fueron la bandera del pedido de justicia.

"José Luis. No nos olvidaremos nunca de vos. Seguiremos por siempre luchando tus padres, tu hermana y tus hijos. 25-1-99", reza una de las placas, que tiene talladas unas flores en el costado izquierdo y que se decoloró con el paso del tiempo, de los años, de las décadas.

Otra placa pide que "No se olviden de Cabezas", y está acompañada del rostro del fotógrafo dibujado sobre granito, un emblema de los reclamos.

También se observa un santuario del que cuelgan algunos rosarios, estampitas, cintas, un cuadro ya totalmente borroneado y velas blancas derretidas, que seguramente fueron encendidas durante algún rezo.

Una cobertura clave para todas las redacciones del país

Exjefe de la Sección Policiales de la agencia Télam, Gustavo “Chapu” Scalcini, fue uno de los periodistas que más tiempo permaneció en Dolores para la cobertura del caso Cabezas. Sus crónicas y reportes desde allí fueron un insumo clave para todas las redacciones del país.
El texto que sigue -fragmentos de un clima de época y descripción de una cobertura que marcó un punto de inflexión para la prensa argentina-.
La tormenta de Santa Rosa había llegado puntual a Dolores. El domingo 30 de agosto un temporal de viento y lluvia se abatía en la ciudad, donde periodistas, reporteros gráficos, camarógrafos, técnicos de la televisión y choferes de móviles creían haber logrado una jornada de descanso tras días de intensa cobertura del caso.
A esa altura, todos sabían que no se trataba de una guardia periodística más. La misteriosa desaparición de anotadores con apuntes del caso, llamadas a los celulares en las que se reproducían diálogos realizadas horas antes, merodeo de vehículos jamás vistos en la zona, reacciones intimidantes de sospechosos, lobby en el gobierno nacional para salvar a Alfredo Yabrán y advertencias de prevención reiteradas por los responsables de los medios, eran más que evidencias.
La agresión sufrida por la hermana del enviado de Canal 13, Antonio Fernández Llorente, en Buenos Aires con una clara advertencia que para su protección fue relevado por Mario Markic y el cuidado que aconsejaban los investigadores del caso ante los intereses que se estaban afectando, elevaron el nivel de alerta.
No obstante, los trabajadores de prensa aceptaban las reglas de juego y no se amilanaban ante potenciales riesgos porque estaban convencidos de que el asesinato de un colega significaba una amenaza descomunal no solo para el futuro de la comunicación social del país, sino que afectaba directamente al sistema democrático.
El nivel de estrés al que estaban sometidos los periodistas era atenuado con largas sobremesas de las cenas en las que algunas bromas matizaban los comentarios de las novedades de avances y retrocesos de la investigación. Era la oportunidad de relajar las tensiones para lograr descansar.
Uno de esos momentos reparadores fue el que se vivía durante los primeros minutos del lunes 1 de septiembre en el pub Barroco, cuando Oscar Balmaceda, enviado especial del diario La Nación, resolvió irse primero a dormir al hotel.
Instantes después la puerta del bar se abrió de golpe y, como en una película de suspenso, un relámpago iluminó al “Negro” Balmaceda que, mojado por la lluvia, con su rostro desencajado y con la respiración agitada que apenas le permitía hablar, exclamó: “¡¡Se entregó Ríos!!”.
-¿Dónde?- preguntó un coro desesperado.
-En la brigada, según dejaron dicho en la conserjería del hotel- respondió gambeteando el ahogo. El “Negro” Balmaceda, en un acto de solidaridad resaltable para un periodista, no se guardó la primicia.
 

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