Una investigación que se demoró

La investigación judicial de la irregular visita que hizo Darío Monges al sicario Oscar Alberto Díaz en la cárcel de Orán el pasado 1 de junio, presentándose como supuesto asesor comisionado por la Secretaría de Seguridad de la Provincia, marca una de las líneas de la investigación judicial del crimen del falso abogado, por los patrones mafiosos que relucieron en el brutal asesinato.

Sin embargo, de esas actuaciones nada se supo ni se informó oficialmente en tres meses, al punto de que hoy se desconoce si se dispusieron medidas procesales tan básicas como llamar a declarar a la cadena de funcionarios penitenciarios encabezada por Ángel Sarmiento, al entonces secretario de Seguridad de la Provincia, Benjamín Cruz; al recluso Díaz y al falso abogado Monges.

Todo parece indicar que poco se avanzó, porque, de haberse adoptado las medidas de prueba que el grave delito destapado en junio reclamaba en forma diligente y con celeridad, muy probablemente Monges estaría hoy privado de libertad, acaso protegido y quizás con vida.

Por cierto, esas actuaciones recayeron en la fiscal penal 2 de Orán, Mariana Torres, y no en otra Fiscalía de la jurisdicción norteña, como había trascendido primero.

Lo cierto es que Monges, con complicidades de inusitada gravedad, logró estar a solas con Díaz en el SUM del penal de Orán entre las 13.30 y las 14 del 1 de junio.

¿Qué se dijeron? Solo uno de ellos, el recluso que en más de una causa aparece ligado a asesinatos por encargo, podría responder a esa pregunta ante la Justicia con una versión que ya no tendría modo de ser contrastada en un juicio oral y público con la voz de Monges.

El asesor político de 40 años, con perfiles de asesor de seguridad y agente de inteligencia mezclados con vinculaciones con el narcotráfico y el sicariato en Orán, fue encontrado el sábado 3 de septiembre dentro de su camioneta en el barrio El Círculo.

Tenía cinco tiros en la cabeza, claras marcas de violencia, una importante suma de dinero en efectivo y un reloj de marca que sus asesinos ni tocaron.

El hallazgo

El cuerpo llevaba allí un par de días plantado, a metros de una de las avenidas más transitadas de la zona sur de la capital salteña.

Vecinos de esa calle, en la que el muro de una planta comercial de hierros actúa como amplificador de sonidos, no escucharon un solo disparo. Solo oyeron en la noche que alguien cerró la puerta de un vehículo (la camioneta Ecosport blanca de Monges) y una voz que dijo: "Ya está, vamos". Un instante después otro vehículo partió hacia las profundidades de un barrio cualquiera de la zona.

El abrazo

Un dato no menor: penitenciarios que supervisaron la visita del 1 de junio estuvieron esa tarde demasiado lejos para escuchar la conversación de Monges y Díaz, pero a una distancia que sí les permitió ver, antes de que empezara la enigmática entrevista, el abrazo de dos conocidos.

 

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