La mujer avasallada a  lo largo de la historia

De épocas remotas vienen a nosotros relatos de infaustos hechos acaecidos a diferentes damas, víctimas ellas de diversas formas de abusos y violencia de género. Las bellas artes, la literatura y la historia recogen estas narrativas en las que se reflejan esas manifestaciones de ultraje a las mujeres. Estas disciplinas permiten explorar los temas de la virtud, el pudor y el ejercicio del poder masculino sobre el universo femenino.

Susana y los viejos 

Un primer episodio lo ofrece la Biblia en el libro de Daniel. El episodio del Antiguo Testamento cuenta que había en Babilonia un judío rico e influyente llamado Joaquín, casado con Susana, era bella y temerosa de Dios. Joaquín tenía un jardín contiguo a su casa visitado por muchos porque era el más estimado de todos. Aquel año se había elegido como jueces a dos ancianos del pueblo. Esos ancianos frecuentaban la casa de Joaquín. Cuando todos se retiraban, Susana iba a pasearse por el jardín de su esposo. Los dos ancianos que la veían todos los días entrar para dar el paseo comenzaron a desearla. Ambos confesaron su pasión. Los viejecillos se pusieron de acuerdo para sorprender a solas a Susana y así abusar de ella cuando se estaba preparando para tomar un baño con aceites y esencias aromáticas, momento en que fue interceptada por los dos pervertidos, quienes le manifestaron su ardor y requirieron que yaciera con ellos. Los ancianos jueces fueron rechazados por Susana.
Ante la negativa, la amenazan y en represalia por su rechazo, acusan a Susana de adulterio, y ésta es llevada a juicio donde los dos ancianos testifican falsamente en su contra manifestando que Susana había reposado con un jovenzuelo. Susana levantando sus ojos al cielo clamó la intervención divina, pero fue condenada a morir lapidada. Partió el cortejo rumbo a la ejecución, más el profeta Daniel detuvo a la comitiva que llevaba a la rea hacia su muerte y reprendió a la gente por estar actuando sin conocimiento pleno de la causa, y pide separar a los dos viejecillos para interrogarlos. Los ancianos fueron contradictorios en sus declaraciones y quedó en evidencia el falso testimonio. La bella y noble dama fue exonerada de todos los cargos, gracias a la intervención de profeta Daniel, y los ancianos lascivos fueron ejecutados en lugar de Susana. Pedro Pablo Rubens en su etapa juvenil en 1610 pintó un óleo en el que refleja el momento en el que dos ancianos asaltan el jardín donde se baña Susana. La imagen expresa la angustia, el terror de Susana y la mirada torva y lasciva de los ancianos que trataron de violarla.

La casta Lucrecia 

El historiador romano Tito Livio refiere sobre una conversación entre jefes oficiales durante un descanso que imponía la guerra. Estos vinieron a recaer sobre el tema de la virtud de sus esposas, y deseando constatar por ellos mismos, salieron a la carrera hacia Roma. Las mujeres se entregaban a suntuosa cena, en tanto Lucrecia en lo más retirado del palacio hilaba lana y velaba con sus criadas en labores domésticas hasta muy entrada la noche, dejando la certeza que era la más devota de su esposo Colatino y espejo de castidad. 
Más Sexto Tarquino, concibió el odioso deseo de poseer a Lucrecia, y pergeñó apoderarse de ella, aunque fuese por infame violencia porque excitaba su vanidad, no solamente la belleza de aquella mujer, sino también su acrisolada reputación de virtud. Días más tarde regresó al hogar de Lucrecia en posesión de una espada y bajo amenazas, Lucrecia fue víctima de la lujuriosa villanía de Tarquino. Oprimida por el dolor la desdichada convocó a su padre y a su esposo y les narró el espeluznante acontecimiento, manifestándoles que solamente el cuerpo ha sido deshonrado, pero que su alma permanecía pura. 
Lucrecia no pudo soportar tal mancillamiento, y se clavó un cuchillo en el corazón, cayendo muerta en el acto. Su cadáver fue llevado al Foro, produciendo universal indignación y clamando por la destrucción de la monarquía. El pueblo maldijo la execrable violencia de Sexto, proponiendo empuñar las armas contra los príncipes que no respetaran a los ciudadanos. Se yergue la voz de Bruto quien arenga al pueblo, la multitud se enardece y arrastrada por el orador, decreta la destitución del rey y condena al destierro a Tarquino.

Calígula

Cayo Suetonio Tranquilo, secretario del emperador Adriano, escribió “Vidas de los doce Césares”. Sobre Calígula, el emperador orate nos refiere que casó a su hermana Drusila con Longino, pero, le arrebató la virginidad a Drusila.
En Calígula se verifica el más remoto antecedente del derecho de pernada: habiendo asistido a las bodas de Cayo Pisón y de Livia Orestila, le arrebata al marido su mujer y manda que la llevasen en el acto a su casa. Habiendo oído decir que Lolia Paulina, esposa de C. Memmio, era la mujer más hermosa de su tiempo, hizo traerla inmediatamente de la provincia donde mandaba su marido, obligando a este que se la cediera.
La expresión derecho de pernada o “ius primae noctis”, se remonta al presunto privilegio feudal que otorgaba a los nobles la potestad de pasar la noche de bodas con la mujer de sus vasallos. Esta práctica que se remite al mundo medieval, sin embargo, tiene antecedentes durante el Imperio de Calígula, quien hizo uso de sus prerrogativas imperiales que le posibilitaban tomar a las esposas de sus oficiales y miembros del estado imperial, previo a la noche de bodas.
Agotados los tesoros de aquel infausto imperio, y reducido a la pobreza, Calígula recurrió a la rapiña, el fraude, las ventas públicas y los impuestos nuevos y desconocidos hasta entonces. Para hacer dinero de todo, estableció un lupanar en su propio palacio; se construyeron gabinetes y los amueblaron según la dignidad del sitio; constantemente los ocupaban mujeres casadas e hijas de familia, y los nomenclatores iban a la plaza pública y a los alrededores de los templos a invitar al placer y a la lujuria a jóvenes y a ancianos.

Mercurio y la Virtud 

Luciano, insigne humorista, orador y literato, nacido en tiempos de Trajano, escribió “Diálogo entre Mercurio y la Virtud”. 
Mercurio, el mensajero alado de los dioses es requerido por Virtud para una entrevista con Júpiter para abogar por su causa, audiencia que no tiene visos de ser concedida. El poeta Luciano incorpora una queja de Virtud: ¿Es posible que ni aún ahora he de poder contar mis miserias? ¿Quién hará, pues venganza de mis injurias, si ni aún el mismo Júpiter me concede descansar y dolerme? ¡Oh miserable de mí! ¡A quién acudiré por socorro! ¡Quién me dará ayuda! Destrozada vengo y llena de lodo. Aquellos hombres feroces cargaron sobre mí con mojicones y coces, y me despojaron de mis vestiduras, y me arrojaron en el lodo, y dejándome de esta manera, se fueron riendo tan ufanos que parece triunfaban de mí y de todas mis cosas”. Virtud le pide a Mercurio, mensajero de los dioses que: “abrace mi causa justísima y honestísima ... no me desprecies, porque si me ven tan ignominiosamente despreciada de vosotros los dioses, los hombres me perderán el respeto y harán de mí la mofa, y yo en la tierra, pasaré desnuda y despreciada”.

Don Juan Tenorio 

El vallisoletano José Zorrilla, en su obra “Don Juan Tenorio: drama religioso - fantástico en dos partes”, publicado en 1844, obra que versa sobre una apuesta doble entre don Juan Tenorio y don Luis de Mejía sobre quien de ambos sabría obrar peor, quien se batía en más duelos y quien seducía a más doncellas. Los versos que se reproducen a continuación trazan la universalidad de la violencia de género:
Por doquiera que fui/ 
La razón atropellé/ 
La virtud escarnecí,/ 
a la justicia burlé/ 
Y a las mujeres rendí./ 
Yo a las cabañas bajé./ 
Yo a los palacios subí,/
Yo los claustros escalé/ 
Y en todas partes dejé/ 
Memoria amarga de mí.

La situación actual 

Estos relatos conforman una pequeña muestra de una problemática milenaria que en nuestros tiempos es tema de estudio, observación y toma de conciencia de una parte importante de la sociedad. A la fecha es una situación que no ha encontrado una solución definitiva. La cultura ha legitimado la creencia de la posición superior del varón, lo cual ha facilitado que las mujeres se sientan inferiores. Al tratarse de un fenómeno cultural, muchas mujeres están socializadas en la aceptación de patrones de conducta abusivos sin ser conscientes de ello. Hoy, un movimiento que parece irreversible sigue abordando las relaciones entre violencia de género y el concepto igualmente oscuro del ejercicio del poder.
Al respecto, el Convenio de Estambul expresa que “la violencia contra las mujeres es una manifestación de desequilibrio histórico entre la mujer y el hombre que ha llevado a la dominación y a la discriminación de la mujer por el hombre, privando así a la mujer de su plena emancipación”.
La asociación entre masculinidad y violencia como producto social, no es natural, sino que debe ser absolutamente superado. Es necesario emprender políticas públicas dirigidas en este sentido: en particular, campañas enfocadas a una mayor toma de conciencia y educación contra el uso normativo del estereotipo que asocia la masculinidad y violencia.
Es menester la acción conjunta de las familias y los educadores, especialmente aquellos que trabajan con niños pequeños. Si bien en la República Argentina se ha sancionado la Ley N° 26.485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales, esto no es suficiente.
La tarea es colectiva y multidimensional, en la que toda la sociedad debe asumir el compromiso sólido de revertir esta funesta y milenaria problemática. Solo así podremos evitar el ultraje y preservar la dignidad de niñas, señoritas y señoras.
 

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