EE.UU., China y  Rusia: historia de  un triángulo

La crisis de Ucrania condensa en un punto un drástico reacomodamiento de las piezas del ajedrez mundial. A treinta años de la desaparición de la Unión Soviética, la "Alianza de las Democracias" impulsada desde Estados Unidos por Joe Biden se contrapone con un acuerdo estratégico entre China y Rusia que amaga reeditar en el siglo XXI un escenario semejante a la "guerra fría". Este cambiante juego triangular entre Washington, Beijing y Moscú está regido por aquel axioma de la política internacional atribuido al ex primer ministro británico Lord Palmerton, quien señaló que "los estados no tienen ni amigos ni enemigos permanentes, tienen intereses permanentes".

El tiempo reveló que el peligro de la "destrucción mutua asegurada" basado en la paridad nuclear de ambas superpotencias que signó la puja entre Estados Unidos y la Unión Soviética garantizó el precario equilibrio del sistema global desde la finalización de la segunda guerra mundial hasta 1991. La principal incógnita hoy no reside entonces tanto en determinar quién puede resultar vencedor en esta nueva bipolaridad sino en cuáles serán sus reglas de juego, que seguramente nunca estarán puestas por escrito sino dictadas por la realidad. El análisis estratégico reside precisamente en descubrirlas.

Hace exactamente 50 años, Richard Nixon viajó a Beijing para entrevistarse con Mao Zedong. Esa entrevista de febrero de 1972, precedida meses antes por una visita secreta del Secretario de Estado Henry Kissinger, consolidó la fractura del bloque comunista e inició el deshielo de la relación entre Washington y Beijing, que Deng Xiaoping coronó en 1979 con el establecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países, que supuso el reconocimiento estadounidense del principio de la existencia de "una sola China" y la clausura de su embajada en Taiwán. Los hechos demostraron que ese viraje constituyó un punto de inflexión que anticipó el declive soviético y el desenlace de la guerra fría.

Cuando Kissinger conversó con Nixon sobre el sentido de ese viaje, le advirtió: "los chinos son tan peligrosos como los rusos. Dentro de veinte años, tu sucesor, si es tan sabio como tú, se alineará con los rusos contra los chinos". En esas mismas circunstancias, Mao solicitó la opinión del Estado Mayor del Ejército Rojo. La lacónica pero elocuente respuesta fue: "enemigo lejano es menos peligroso que enemigo cercano". En ambas superpotencias hubo plena conciencia de la enorme trascendencia del acontecimiento y, a la vez, de su inevitable transitoriedad.

Kissinger tuvo que esperar 45 años, no veinte, para recordarle aquel diálogo a Donald Trump, cuyo acceso a la Casa Blanca contó con la colaboración de la FSB, la organización de inteligencia rusa que reemplazó a la KGB soviética, fue la plataforma de lanzamiento de Vladimir Putin y desarrolló una intensa campaña contra su rival demócrata Hillary Clinton, entonces Secretaria de Estado de Barack Obama, hasta el punto de hackear su computadora personal para espiar su contenido y difundir algunos de sus mensajes más comprometedores.

Durante todo su mandato Trump estuvo jaqueado por las innumerables denuncias periodísticas y las investigaciones judiciales sobre la índole de los vínculos secretos comprobados entre algunos de sus allegados, incluido Jared Kushner, su yerno y principal asesor personal, con personajes de las altas esferas del Kremlin. Con estos antecedentes, era fácil prever que Biden haría todo lo posible para escapar de esa encerrona. Así lo intentó desde un principio y hoy afronta las consecuencias.

Una mesa de dos

El viraje de la Casa Blanca tiene raíces profundas en la historia estadounidense. Tradicionalmente el Partido Republicano ha sido más proclive a una "realpolitik" sustentada en el "hardpower" (poder duro), que prioriza la supremacía militar norteamericana y no presta demasiada atención a la naturaleza de los regímenes políticos de sus países aliados. Por definición, los amigos son buenos y los enemigos malos. Siempre existe un "eje del mal", sea la Alemania nazi, la Unión Soviética, el terrorismo islámico o ahora China.

En contrapartida, el Partido Demócrata suele mantener un perfil más "idealista" y una estrategia basada en el "softpower" (poder blando) y tiende a jerarquizar la reivindicación de los principios y valores de las democracias occidentales. Bernie Sanders, el precandidato del ala izquierda demócrata que perdió su nominación a manos de Clinton, caracterizó a Kissinger, un arquetipo del "realismo" republicano, como "uno de los secretarios de Estado más destructivos de la historia de este país".

Hasta la asunción de Biden, Putin aprovechó esa predisposición implícita de Trump para avanzar en su objetivo de recuperar la esfera de influencia de Rusia en el espacio de las ex repúblicas soviéticas. La anexión de Crimea fue una clara manifestación de esa voluntad. Durante esa etapa, Moscú pretendió actuar como un "tercer actor" en la disputa entre Estados Unidos y China, con un protagonismo que incluyó la financiación de la campaña del "Brexit" y la actividad de los partidos de la "derecha alternativa" en el viejo continente, con el fin de debilitar a la Unión Europea.

Apenas el mandatario demócrata lanzó la iniciativa de la "Alianza de las Democracias", que entre otros puntos implicaba un fortalecimiento de la OTAN, el Kremlin giró hacia la formación de un eje geopolítico con Beijing, que experimentaba también el embate derivado de la revitalización del Quad, un foro integrado por Estados Unidos, India, Japón y Australia y por el pacto tripartito de seguridad suscripto con Gran Bretaña y Australia, orientados a frenar la expansión china en el Océano Pacífico.

Desde sus lejanos orígenes, Rusia oscila entre su tradición europea, que la vincula culturalmente con Occidente, y su proyección asiática, que prioriza su vecindad con China, con quien comparte una frontera de 4.350 kilómetros de extensión, situada en el corazón de Asia Central, una región configurada por ex repúblicas soviéticas de poblaciones mayoritariamente musulmanas en la que también se advierte la influencia de Irán.

En esa disyuntiva estratégica, la disolución de la URSS golpeó la dimensión europea. Los antiguos satélites soviéticos de Europa Oriental, se integraron a la Unión Europea y a la OTAN. Ucrania y Bielorrusia son las únicas excepciones a esa tendencia. De allí la tenaz resistencia de Moscú a retroceder en el conflicto ucraniano.

Despechado con Occidente, Putin decidió jugar la “carta asiática”, que incluye un riesgoso acercamiento con Irán. En ese viraje, Putin tropieza con la misma dificultad que terminó con la Unión Soviética: la disparidad entre su ambición estratégica y sus recursos económicos. Como sucedió con la URSS, Rusia tiene un enorme poderío militar pero con una economía de mediana envergadura que a largo plazo es incapaz de sustentarlo. Su arsenal nuclear es cuantitativamente equivalente al estadounidense y abrumadoramente superior al chino. Pero económicamente Rusia es la duodécima potencia. Su producto bruto interno está a una distancia sideral de Estados Unidos y de China.

La amenaza de Putin de instalar bases militares rusas en Venezuela y en Nicaragua como respuesta a la presión de Occidente respecto a Ucrania, en una reminiscencia de la crisis de los misiles en Cuba de 1962, no parecen estar a la altura de sus posibilidades. Rusia es una potencia regional, y allí estriba su relevancia, pero no un actor global. En el “juego grande” de la política internacional sólo puede gravitar en el marco de su asociación estratégica con China. Mal que le pese a Moscú, el sistema de poder mundial está resumido en el G-2: Estados Unidos y China. En esa “mesa chica” no hay lugar para tres.

* Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico

 

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